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Domingo 28 de mayo, la Ascensión, Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Domingo 28 de mayo, la Ascensión, Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Mensaje de los obispos españoles: “Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos”

Domingo, 28 de mayo de 2017
(Solemnidad de la Ascensión del Señor)

La celebración de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales en la solemnidad de la Ascensión del Señor pone ante nuestros ojos un momento especialmente significativo de la historia de Jesús entre nosotros. A los cuarenta días de su Resurrección, el Señor se reúne con los apóstoles en lo alto de un monte para despedirse de ellos antes de volver al Padre. También allí, después de su Pasión, muerte y Resurrección, les encomienda ser partícipes de su misión que se prolonga hasta nuestros días: «Id por todo el mundo y anunciad la Buena Noticia» (Mc 16, 15). De este modo, a lo largo de los siglos, la Iglesia prolonga la presencia de Jesucristo y continúa anunciando, celebrando y compartiendo la salvación que Dios ha ofrecido a su pueblo en la persona de su Hijo.

Promover confianza y esperanza con la verdad

Para esta Jornada de las Comunicaciones Sociales, el Papa Francisco vuelve a ofrecernos su Mensaje, animando a los comunicadores a promover esperanza y confianza en nuestro tiempo. En un contexto global en el que crece la desconfianza de unos y otros por la situación política, social y económica en muchos países, por los conflictos lejanos que el terrorismo hace cercanos, por la llegada a nuestras fronteras de inmigrantes y refugiados, el Papa propone comunicar confianza y esperanza. Nos invita «a todos a ofrecer, a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, narraciones marcadas por la lógica de la “buena noticia”» (1), y pide a los comunicadores el esfuerzo de ofrecer «buen trigo» para la formación de las personas, que les permita enriquecerse con su reflexión y crecer en su humanidad (2).
El Papa actualiza así la experiencia de la Iglesia en su misión de anunciar el Evangelio, recordando precisamente que solo la verdad produce confianza y esperanza verdaderas. Por difícil que sea de entender y aceptar en ocasiones, la verdad ilumina la realidad, señala al hombre el camino del auténtico progreso y permite la realización de su humanidad. Por eso, en el centro del mensaje de la Iglesia está Jesucristo, quien a sí mismo se presenta como «camino, verdad y vida» (cf. Jn 14, 6). Es Jesús, el Resucitado, quien ofrece al mundo la esperanza definitiva sobre el pecado y sobre la muerte al proclamar con su vida que el pecado es perdonado, que la muerte ha sido vencida. Como dice el Papa Francisco, «continuamente vemos, y veremos, problemas cerca de nosotros y dentro de nosotros. Siempre los habrá, pero en esta noche hay que iluminar esos problemas con la luz del Resucitado, en cierto modo hay que “evangelizarlos”. Evangelizar los problemas. No permitamos que la oscuridad y los miedos atraigan la mirada del alma y se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del Ángel: el Señor “no está aquí. Ha resucitado” (v. 6); Él es nuestra mayor alegría, siempre está a nuestro lado y nunca nos defraudará» (3).
En buena lógica, del mismo modo que la presencia de Jesucristo es causa de esperanza, de confianza y de vida, se puede decir que su ausencia es causa de temor, de error y de muerte. Donde Jesús desaparece o es ocultado el hombre queda desconcertado, desorientado: queda sin camino, sin verdad y sin vida. La desconfianza y la desesperanza son el fruto de la mentira o de la ocultación de la verdad.
Por eso, el Sucesor de san Pedro, alerta en su Mensaje de este año a los comunicadores de la necesidad de ofrecer buena materia de reflexión al corazón humano y no ofrecer la cizaña que ahoga la esperanza y arruina la cosecha del trigo: «Nuestros padres en la fe —dice el Papa Francisco— ya hablaban de la mente humana como de una piedra de molino que, movida por el agua, no se puede detener. Sin embargo, quien se encarga del molino tiene la posibilidad de decidir si moler trigo o cizaña. La mente del hombre está siempre en acción y no puede dejar de “moler” lo que recibe, pero está en nosotros decidir qué material le ofrecemos. (cf. Casiano el Romano, Carta a Leoncio Igumeno)».

