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Iglesia en España

La Epifanía de Dios, por Atilano Rodríguez

La Epifanía de Dios, por Atilano Rodríguez

El día de Reyes para muchos niños y adultos, con corazón de niño, es un día de fiesta, de alegría, de ilusión y de regalos. Hemos de compartir esta alegría con quienes pueden experimentarla, pero hemos de compartir también el dolor y el sufrimiento de los millones de niños que no pueden tener sus merecidos regalos porque viven sometidos a la explotación, sufren la marginación social o no tienen el alimento necesario para subsistir.

En medio de estar realidad de alegría y de sufrimiento, los cristianos no debemos olvidar nunca que en este día celebramos la Epifanía del Señor, la manifestación del Hijo de Dios a todos los pueblos de la tierra. Éste es el gran regalo de Dios a la humanidad. El Todopoderoso ha querido hacerse niño, pequeño y necesitado, para regalar a todos su amor, para colmarnos de alegría, para iluminar con su luz nuestra peregrinación por este mundo y para sostenernos en medio de nuestros cansancios.

El Señor se manifiesta a todos los hombres y mujeres del mundo, pero para descubrirlo y encontrarse con Él, es preciso salir de nuestras comodidades, ponernos en camino, dejarnos guiar por la luz de la estrella y pedir consejo y orientación a los demás cuando el camino se oscurece o no está suficientemente despejado. El Señor se deja encontrar siempre por quienes lo buscan con sincero corazón, pero para que se produzca el encuentro es preciso que tengamos el deseo de verlo.

El hombre religioso vive con la conciencia de estar siempre en camino, pero para mantener la buena dirección y no perder el rumbo necesita acoger la Palabra de Dios en lo más profundo del corazón y dejarse sorprender por las constantes revelaciones divinas. En ocasiones, algunos hermanos no encuentran a Dios porque consideran que no necesitan de Él, tienen miedo ante las dificultades del camino o buscan un Dios que solucione sus problemas o satisfaga sus caprichos. Este Dios no es posible encontrarlo, porque no existe o es fruto de nuestra imaginación.

Los cristianos, al contemplar la actitud de los magos y de los pastores, en el momento del encuentro con el Niño Dios en el portal de Belén, hemos de estar dispuestos a postrarnos de rodillas en actitud de adoración y de reconocimiento, rechazando los ídolos a los que con tanta frecuencia tributamos culto. Solamente desde una sincera actitud de adoración del Niño, como Dios y Señor de nuestras vidas, estaremos en condiciones de proseguir el camino dándole gloria y ofreciendo a los hermanos la alegría y la esperanza de habernos encontrado con Él.

Algunos hermanos, tal vez hayan experimentado en otros momentos de la existencia el gozo del encuentro con el Señor y, en la actualidad, por razones diversas se han alejado de Él o se han olvidado de su amor. Si nos sucediese esto, no dudemos en pararnos y orar con la sentida oración del papa Francisco: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo. Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores” (EG 3).

Con mi bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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