Los Santos

La experiencia de los santos – La noche, tiempo de prueba

En la tradición cristiana, San Juan de la Cruz es reconocido como el gran maestro de la noche en el sentido espiritual. Bajo este símbolo, él ha sabido recoger y puntualizar magistralmente muchos aspectos que la tradición cristiana precedente había subrayado no sólo de la mística de las tinieblas y de la luz, sino también del amplio camino de purificación para poder llegar a la unión con Dios.

Esta tradición conoce una gran variedad de experiencias, no sólo la del santo español, que nos permiten comprender mejor el fenómeno de la noche dentro del camino espiritual.

La alternancia del día y de la noche no se puede separar del contraste entre la luz y las tinieblas, símbolos cósmicos fuertemente enraizados en la cultura humana más antigua. Junto a imágenes unidas a la luz se oponen aquellas unidas a las tinieblas. La luz simboliza la vida, la felicidad, la perfección … La noche, por el contrario, a menudo es sinónimo de terror, de ignorancia, de pecado, en los que la oscuridad de las tinieblas asume con claridad una connotación moralmente negativa. Pero la noche y las tinieblas también pueden tener un significado positivo, de fertilidad, entendiéndola simbólicamente como el vientre y el seno materno. La noche es más cercana que el día al origen mismo de la vida.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

Los Padres de la Iglesia y la tradición espiritual cristiana siguiente, que hacen suyo este doble valor negativo y positivo de la noche, aportan una nueva distinción entre tinieblas y noche, aunque no siempre la terminología es rigurosa.

La tiniebla hace más referencia al mundo teológico y, en consecuencia, al campo gnoseológico, el conocimiento del misterio de Dios. Él, que es Luz, es tan luminoso que alojo de la mente le parece revestido de tiniebla. La noche se refiere más al mundo antropológico, el alma que en su camino hacia Dios experimenta su limitación y, por tanto, la necesidad de la purificación para poder acceder a la comunión con el Esposo. El punto de partida de la reflexión es a menudo la búsqueda del esposo por parte de la esposa del Cantar de los Cantares. Ésta tiene lugar de noche, con esfuerzo y dificultad, del mismo modo para llegar a Dios hay que purificar los sentidos del espíritu en un sufrimiento tal que se compara a una noche, como si la oscuridad sustrajera Dios a la vida. Es la doctrina elaborada por Orígenes y por todos los que, como él, han comentado el Cantar de los Cantares y éste es su peculiar significado de la noche, como sinónimo de prueba, de crisis, de purificación, pasaje doloroso que marca la experiencia vivida por muchos santos.

SAN IGNACIO DE LOYOLA

Nos acercamos a la experiencia de San Ignacio en Manresa, que se puede considerar como su “paraíso”. Aquel periodo de iluminación que culmina en la “gran luz” del Cardoner, fue precedido por tentaciones, por la alternancia de estados de ánimo contrapuestos, por el tormento de los escrúpulos que lo llevaban al deseo del suicidio.

“A veces -cuenta en la Autobiografía– se sentía tan árido por no encontrar ningún gusto en la oración vocal, en escuchar la misa, en cualquier otra forma de meditación que tratase de hacer. ( … ) Comenzó a ser:1tirse atormentado por muchos escrúpulos”. También después de haberse confesado “afloraban escrúpulos cada vez más sutiles, sintiéndose muy angustiado”. “Le venían muchas veces tentaciones con gran ímpetu para echarse de un agujero grande que aquella su cámara tenía”. “Después de todo este enredo de pensamientos llega un gran disgusto por la vida que estaba llevando y un insistente impulso a abandonarla”.

En los Ejercicios Espirituales esta experiencia se convierte en la base para la elaboración de las Reglas para sentir y conocer de algún modo las varias mociones que se producen en el alma, donde habla de la “desolación espiritual”, hecha de “oscuridad del alma, turbación en ella, moción hacia las cosas bajas y terrenales, inquietud por agitaciones y tentaciones diversas, que traen desconfianza, sin esperanza, sin amor, y la persona se encuentra perezosa, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor”.

La suspensión de la Compañía de Jesús puede ser leída como un caso ejemplar de todo lo que se dice en el Diccionario de mística sobre la noche colectiva: “El carácter comunitario se aplica en primer lugar a situaciones y experiencias de la Iglesia o de grupos relevantes de ésta”. La suspensión es de hecho una noche que afecta no sólo a un solo jesuita, sino a toda la Compañía.