La nueva era de la postverdad

Esta insistencia del Papa para animar a los comunicadores a ofrecer la verdad está relacionada con el surgimiento en nuestro tiempo de una nueva era que se denomina de la postverdad. Si los clásicos definieron la verdad como la adecuación de la realidad y el intelecto de la persona, la postverdad se puede definir como la adecuación del intelecto y la opinión mayoritaria o lo socialmente correcto, que es mudable, efímero y fugaz, y, por definición, independiente de la realidad. La postverdad es la consecuencia lógica por un lado del relativismo moral, y por otro lado de la modernidad líquida, y en ambos tiene su fundamento.
Del relativismo moral hablaron con insistencia san Juan Pablo II y Benedicto XVI. El primero afirmaba en Centessimus annus: «Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder» y provocar lo que se conoce como la dictadura de la mayoría. «Una democracia sin valores —continuaba— se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia» (4). Profundizando en esta idea, Benedicto XVI señalaba que «en la raíz de esta tendencia se encuentra el relativismo ético, en el que algunos ven incluso una de las condiciones principales de la democracia, pues el relativismo garantizaría la tolerancia y el respeto recíproco de las personas. Pero si fuera así, la mayoría de un momento se convertiría en la última fuente del derecho. La historia demuestra con gran claridad que las mayorías pueden equivocarse» (5) y, en muchas ocasiones, esa equivocación ha resultado trágica.
Además del relativismo moral el otro antecedente de la postverdad es lo que desde la perspectiva de la sociología se llamó modernidad líquida. Como apunta Zygmunt Bauman, la modernidad líquida trajo consigo un mundo sin seguridad moral, un mundo precario sin nada estable, ni tierra firme, cuyas consecuencias se pueden ver ya en la concepción de la familia, en las relaciones personales, en el compromiso social y en la vida pública: la fidelidad ha sido sustituida por la flexibilidad. Se establece una sociedad en la que no hay compromisos definitivos, ni siquiera duraderos. Se promueve el no estar comprometido con nada para siempre, sino estar preparado para cambiar la sintonía, la mente, las ideas, la vida, en cualquier momento en el que sea requerido. Se crea así una situación líquida, un tiempo provisional, sin principios sólidos, sobre el que no se puede construir el futuro.
Además, en una consecuencia todavía no desarrollada, el tiempo de la postverdad lleva consigo, inevitablemente, el tiempo de la postbondad y el tiempo de la postbelleza. Cuando se pierde la referencia objetiva de la verdad desaparece también la bondad como guía de la acción humana orientada por la verdad y la belleza como expresión artística del bien y la verdad, valiosa por sí misma y agradable para los demás. La postverdad nos aboca a un mundo sin bondad ni belleza, un mundo sin amor ni alegría, un mundo en el que no cabe ni el progreso, ni la confianza ni la esperanza.

Permanecer en la verdad

El llamamiento que nos corresponde es el de permanecer en el terreno firme de la verdad. Un terreno en el que cada avance de la sociedad se suma a los anteriores y conduce a los siguientes. Vivir al tiempo en que las aportaciones de los antepasados mejoran a los contemporáneos y juntos ayudan a preparar un futuro mejor para los que vienen detrás. El horizonte esperanzador no se relaciona solo con un bienestar personal económico, sino con un horizonte de crecimiento en humanidad, de la humanidad, y este solo se puede dar cuando el ser humano busca ser humano. En el terreno de la verdad brotan y florecen todas las grandes realidades necesarias para el desarrollo de la humanidad: el amor, el conocimiento, el progreso, la alegría, la esperanza, la confianza. Nada de ello hay en la mentira o en el ocultamiento de la verdad. Estamos a tiempo de permanecer en la verdad como motor imprescindible de la humanidad.
Quienes nos dedicamos de un modo u otro a la comunicación somos los primeros implicados e interesados en mantener la primacía de la verdad, pues sin acceso a la verdad no hay posibilidad de una auténtica comunicación. El Papa lo pide con su habitual tono alentador: «Me gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito profesional como en el de las relaciones personales, “muelen” cada día mucha información para ofrecer un pan tierno y bueno a todos los que se alimentan de los frutos de su comunicación. Quisiera exhortar a todos a una comunicación constructiva que, rechazando los prejuicios contra los demás, fomente una cultura del encuentro que ayude a mirar la realidad con auténtica confianza» (6).
En este servicio a la verdad, muchas personas han entregado su vida. A ellos agradecemos su generosidad y su entrega, y pedimos que sean recompensados con la Vida, por el Señor de la Verdad. A todos nosotros, colaboradores de la verdad, que la encontramos en Jesucristo, camino, verdad y vida, nos corresponde ofrecerla a nuestro tiempo. Es el servicio que el Señor nos pidió en el día de su Ascensión al Cielo: la buena noticia que anunciamos siembra esperanza y confianza en nuestros tiempos.
Que la Virgen María, Señora de la Esperanza y modelo de confianza en el Señor nos aliente en nuestras vidas.

NOTAS

(1) Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (24 de enero de 2017).
(2) Ibíd.
(3) Francisco, Homilía en la Vigilia Pascual (26 de marzo de 2016).
(4) Juan Pablo II, carta encíclica Centesimus annus, n. 46 (1 de mayo de 1991).
(5) Benedicto XVI, Discurso dirigido a los miembros de la Comisión Teológica Internacional (5 de octubre de 2007).
(6) Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (24 de enero de 2017).

 

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