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Opinión

La esperanza siempre viaja hacia adelante y crea comunidad

Queridos hermanos y amigos: PAZ y BIEN.

1.- La esperanza es un don

Para el hermano Francisco de Asís todo es gracia y todo es don: «El Señor me dio fe […], hermanos […]» (Testamento). Multitud de hombres y mujeres han sabido reconocer la vida que se regala y se renueva, de generación en generación, porque «la Palabra se hizo carne…».

La vida es un don que se manifiesta en cada uno de nosotros. Dios sigue recreando el Amor en el nacimiento de su Hijo, Jesús, el Señor de la Historia y el «Dios con nosotros». Si todo es de Dios, todos somos un continuo don de Dios que se derrama en nuestros corazones; ahora bien: si tenemos la capacidad de acogerlo, recrearlo y compartirlo, entonces descubriremos que lo fundamental es vivir disponible de cara al don que, como semilla, germina en cada uno. En la medida en que llega a nosotros y lo reconocemos, podemos tener disponibilidad para acogerlo y compartirlo, de esta forma nos vamos haciendo don para los demás y nos convertimos en creadores de esperanza, como un germen que crece hasta dar fruto abundante.

María de Nazaret, una mujer sencilla de pueblo y sin estudios, tal vez sin demasiada experiencia en la vida, es: «llena de gracia», llena de dones y del favor de Dios. María se sabe Don y el sentido de su vida, su proceso de felicidad, es hacerse don y acogida. El ser de Dios viene sobre ella antes de hacer que en ella brote la vida, anunciada por los profetas y hecho proyecto real en su seno virginal.

La acogida del don hace posible el «Dios con nosotros». En el pesebre es donde Dios nos busca a cada uno y nos requiere, se regala y nos invita a ser sencillos y a ser mensajeros de Buenas Noticias: «porque… un Hijo se nos ha dado…». El diálogo del ángel con María se convierte en ella en gracia y don que le hace confesar: «Hágase en mí según tu Palabra».

La Navidad nos abre a la disponibilidad para recibir el don más preciado, al «Dios con nosotros». Si somos capaces de reconocer el don que nos habita, seremos también capaces de dar lo mejor para mejorar las relaciones cotidianas en nuestros «pequeños mundos».

Las señales de la Navidad nos abren nuevos proyectos de vida, para ser fieles a la verdad y luchar por un mundo más justo, dando testimonio del Espíritu de Jesús, que nos recrea continuamente y nos invita a ser despertadores de conciencias, para llevar adelante la misión a la que estamos llamados. Misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar… (cfr. Lc 4,18-19).

2.- Crea comunidades de esperanza

El don de Dios nos llama a compartirlo con los demás, creando un tejido tan variado como personas a las que busca acompañar, llevar a la mayoría de edad de los hijos de Dios. Compartir gozos y esperanzas, sufrimientos y dolores, fortalezas y debilidades…, multiplicar la capacidad de respuestas que nos impulsen a dar lo mejor de lo que somos y tenemos, siendo comunidades que salimos al encuentro del Otro y de los otros.

El encuentro con el Señor, que nace de la fragilidad de un pesebre, nos hace pobres y menores, desde donde se aprende la minoridad para recibir a los pastores –marginados en su tiempo– y acercarnos a los pequeños, a los que lloran, a los que sufren y a los que se alegran –en su pobreza al adorar a la gran riqueza recibida, proclamando el año de gracia por el nacimiento del Buen Dios, hecho niño, hecho frágil, hecho pañal, hecho pesebre junto a un puñado de heno.

Todo nos invita a ser esperanza para los demás, a hacer posibles nuevos frutos de vida, que se transformaran desde dentro hasta convertirse en árboles frondosos, donde los pájaros vienen a anidar en sus ramas.

En el Emmanuel, «Dios con nosotros», la esperanza se cumple y se renueva, se da el paso de esperar lo prometido y acoger lo dado. Él es nuestra esperanza.