SANTA TERESA DE LISIEUX

Discípula de San Juan de la Cruz, Santa Teresa del Niño Jesús vive la noche con una connotación particular: refleja y participa de una noche más amplia, la de la humanidad que se encamina hacia el ateismo.

En una carta a su hermana Paulina (Inés de Jesús) dice encontrarse “¡en un subterráneo bien oscuro!”, e intuye la relación entre la oscuridad que vive y la luz que debe brillar en los demás: “Oh, pida a Jesús, él que es mi luz, de no permitir que las almas sean, por mi causa, privadas de las luces que les son necesarias, pero que mis tinieblas les sirvan para iluminarlas” .

Los testimonios nos dicen que se veía condenada, que no creía en la vida eterna. Ella misma nos ha dejado una página memorable:

” i Oh, si la prueba que sufro desde hace un año apareciera ante las miradas de los demás, que vergüenza! (.. ) En los días tan alegres de la Pascua, Jesús me ha hecho sentir que de verdad existen almas sin fe (…). Ha permitido que mi alma fuese invadida por las tinieblas más espesas, y que el pensamiento del Cielo, dulcísimo para mí, no lo tuviera más, sino lucha y tormento! (…) Hay que haber viajado dentro de este

túnel denso para comprender la oscuridad. (…) Señor, vuestra hija ha comprendido vuestra luz divina, os pide perdón por sus hermanos, acepta alimentarse durante el tiempo que quiera del pan del dolor y no quiere levantarse de esta mesa colmada de amargura en la que comen los pobres pecadores antes del día que haya señalado. l. .. ) Quiero comer sola el pan de la prueba hasta cuando le plazca introducirme en su reino luminoso. (…) En un trecho la niebla que me rodea parece más espesa, entra en mi alma y la envuelven de tal modo que no consigo encontrar más en ella la dulce imagen de mi Patria, todo ha desaparecido. (…) Me parece que las tinieblas, asumiendo la voz de los pecadores, me dicen burlándose de mí: ‘Sueñas la luz, una patria de perfumes más suaves, sueñas poseer

eternamente al Creador de todas estas maravillas, crees que un día saldrás de las brumas que te rodean. ¡Ve adelante! iVe adelante! Alégrate de la muerte que te dará no ya aquello que esperas, sino una noche aún más profunda, la noche de la nada!”’. Después de haber esbozado sólo en estas líneas las “tinieblas que oscurecen mi alma”, Teresa concluye diciendo: “No quiero continuar escribiendo: temo blasfemar…” Más adelante, hablando de su experiencia, confiesa que, aquello que normalmente se llama el “velo de la fe”, para ella se ha convertido en “un muro que se levanta hasta los cielos y cubre las estrellas”.

BEATA TERESA DE CALCUTA

 La próxima publicación del libro Madre Teresa: Ven, sé mi luz-de la editorial Planeta-, recopilado por el postulador, Brian Kolodijchuki, ha permitido conocer mejor la larga y atormentada noche de Teresa de Calcuta. Mientras se hacía voz de Dios, consolando, dando esperanza, ella ni sentía la voz ni la consolación. Hasta el final de su vida ha experimentado el sentido del abandono de parte de Dios, el sentimiento, como leemos en un escrito suyo” de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin celo”. A su padre espiritual le confiesa: “Deseo ser toda de Dios … pero cuanto más lo deseo, menos querida me siento por él. Deseo amarlo ya que no

es amado – y aquí, sin embargo, encuentro esa separación, ese terrible vacío, ese sentido de ausencia de Dios”.

También al P. T. Picachy, que después sería Arzobispo de Calcuta y Cardenal, comunicaba su sufrir:

“Dicen que los condenados en el infierno sufren la pena eterna por la pérdida de Dios … En mi alma sufre precisamente esta pena terrible de la pérdida de Dios que no me quiere, de Dios que no es Dios, de Dios que en realidad no existe. Jesús, te pido perdones por la blasfemia -se me ha pedido que escriba todo-, perdona esta oscuridad que me rodea por todas partes. Deseo a Dios con todas las fuerzas de mi alma, y sin embargo siento esta tremenda separación … No rezo más, mi alma no está más contigo, y sin embargo, cuando me. encuentro sola por la calle te hablo durante horas por el deseo que tengo de ti” .

¿POR QUÉ LA NOCHE?

