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La familia, escuela de humanidad

La familia, escuela de humanidad

Las fiestas de Navidad son fiestas profundamente familiares. Proporcionan momentos de unión, afecto entrañable, memoria agradecida de quienes nos dejaron. Y también de perdón. ¡Cuántas heridas y resentimientos se sanan sentados a la mesa y compartiendo el pan! Muchos retornan estos días a la casa paterna, después de tiempos de ausencia, y provocan alegrías inolvidables. Aparece de nuevo el valor de la familia, como escuela de amor y humanidad.

No es casualidad que todo suceda en las fiestas en que el Hijo de Dios aparece en familia. Según el Concilio Vaticano II, la familia es la primera realidad que santificó Aquél que quiso tomar nuestra propia carne y condición humana. Cuando los pastores llegaron a Belén, hallaron una familia: María, José, el niño. Ese niño, que en la Encarnación había asumido todo lo humano, menos el pecado, venía a dar un sentido nuevo a la condición humana, empezando por la primea célula de la sociedad que es la familia. Traía una forma nueva de entender el amor conyugal, la paternidad y maternidad, la educación de los hijos. Hacía de la familia, por decirlo de alguna manera, el modo de vivir Dios en familia. Y eso sucedía, no porque antes de su nacimiento la familia estuviera al margen de Dios. De ninguna manera. Desde la creación misma, Dios había dejado impresa en la familia la imagen de su propia realidad comunitaria: Dios es comunión de personas, amor indisoluble, relación amorosa.

¿Qué trae de nuevo entonces el Hijo de Dios, nacido de María? Un gran teólogo de los primeros tiempos, san Ireneo, afirmaba que el Hijo de Dios, “viniendo en nuestra carne nos trajo toda novedad”. Hasta entonces, Dios había vivido en una total invisibilidad, aunque había dejado sentir su presencia de muchas maneras, todas misteriosas. Desde la encarnación, sin embargo, Dios se hace visible en la humanidad de Cristo. El rostro de Dios tiene el rostro de Jesús y los hombres pueden contemplarlo directamente: ver cómo crece, cómo se relaciona con sus padres, cómo aprende un oficio junto a José, cómo trata a sus padres, poniendo a Dios siempre en el primer lugar. Escudriñar la vida familiar de Nazaret es una aventura apasionante, porque supone meterse en los entresijos del Dios que escucha, obedece, respeta, calla, trabaja, y vive el paso del tiempo como una ocasión única para darle valor de eternidad. La familia de Nazaret, decía el beato Pablo VI, es una escuela permanente de auténtica humanidad, porque aprendemos la novedad misma de Dios dando su último sentido a lo humano.

El hogar de Nazaret, además, era un hogar abierto, como abierto es el corazón del Padre. No es imaginable que estuviera cerrado a las necesidades de los demás, que fuera indiferente a los que vivían pobremente. Si Jesús, en su ministerio público, tenía una bolsa para los pobres y ordenaba hacer limosnas, es obvio que lo aprendiera desde niño viendo la caridad de María y José, seguramente discreta y generosa. Sólo así se explica que esta novedad que traía el Verbo de Dios continuara en la Iglesia como una forma de vida en la que la familia es llamada “iglesia doméstica”. Creo que los cristianos olvidamos con frecuencia la belleza que tiene vivir en una familia donde Dios habita con absoluta novedad. Si viviéramos más conscientes de la gracia que poseemos, el testimonio que daríamos al mundo sería de una fuerza arrolladora. Ofreceríamos familias sostenidas e iluminadas por la gracia de Dios, que, sin artificio alguno, reflejarían la luz que ha brillado en la Navidad gracias a la carne de un niño que ha revelado lo invisible de Dios. De esta manera la familia manifestaría su mismo fundamento en Cristo: un sacramento, el del matrimonio, que visibiliza la unión de Cristo con su Iglesia.

 

+ César Franco

    Obispo de Segovia

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