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Iglesia en España

La fe razonable, por César Franco, obispo Segovia

 La fe razonable, por César Franco, obispo Segovia

El gesto de Tomás, negándose a creer que sus compañeros habían visto al Resucitado y exigiendo meter sus dedos en las llagas y su mano en la herida del costado de Cristo, es algo más que una testarudez. Revela la actitud racionalista de quien, para creer, necesita ver. Lo cual es precisamente la negación de la fe, que justifica el reproche de Jesús: «Porque me has visto, ¿has creído?». Por el contrario, Jesús llama bienaventurados a quienes crean en él sin haberlo visto.

            ¿Quiere decir esto que los cristianos somos unos ingenuos o infelices que damos un salto en el vacío en contra de la razón? Chesterton decía que «la Iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza». La fe no atenta contra la razón. Más aún, la presupone. Dios no nos exige, al hacer un acto de fe, ir en contra de la razón, sino abrirla al misterio, que tiene sus fundamentos racionales. ¿Qué le sucedió a Tomás? El evangelio de este domingo narra una primera aparición a los discípulos estando ausente Tomás. Cuando estos le comunican que han visto al Señor, Tomás les niega la confianza. Se cierra en banda y rompe la estrecha comunión que le hacía ser uno de los Doce. Buscaba creer al margen de la Iglesia, con su experiencia propia. En realidad, quería dominar —ver y tocar— el Misterio. La incredulidad de Tomás era una grave desconfianza en aquellos que, como él, habían visto y oído al Señor durante su vida. Un gran filósofo del siglo XX, Joseph Pieper, ha dicho con acierto que «si no hay nadie que sepa, no puede haber tampoco nadie que crea». La fe, como el aprendizaje, se apoya en el saber de otros, en quienes depositamos la confianza de modo razonable, porque sabemos que buscan nuestro bien, que nos aman. ¿Es irracional confiar en nuestros padres, amigos y maestros? ¿Es irracional creer a quienes dieron la vida por anunciar al Resucitado?

            La segunda vez que se aparece Jesús, estando presente Tomás, se dice, como en la primera, que «se puso en medio» de ellos. Esta fórmula es muy significativa. Indica que Jesús es el nexo de unión de los Doce. Sin Él no existe la comunión apostólica. La fe, en último término, está salvaguardada por esa comunión. El «pecado» de Tomás no fue, en un primer momento, la incredulidad, sino no aceptar el testimonio de los Doce de los que él formaba parte. Ése fue su error. Por eso, después de las palabras de Jesús —«dichosos los que crean sin haber visto»—, el evangelista añade que los signos escritos en su libro es para que creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Esos «signos» constituyen el fundamento racional que nos permite creer: son sus palabras, sus milagros, atestiguados por aquellos testigos que vivieron con él y pueden decirnos la verdad de lo que sucedió… a no ser que los califiquemos de mentirosos o embaucadores.

            La fe no es un salto absurdo en el vacío. Ni un fideísmo ingenuo. Es un acto razonable que implica nuestra libertad al depositar la confianza en quienes «saben» de Jesús, sus testigos autorizados. En este sentido, también la incredulidad de Tomás constituye un argumento en favor de la fe, como lo comenta san Gregorio Magno: «La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó, se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección». Al final, tenemos que agradecer la incredulidad de Tomás, porque, en él, todos hemos visto y tocado en cierto sentido al Resucitado.

 + César Franco

Obispo de Segovia

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