Carta del Obispo Iglesia en España

La familia de Jesús, por César Franco, obispo de Segovia

La familia de Jesús, por César Franco, obispo de Segovia

En el domingo después de Navidad, la liturgia lee el evangelio de Jesús perdido y hallado en el templo, cuya finalidad es presentar a Cristo, Sabiduría del Padre, «sentado en medio de los maestros», es decir, enseñando como Maestro, como indica su posición sedente. Cuando María y José encuentran a Jesús, después de una búsqueda angustiosa de tres días, dice el evangelio que «se quedaron atónitos», sin duda ante la impresión de contemplar a un adolescente rodeado de maestros que le hacían preguntas a las que respondía con una sabiduría cuyo origen no estaba en este mundo.

Lo más dramático del relato es la pregunta que le hace su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así. Tu padre y yo te buscábamos angustiados?». Es la pregunta normal de quienes perciben que Jesús ha actuado con plena libertad y previsión. No ha sido algo fortuito ni accidental. Se trata de un plan meditado. La respuesta de Jesús desconcierta aún más a sus padres: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». El evangelista sólo comenta: «Ellos no comprendieron lo que les dijo». Y a renglón seguido, describe su retorno a Nazaret, explicitando que Jesús «estaba sujeto a ellos… e iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres».

La conducta de Jesús deja clara su comprensión de la familia. Si comenzamos por el final de relato, no hay duda de que Cristo se somete en la obediencia filial a sus padres. «Estaba sujeto a ellos», y así permaneció hasta que comenzó su ministerio público. Debemos suponer también que su autonomía de adulto no le eximió cumplir con sus deberes filiales, que, en la ley mosaica, ocupaban un lugar eminente. Cuando en la cruz entrega su Madre a Juan, indica que en su corazón latía la preocupación por su soledad.

Fue también en la familia donde Jesús «iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres». Cuando hoy hablamos de educación integral, deberíamos atender a esta fórmula y meditar en ella. Hoy se ha hecho extraña la palabra «gracia». Debe ser importante cuando se aplica al mismo Cristo, quien, siendo Dios, era la Gracia misma. ¡Qué necesitado está el hombre de hoy de la gracia, y, en especial, las nuevas generaciones! Sin la gracia de Dios, el hombre, aunque crezca en muchos otros aspectos, siempre será inmaduro e imperfecto. Su espíritu será raquítico.

La lección fundamental sobre la familia, sin embargo, está en la respuesta de Jesús a sus padres. Él debía estar —les dice— en las cosas de su Padre. Todo, absolutamente todo, está subordinado a la voluntad divina. También las relaciones familiares. Jesús ha actuado así para dejar claro lo que enseñará durante su magisterio público: «el que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). Con esto no se vulnera la institución familiar, dado que, en cuanto tal, tiene en el Creador su fundamento. Si el amor de Dios, y su voluntad, fueran prioritarios en todas las familias, este mundo sería distinto. El gesto de Jesús, por tanto, pretende mostrar a sus padres en la tierra la primacía del Padre que está en el cielo. María y José no entienden el significado de esta expresión en labios de su hijo adolescente, como tantas otras cosas que no entenderían y que, como hizo su madre, debían meditarlas en su corazón. Pero Jesús deja claro desde niño, que, además de la familia humana, hay otra: la que nace de la fe. En ésta, las relaciones no se establecen por parentescos de carne y sangre sino por otros más profundos y universales, como dijo Jesús: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dos y la cumplen» (Lc 8,21).

+ César Franco

Obispo de Segovia

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