También, hablando de la esperanza, tenemos que seguir mirando a María: la mujer del Sí, del Fiat. En ella aprendemos a vivir en fe, en confianza. Se abre la esperanza de vivir lo cotidiano acogiendo lo dado, comenzando por los hermanos que no hemos escogido y que nos hemos encontrado caminando en el mismo proyecto. Aguardamos cada día la gran esperanza que nos dará y que en Adviento hemos cantado, como si de un grito profético se tratara: «¡Ven, Señor, no tardes más!».

3.- La esperanza mira hacia adelante para que seamos misión comunitaria para el mundo

Si queremos recibir a Jesús en su Encarnación, y queremos seguirlo en su proyecto de vida en comunidad de hermanos… si queremos sentarnos a su mesa y compartir su vida, y adorarlo como los magos… no podemos buscar atajos para ver y mirar la realidad, hemos de implicarnos en ella para ser constructores de la paz y de la justicia que nos trae la Navidad; se nos pide:

  • que seamos comunidades de acogida, que recibamos a los que llegan y les demos el agua que alivia su sed y cubre necesidades…
  • que seamos comunidades de esperanza que pongan a Jesús en el centro de su vida, por donde pasan todas las decisiones, opciones y estilos de vida. Animar a celebrar los sacramentos y a buscar en ellos la voluntad de Dios. Desde este asombro de gratuidad se puede ser portadores de esperanza, donde se tejen nuevas relaciones y proyectos…
  • que seamos signos de vida para otros, exponiendo lo que somos y poniéndonos a su servicio, desde la simplicidad y minoridad franciscana. Conviviendo desde la tolerancia y el respeto a los demás. Estas comunidades de puertas abiertas no solo acogen y respiran amor y esperanza, sino que también salen a llevar amor y esperanza al mundo…
  • que estemos más preocupados por sembrar que por recoger. Comunidades preocupadas por comprender los ritmos y las respuestas de los demás, más que buscar la propia autocomplacencia. Comunidades que no juzgan, ni condenan, sino que ejercen la profecía atreviéndose a poner nombre a todo aquello que provoca dolor para aplicar el perfume de la ternura…
  • que seamos comunidades que se hagan cargo del otro, que sanen heridas entablando relaciones de cuidado mutuo, abriendo camino de esperanza a la verdadera fraternidad, rebajando el miedo a lo desconocido…
  • que seamos apasionados por la vida, atraídos por el Dios de Jesús, que nos hace soñar para estar alerta y atentos a las necesidades reales y cotidianas; que nos hace buscar amar al mundo, la creación, las criaturas, la humanidad… a pesar de no poder cambiarlo todo ni transformarlo; llamados a aceptar el camino del Evangelio, aunque tengamos que «emigrar a Egipto»…

Que, como nos recuerda el papa Francisco, «aprendamos de la escuela de San Francisco de Asís en la Navidad, abrámonos a esta gracia de la fraternidad con un corazón sencillo y transparente, dejémonos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios que ha querido compartir con nosotros lo que Es [en el original, todo] para no dejarnos solos»: «… somos convocados los hermanos, las gentes, el bosque resuena de voces, y aquella bendita noche, esmaltada profusamente de claras luces, es concierto de alabanza…» (Relato de San Buenaventura, LM 10,7).

Un abrazo de fraternura franciscana;

en esta Navidad que nos recuerda que TÚ TAMBIEN ERES MISIÓN,

en consonancia a lo que nos hemos dicho a lo largo del curso.

¡¡FELIZ TIEMPO DE ESPERANZA SOSTENIDA… FELIZ NAVIDAD DE LA COMUNIÓN, DESDE EL EMMANUEL, CON LOS HERMANOS!!

Severino Calderón Martínez, ofm

Granada, 8 de diciembre de 2019:

Fiesta de María Inmaculada, patrona de la Provincia Franciscana de España.

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