Matrimonio ancianos
Opinión

La estampa de un Dios amoroso y humilde, por José Moreno Losada

La estampa de un Dios amoroso y humilde, por José Moreno Losada

 El domingo -trigésimo del tiempo ordinario- fue, una vez más, extraordinario. Así es nuestro Dios, que se cuela en lo ordinario para que gustemos de la verdadera salvación, de lo divino en lo humano.

 Comencé con el café fraterno, con Ricardo y Paco, en el que nos animamos dominicalmente para seguir creyendo en la resurrección y alimentando la esperanza. La residencia de ancianos La Granadilla, de la que soy capellán, fue el primer lugar para celebrar la fe en la Eucaristía, y allí se quedó grabada la estampa de la que quiero hablar al final de la jornada, la que más me ha marcado. Posteriormente, en la parroquia, abarrotada con los niños y sus padres, celebramos la presentación de los que se inician en fe y que, en estos años, se acercarán por primera vez a comulgar en el altar con toda la comunidad, para concluir con un aperitivo solidario en el que el porche se ha convertido, una vez más, en campo de multiplicación de panes y peces. Allí, donde no hay cocina ni almacén, se llena de comida en mesas por grupos; cada uno aporta en su pequeñez y generosidad y, al final, comemos todos –cientos, contando mujeres y niños- y quedan doce cestos para los que no están en la comunidad. La conclusión: mil cuatrocientos euros, que irán destinados a un proyecto hermanado con otra parroquia de un barrio donde están pasando necesidades fuertes.

 Tras este milagro, un rato para descansar en casa y disfrutar de mi sobrina-nieta Lidia. A las seis de la tarde, de nuevo en la parroquia con el grupo de Profesionales Cristianos jóvenes que andamos en la aventura de profundizar en la formación cristológica, contemplando a Jesús como “buscador de Dios”, la inquietud que lleva al Reino de Dios; una reunión de una profundidad apasionante, donde las inquietudes de todos se fusionan con las de Jesús deseando al Padre, como el mayor tesoro que se puede alcanzar en esta vida.

 A las nueve de la noche, cuando vuelvo a casa, me aguarda el calor materno y hogareño, y comienzo a recoger y a ordenar las estampas vivas del día. Han sido muchas y muy vivas. Pero, como os decía, la estampa extraordinaria que ha quedado en el fondo como rostro de Dios y página evangélica ha sido la recibida en la residencia de ancianos. Con gozo, comenzábamos la Eucaristía, en la que dejándonos llevar por la parábola del fariseo y el publicano, hemos deseado la humildad como la clave que no divide, ni separa, ni excluye, sino que acerca, hermana, felicita y agrada. Esa humildad que no se proclama, pero que se asienta en la vida diaria y nos muestra la verdad y la gracia con una fuerza aplastante. Al dar la Comunión, me he acercado a una pareja habitual en la Misa: un señor mayor que acompaña a su esposa –postrada en su silla de ruedas y bastante paralizada-. Me ha indicado que él no podía, pero su mujer sí; entonces, le he dado la Comunión sintiendo algo especial, he notado en él una ternura especial. La acompaña a la Eucaristía, le sirve y él no se acerca porque no se considera digno.

 Tras la Eucaristía, me he quedado para tomar un café con algunos de ellos, dos hermanas jubiladas que llevan años en la residencia. Hemos estado en la cafetería, y allí me he vuelto a encontrar con este matrimonio mayor y anónimo. Estaban sentados en una mesa velador; sobre ella, un vaso de leche y un plato con una magdalena de buen color. Él, poco a poco, con mucha paciencia, iba mojando con la cuchara trozos de magdalena y se la iba acercando a su boca, a la vez que tendía su brazo sobre la espalda de ella y la animaba a comerla con mucha serenidad y cariño. Debe hacerlo habitualmente, porque algunos de los que pasaban por allí, con cariño le preguntaban si ya le estaba dando su “sopa de leche”.

 La estampa me sedujo y me hizo sentirme habitado por la presencia amorosa de Dios, que se me revelaba en esa relación. Sentí el amor eterno de Dios, el que es para siempre; lo vi reflejado en ese momento y en este matrimonio. Vi la humildad de Dios en los ojos y en las manos del abuelo, en su ternura y paciencia. La gracia divina la noté en el corazón y el rostro sereno de ella, que se dejaba querer y sentía el abrazo que le aseguraba en su debilidad, ofreciéndole razones para la confianza eterna. Recordé el gesto indicándome que le diera de comulgar a ella, y me hubiera gustado decirle que él estaba comulgando a Dios continuamente en ese cuidado permanente y cariñoso que está teniendo hacia a ella, y que a mí me había seducido. Él, sin saberlo, me ha dado de comulgar hoy a mí a un Dios humilde que, cuando quiere, lo hace de una vez para siempre, sin vuelta atrás. Ahí, la presencia real de Cristo se me ha hecho evidente, me ha ayudado una vez más a creer en la transubstanciación de la consagración. Sí, he visto cómo cuando la abuela comulgaba, Dios le sabía a su esposo y al cuidado que él le da cada día. He visto cómo Dios se hacía manos en sus manos, cogía la cuchara con la leche y el trozo de magdalena y, pacientemente, se la acercaba a la mujer débil para fortalecerla. He deseado dar la Comunión con el mismo sentimiento que lo hace él, descubriendo de un modo nuevo aquello de que cogió el pan, lo partió y se lo dio diciendo…

 Y es que este anciano, no me cabe la menor duda, “lo estaba haciendo en memoria Suya”.

 

 

José Moreno Losada. Sacerdote de Mérida-Badajoz

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