Opinión Última hora

La esperanza de peregrinar a Santiago en el Año Santo Compostelano 2021

La convocatoria para el Año Santo Compostelano de 2021 se hacía en la fiesta de la Traslación del Apóstol de 2019. Eran unas circunstancias muy diferentes a las actuales, en las que una parte considerable de la población mundial se encuentra afectada, de un modo u otro, por la pandemia provocada por el coronavirus. Muchos de los que vendréis a Santiago tal vez caminareis con lágrimas en los ojos, pero vuestros pasos serán firmes sabiendo que Cristo nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 7). El Apóstol Santiago os espera en este Año Santo para abrazar vuestro dolor y dejarse abrazar por vosotros.

El Año Santo es júbilo. Pero, ¿cómo cantar un cántico del Señor (Ps 137, 4) y anunciar de nuevo un año jubilar en este paisaje que está dejando la pandemia trastocando inesperadamente las vidas de tantas personas? En apenas unas semanas, muchos de sus proyectos quedaron reducidos a la nada, como si, al despertarse de un mal sueño, la realidad fuese una pesadilla que alteró religiosa, laboral y socialmente su día a día. La pandemia nos ha hecho más conscientes de nuestra vulnerabilidad y fragilidad.

No es necesario enumerar los sufrimientos derivados de esta situación, y que para muchos se han convertido en parte de su equipaje para el camino. La Iglesia, como un río, ha seguido discurriendo y reflejando nuestras caras de asombro en sus aguas mientras seguía su curso. Es la Iglesia humilde y cercana a la condición humana y espiritual del hombre, y portadora de salvación y de esperanza.

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí» (Jn 14, 1.27). Sin duda, es difícil razonar cuando nuestra vida está amenazada en su existencia y en su modo de existir. Podría parecer que estamos discutiendo sobre la composición del agua mientras nos ahogamos en el océano. Pero hemos de tener cuidado de que la pandemia no se lleve consigo, junto con tantas vidas, la confianza en las relaciones humanas y también nuestra capacidad de pensar racionalmente.

Este panorama no nos lo imaginábamos en el mes de diciembre pasado, cuando comenzaban a llegar noticias del coronavirus. En ese mes publicaba mi carta pastoral «Sal de tu tierra. El Apóstol Santiago te espera» para preparar el Año Santo Compostelano de 2021. Tal vez con todo el sufrimiento y la incertidumbre que nos rodean, puede considerarse algo intrascendente la celebración del Año Jubilar Compostelano que recoge la más profunda tradición bíblica y cristiana de los Años de Gracia del Señor, como un tiempo para la alegría y la liberación, y una oportunidad para comenzar de nuevo, gracias a la misericordia del Señor. Ahora, la preocupación pastoral debe ser transformar con creatividad la realidad que nos va a tocar vivir conforme al espíritu del libro del Apocalipsis. Nos preguntamos ¿qué nos dice el Señor del tiempo y de la historia, el Alfa y el Omega, a quienes peregrinan en esta tribulación? También se nos responde hoy: «No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del abismo» (Ap 1, 1 7-18). «Mira, hago nuevas todas las cosas… Estas palabras son fieles y verdaderas» (Ap 21, 5).

A la luz de las Escrituras, hemos de interpretar estos acontecimientos de la misma manera que Jesús lo hizo con los discípulos de Emaús y revitalizar nuestras raíces cristianas encontrándonos con la tradición apostólica, para reconocer «que la fe es la capacidad sobrenatural para captar y vivir la realidad del misterio de Cristo en el mundo, la esperanza cristiana es la capacidad sobrenatural del corazón para hacer de Jesús un ideal exacto y seguro, digno de ser vivido con todas las consecuencias, y la caridad es la capacidad gratuita que se nos garantiza en Cristo de poder fundir nuestra vida en Él, y con Él en Dios por amor filial» .
Dice San Pablo que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio» (Rom 8, 28), pero era consciente de que las cosas no iban bien y no acontecían como él hubiera deseado. Es el amor de Dios el que pone el bien allí donde, a los ojos del mundo, sólo hay mal. Pues desde el amor, que cuando es sincero siempre es divino, el mal se vuelve ocasión para desarrollar el servicio, la acogida, el cuidado, la solidaridad; en una palabra, la caridad, que no pasará nunca (cf. 1Cor 13, 8).

En medio de la oscuridad la luz de Cristo nos alumbra. No debemos temer «pues hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados» (Mt 10, 30). Y en esta situación hay una cosa que busca siempre: la ternura humana. No debemos dejar que enferme y se debilite nuestro espíritu y en este sentido considero que la peregrinación hacia Dios, hacia uno mismo y hacia los demás, reflejada en la peregrinación jacobea, nos ayudará a fortalecer nuestra espiritualidad, viviendo la conversión a Dios, característica propia de esta peregrinación.

El Año Santo nos ayudará a volver al hecho cristiano fundamental, conformándonos con la persona y la historia de Jesús, y dando testimonio de que el cristianismo es un modo fascinante de vivir la condición humana a la hora de dar sentido a la existencia. La enseñanza de los apóstoles es vivir en espíritu de comunión que se explicita en la unión de los corazones manifestada en un mismo ánimo, en compartir los bienes y en la oración ya sea comunitaria o privada, de súplica, de alabanza, o de acción de gracias, como se refleja en el peregrinar cristiano.

