Al abrir la puerta

La Escuela Católica

Uno de los temas estrella en estas semanas es –evidentemente-la vuelta al cole. Y está muy bien que nos planteemos las claves concretas y urgentes que esta situación Covid nos plantea (jornadas, entradas, controles, tecnologías, etc.) Pero como todos sabemos el problema es que lo urgente se lleva por delante lo importante. Don Higinio Marín en El Debate de Hoy nos lanzaba esta semana una reflexión fascinante y de fondo sobre la Universidad. Hoy lanzo yo una pregunta, ¿nos hemos planteado lo que significa la educación católica hoy en esta España nuestra?

La educación es un instrumento de esperanza y de transformación, pero en nuestro mundo actual –como toda realidad de Iglesia, como toda realidad de fe-, es un instrumento débil, de siembra. Hay demasiados agentes interesados en la formación de los niños y los adolescentes, cada uno con sus propios intereses –ideológicos, económicos, laborales, de producción, antropológicos, etc.- que hacen que la escuela católica, como un David frente a muchos Golliats o como un Quijote frente a muchos molinos –los medios de comunicación, las redes, las series, la calle, los partidos políticos, las empresas, el cine, los anuncios, etc.-, esté en un constante combate por defender un determinado tipo de educación, un determinado modelo de comprender a la persona y a la sociedad, unos determinados valores y una experiencia determinada, que esté en un constante empeño y esfuerzo por acompañar a crecer a las personas según una determinada manera de comprender la vida, la historia, al ser humano, las relaciones, la cultura, con el modelo del evangelio de Jesús de Nazaret, la enseñanza de la Iglesia y la experiencia creyente de Dios.

Seis leyes educativas (casi siete ya…) en algo más de treinta años para España es un dato alarmante. Hay una ausencia de un modelo educativo estable, claro y centrado conforme a fines de interés general y de desarrollo humano, consensuado en el mundo plural en el que vivimos, lo cual ha llevado a la sociedad española en su fase de restauración democrática desde 1978 a índices más que preocupantes de fracaso, ineficiencia e ineficacia en el ámbito educativo. Utilizada la educación unas veces de forma ideológica, poniéndola al servicio de intereses de partido o de grupo para adoctrinar a los futuros votantes, y otras como un mero servilismo al mercado, entendiéndola como una factoría de producción de títulos y mano de obra para las necesidades laborales de los empresarios, pareciera que se ha renunciado a aquello que la educación debería ser en sí misma: el proceso de crecimiento y de maduración de la persona en sus distintas dimensiones: intelectuales, físicas, espirituales, morales, artísticas, relacionales, identitarias, sociales y aptitudinales.

La escuela católica pretende ser eso, un planteamiento integral que permita un futuro capaz de articular modelos sociales y humanos alternativos a la actual situación de perpetua crisis neoliberal, de devaluación de la idea misma de persona y de sociedad, desarrollando un planteamiento educativo estable que permita dar frutos, alejado de planteamientos ideológicos antihumanos como meramente funcionales.

Si para eso hay que utilizar tecnologías, innovaciones o nuevas pedagogías, o bien volver a otras o lo que sea, es algo que tendrá que plantearse en función de la idea central y de base de lo que la Escuela Católica quiere ser… pero no se puede dar la vuelta y empezar por el tejado.

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior

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