 Leyendo las experiencias de estos santos uno puede preguntarse: ¿ Por qué Dios actúa así con los suyos? La respuesta tendría que ser articulada.

La primera motivación de la teología clásica va en la dirección de la purificación del alma, para llevarla así a la unión íntima con Dios. Cuánto más quiere Dios unirse a una persona, más la trabaja.

Pero parece que ésta no es la única motivación. Algunos santos experimentan la noche después de haber llegado ya a la unión transformante y, por tanto, después de muchas purificaciones. Cierto, ante la pureza infinita de Dios un alma siempre tiene que purificarse. Pero para algunos la noche, más que una ulterior purificación, se convierte en el camino para la plena conformación a Cristo.

“He comenzado a amar mi oscuridad -escribe la Madre Teresa de Calcuta-, porque ahora creo que ésta es una parte, una pequeñísima parte, de la oscuridad y del sufrimiento que Jesús vivió en la tierra”. En una carta a sus hermanas escribía: “Mis queridas hijas, sin el sufrimiento, nuestro trabajo sería sólo una obra social, muy buena y útil, pero no sería la obra de Jesucristo, no sería parte de la redención. Jesús nos ha querido ayudar, compartiendo la vida, la soledad, la agonía y la muerte”. Una tercera motivación -la corredención- se busca, más que en la necesidad de una purificación personal, en la necesidad de una purificación de los demás, de la humanidad. El santo o la santa prueban en sí mismos el pecado, el abandono, el sufrir del mundo contemporáneo, lo comparte hasta el fondo asumiéndolo y purificándolo en sí mismo. Es una participación en el sufrimiento redentor de Cristo que, en la cruz, ha hecho suyo el mal del mundo para realizar la salvación.

Hemos visto cómo Santa Teresa del Niño Jesús era consciente de esta vocación. Esto ha sido, según algunos autores, el sentido de la noche de Pablo de la Cruz. Lo mismo para la Madre Teresa de Calcuta: ¿cómo habría podido confortar a los afligidos, saciar a los hambrientos, curar a los leprosos si ella misma no hubiese tomado consigo y compartido el vacío de la humanidad, si no se hubiera sentido no querida junto a los no queridos? No habría sido creíble.

“Debemos ser cada vez más semejantes a Cristo -afirma- para permitirle vivir su vida de compasión y de humanidad en el mundo de hoy”. Garrigou-Lagrange, después de haber leído en esta línea la experiencia de Pablo de la Cruz, concluye generalizando: “Cuando la prueba es sobre todo reparadora, cuando tiene como objetivo principal hacer trabajar al alma ya purificada por la salvación del prójimo, entonces (. .. ) ésta asume otro carácter que recuerda sobre todo a los sufrimientos íntimos de Jesús y de María, que no tenían necesidad de purificarse. Aquí el sufrimiento recuerda a un socorrista que, en medio de un naufragio, lucha heroicamente para salvar a los que están a punto de ahogarse. (…) Estas almas están íntimamente asociadas a la vida dolorosa del Salvador”.

Se repite la experiencia de San Pablo: “Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24).

Una cuarta motivación, la generación, está unida a la misión de generar una nueva obra en la Iglesia. Es la noche que afecta a los fundadores y fundadoras. Se podría parafrasear lo que San Juan de la Cruz escribía aludiendo quizás a la trasverberación de Santa Teresa de Ávila o los estigmas de San Francisco de Asís: pocas son las almas que llegan a una noche así, pero algunas han llegado de hecho, especialmente aquellas cuya virtud y cuyo espíritu se deben difundir en la sucesión de sus hijos; a éstas Dios les concede un grado más o menos profundo de oscuridad en base al número de sus descendientes en la doctrina y en el espíritu. Pablo de la Cruz ha comprendido también así su noche, y también así ha sido la motivación de la noche de Santa Teresa del Niño Jesús que aún no siendo fundadora, ha dado origen y ha inspirado tantas realidades de la Iglesia del siglo XX.

Nada de divino se ilumina si no se paga con el dolor, ni la familia, ni la comunidad cristiana, ni una nueva obra de Dios. Así Jesús ha dado la vida a su Iglesia, a la nueva humanidad.

También aquí podemos ver reflejada la experiencia de San Pablo: “¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros” (GaI 4, 19).

Fabio Ciardi

Tomado de Fiesta semanario de las diócesis de Granada y de Guadix- Baza

 

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