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La fe de un robot frente a la apatía de la humanidad, por Fernando Bonete

En un tiempo en el que no necesitamos proyectar el futuro para que la ciencia y la tecnología nos provoquen, porque ese futuro antaño imaginado es el presente, y sus dilemas inéditos ya son una realidad a la que enfrentarnos, la ciencia ficción es la nueva ficción.

La creación de abundantes sellos editoriales dedicados al género en los últimos años, el evidente refuerzo de los existentes, el ruido que generan sus títulos en redes, y el éxito de ventas generalizado del sci-fi, son solo algunos indicadores de este fenómeno que pone en primer plano un género tradicionalmente —injusta e injustificadamente— relegado a los frikis y/o adultos en proceso tardío de maduración.

Otro indicador más que señala la preferencia actual por el género y la injusticia literaria cometida hasta el momento es que grandes escritores de nuestros días lo hayan adoptado para sus creaciones. Ian McEwan en la reciente Máquinas como yo (2019) —vale que con pobre resultado—, y todo un Premio Nobel de Literatura como Kazuo Ishiguro, que ya exploró la ciencia ficción en Nunca me abandones (2005), y se reafirma en ella con su esperada rentrée tras el galardón, Klara y el Sol.

Klara es un robot, una Amiga Artificial en un mundo futurista, relativamente futurista, porque humanos mejorados y robots humanoides ya los hay en este, y las actitudes cientificistas y utilitaristas de sus personajes no nos son ajenas. Ishiguro nos ofrece pocos, muy pocos detalles de este mañana que es hoy, y esta ausencia de worldbuilding es una de las cuestiones estilísticas más destacadas de la novela, pues suministra la dosis enigma necesaria para mantener la tensión narrativa al tiempo que permite al lector «rellenar» los huecos e imaginar por sí mismo. Con Ishiguro leer sigue siendo un acto creativo.

El papel de Klara como observadora y participante de las relaciones humanas da para mucho en esta sugerente novela. Quizá lo más reseñable sea la exposición y crítica de las actitudes y los supuestos filosóficos deshumanizantes derivados de la «analogía del ordenador», según la cual es posible reducir la mente, y por ende la persona, a un programa informático. Frente al materialismo mecanicista y el pesimismo en los que se encierra la humanidad, Ishiguro despliega la discreta bondad y la inagotable esperanza de una Klara robot que también tiene la capacidad de creer y confiar en Dios, aquí representado por un Sol evidente y constante que, sin embargo, nadie parece querer notar.



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