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Opinión

La fe de Ernestina de Champourcín, por Alfonso V. Carrascosa

El mundo de la cultura española está plagado de mujeres que han pasado a la historia gracias a asimilarlas con las actuales directrices culturales del pensamiento único, lo políticamente correcto, lo progre, el ateísmo, etc. Eso sólo es posible podando intencionadamente su faceta de católicas practicantes, por lo que interesa y mucho recuperar dicha vertiente y desenmascarar el modo ideológico de contar las cosas de la historiografía laicista. Esto le pasa a Ernestina, de la Generación del 27. Casos como el de Ernestina pueden ayudarnos a sobrellevar la resaca del siempre ideologizado 8-M.

Ernestina de Champourcín Morán (1905-1999), considerada la más importante entre el famoso grupo de Las Sinsombrero, nació en el seno de una familia católica que le transmitió la fe. Además en esa familia católica y para algunos oscurantista, tradicionalista, machista y patriarcal, Ernestina recibió una exquisita educación con institutrices francesas e inglesas, por lo que desde niña hablaba y escribía con suma perfección el francés, el inglés y el español. Su familia se trasladó cuando ella era muy joven a Madrid, en cuyo Colegio del Sagrado Corazón estudió desde los diez años –religión en la escuela- examinándose como alumna libre en el Instituto Cardenal Cisneros por haber sido preparada por profesores particulares de bachillerato.

No pudo estudiar en la universidad debido a la oposición del padre, por lo que dedicó su vida a la poesía. Ya en 1926 publicó “En silencio” y posteriormente “Ahora”, “La voz en el viento” y “Cántico inútil” (1936). Se ha dicho que en estos libros se percibe la influencia sobre ella del Premio Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez, por cierto católico a su manera, pero en cualquier caso ni materialista ni ateo. Gerardo Diego seleccionó para su Antología de 1934 los poemas de Ernestina Champourcin, en un gesto insólito para la época y para algunos miembros varones de la Generación del 27 que serían tenidos hoy por progresistas, y que probablemente de haber ellos escrito la antología nunca la hubieran incluido por mujer.

Sin embargo Gerardo Diego, poeta católico, sí la incluyó, algo que a quienes se creen la paparrucha de que el catolicismo es machista sin duda les sorprenderá. ¿Por qué la incluyó? Porque se dio cuenta de que Ernestina de Champourcin representa una de las cimas poéticas de la denominada poesía pura. Ella compartió con los  intelectuales de la Edad de Plata –llevada adelante por buen número de católicos practicantes-  actividades como el Liceo Femenino, del que fue secretaria y donde conoció en 1930 a Juan José Domenchina, secretario personal de Manuel Azaña, con el que se casó en 1936. Allí conoció también a Juan Ramón Jiménez y su mujer Zenobia Camprubí, a Concha Méndez, María de Maeztu –científica católica por cierto- , María Baeza, Pilar Zubiaurre, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Juan de la Encina y Rafael Alberti.

Durante la Guerra Civil participó de una obra social fundada por Juan Ramón Jiménez y Zenobia dedicada a los niños huérfanos o abandonados denominada “Protección de Menores”. Se fue al exilio acompañando a su marido a Toulouse, París y México, donde sobrevivió trabajando junto a él como traductores del Fondo de Cultura Económica. México fue una de sus etapas más fecundas y felices, allí colaboró en la revista Rueca y publicó “Presencia a oscuras” (1952), un Vía Crucis comentado por ella, “Cárcel de los sentidos” (1960) y “El nombre que me diste” (1960). En México un sacerdote del Opus Dei, párroco de la iglesia de la Santa Veracruz, le preguntó si podía colaborar dando clases a un grupo de mujeres del barrio. Ernestina aceptó explicando además catecismo. Allí entre la pobreza y la miseria comprendió que Dios la llamaba a la santidad; a esforzarse por vivir intensamente el cristianismo según el espíritu del Opus Dei. También Juan José, que murió en 1959, encontró apoyo espiritual, antes de morir, en un sacerdote del Opus Dei.

Lo de su incorporación al Opus Dei es algo que los pocos historiógrafos laicistas que le dedican atención por supuesto no mencionan. Contestaba así en una entrevista sobre su presunto feminismo, contestación que sin duda también la ha sometido a cierto ostracismo, no sólo por su condición de miembro del Opus Dei:

—Doña Ernestina, le digo, usted era feminista, estaba siempre defendiendo los derechos de las mujeres, es verdad?

—No, es una mentira como una casa. Yo feminista en el sentido de que, de que creo que la mujer tiene sus derechos y hay que respetarlos. Pero no he escrito nada feminista, nunca. Yo me he dedicado a la poesía nada más.



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