Nos da confianza en medio de todo saber que estamos llamados a colaborar en la Iglesia, recordando que Cristo nos dice: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). La experiencia de San Pablo es: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Fil 4, 13). No olvidemos que la realidad siempre es más grande que nuestros esquemas y que la vida es vocación asumida con esperanza cristiana. «Es momento de tener las lámparas encendidas» (cf. Mt 25, 1-13) aunque la espera se alargue. Una Iglesia así interpelará proféticamente y nunca defraudará.

La fe cristiana no hace promesas de un futuro mejor a expensas de la realidad presente. No necesita del sufrimiento para revalorizarse. No «cotiza al alza» cuando el ser humano está sufriendo, ni Dios nos aguarda pacientemente detrás de la desgracia. Nuestro dolor es el suyo. Él quiso hacerse uno de nosotros experimentando nuestro mismo dolor y nuestra misma muerte. Ha entregado su vida para que nosotros la tengamos en abundancia. Los creyentes en Cristo «sufren con los que sufren» (Cf. 1Cor 12, 26), toman en serio el dolor del prójimo y se comprometen a hacer algo para remediarlo. En medio de la tormenta debemos permanecer serenos en el Sí de Dios. La fe no es una especie de salvavidas individual o de reserva para los momentos de dificultad; al contrario, nos hace salir de nuestros cobertizos personales e institucionales para hacer presente ese Sí de Dios en todos los rincones dolientes. Permanecer en la fe implica levantarse para seguir las huellas del Crucificado. Él está realmente presente en quienes vieron resquebrajarse el suelo sobre el que se apoyaba su vida.

En este Año Santo de gracia y reconciliación se proyecta desde la casa del Apóstol Santiago la luz de la fe inquebrantable que Dios tiene puesta en esta humanidad doliente, por la que su Hijo se entregó hasta el límite. Es la prueba de la fidelidad de Dios hasta la muerte por nosotros. Es en estos momentos de oscuridad, cuando mejor se puede percibir el brillar de la única luz verdadera, Jesús Resucitado, el amor crucificado de Dios por nosotros.

Os animo a contemplar la figura de Cristo mostrando las palmas de sus manos resucitadas sobre el parteluz del Pórtico de la Gloria. En ellas reconocemos tatuado el Sí definitivo del Padre a su Hijo Jesucristo. Las manos abiertas del resucitado son, como entonces lo fueron para los Apóstoles superados por el miedo, signo de que el amor del Padre es más fuerte que la muerte: «Mirad mis manos y mis pies, soy yo en persona» (Lc 24, 39). Con ellas, Jesucristo sigue diciendo: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19). Quienquiera que contemple con fe estas manos podrá reconocer en ellas todo el peso del dolor del mundo y también el realismo de su esperanza. Quien las está ofreciendo ha experimentado en propia carne la muerte que tiñe de luto nuestras ciudades y pueblos, y es Él que nos dice: «Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos» (Ap 1, 18). En su resurrección todos viven de su presente eterno y sus nombres quedan inscritos en el libro de la vida. Nuestras vidas están tatuadas en Dios: «Yo te llevo grabada como un tatuaje en mis manos» (Is 49, 16). En las llagas gloriosas del Señor están todos los nombres.

Este Año Santo es una ocasión providencial para reconciliarnos con Dios y también con nuestros hermanos si, a la súplica de unos por otros, unimos nuestra solicitud activa hacia los que sufren. Por eso, no olvidemos «al huérfano, protejamos a la viuda», para que, cuando presentemos nuestra oración no recibamos como respuesta: «aunque multipliquéis vuestras plegarias, no os escucharé» (cf. Is 1, 15-17).

Construyamos la cultura del cuidado común. «Haz que desde aquí resuene la esperanza» , le decimos al Apóstol Santiago. La exhortación a salir de nuestra tierra, aunque no pudiera tener una expresión física y externa, sigue vigente en cuanto es la voz de Dios que nos invita a abandonar nuestra zona de confort para abrirnos a su palabra siempre nueva; y a dejarnos envolver por la esperanza de la gloria de Dios que no defrauda, «porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5, 5).

Notas
(1) Cf. Capítulos 2 y 3, 21 y 22 del Libro del Apocalipsis.
(2) J. ORDOÑEZ MARQUEZ, El Evangelio en la vida de la Iglesia, I. Oración y vida litúrgica, TOLEDO-AVILA 1989, 416.
(3) DANTE, Divina Comedia. Canto XXV Paraíso: «Después vino una luz hacia nosotros de aquella esfera de la que salió del primer sucesor que dejó Cristo. Y mi Señora, llena de alegría, me dijo: Mira, mira ahí el barón por quien abajo visitan Galicia… Entonces dijo Beatriz riendo: Oh ínclita alma por quien se escribiera la generosidad de esta Basílica, haz que resuene en lo alto la esperanza: puedes, pues tantas veces la has mostrado cuando Jesús os prefirió a los tres».

Por Julián Barrio
Arzobispo de Santiago

Print Friendly, PDF & Email