Iglesia en España

La enseñanza religiosa escolar en el nuevo curso académico, por Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

La enseñanza religiosa escolar en el nuevo curso académico, por Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

El comienzo del nuevo curso escolar, ya inminente, es un tiempo oportuno para reflexionar sobre la importancia de la clase de religión y de moral católicas y sobre la novedad que va a suponer este año la entrada en vigor de la nueva ley de educación: la LOMCE. La presencia de la formación religiosa y moral católica en la escuela es necesaria en virtud del derecho que tienen los padres a que sus hijos sean educados de acuerdo con sus propias convicciones religiosas y morales o éticas. Este precepto constitucional cuenta con una larga tradición en el sistema educativo español y está garantizado por los Acuerdos suscritos entre el Estado Español y la Santa Sede el año 1979. La propia ley afirma rotundamente se trata de una materia de oferta obligatoria para los centros y de oferta voluntaria para los alumnos.

De este modo se conjuga adecuadamente el derecho de los padres y de los alumnos con la libertad de aquellos que no desean recibir esta formación.

La nueva ley entra en vigor en 1º, 3º y 5º cursos de primaria, en los cuales aquellos alumnos que no elijan clase de religión deberán cursar una nueva asignatura denominada “Valores sociales y cívicos”. Esta disposición viene a solucionar el agravio que sufrían hasta ahora los alumnos que elegían enseñanza religiosa escolar y se veían, así, obligados a asumir una materia más que los otros. Conviene recordar en este momento que la clase de religión no sólo aporta al alumno conocimientos de la cultura católica, base de la cultura occidental, sino también conocimientos de las principales verdades católicas, que han generado los valores más importantes de la moral cristiana y de la ética filosófica.

 

Los contenidos de la enseñanza de la religión católica constituyen una síntesis global y organizada del mensaje cristiano, adecuada a la edad del alumno, a las expresiones culturales del entorno en donde el niño o el joven va a desarrollar su vida y en relación con las demandas didácticas del sistema educativo. Esta formación se enmarca en el contexto histórico y social, incluye gran parte del acervo cultural y artístico que emana de la fe católica y permite el análisis comparado de sus contenidos en diálogo con la cultura de nuestro tiempo. Esta síntesis del mensaje de Jesucristo constituye el fundamento de los valores y de las actitudes básicas del cristiano. Y favorece, además, hábitos de comportamiento beneficiosos para la persona y para la sociedad. No puede darse una verdadera educación integral y, por tanto, una educación de calidad, sin la aportación que presta la enseñanza religiosa escolar al desarrollo de todas las dimensiones del ser humano, de entre las cuales la principal y fundante es la trascendencia.

 

En la clase de religión católica se ofrece un modo de contemplar la vida en cuya base encontramos el concepto portador de la verdad del hombre, de esa verdad que es la única capaz de hacer feliz a éste. La enseñanza católica expone y fundamenta los valores y las virtudes capaces de educar la dimensión moral y social del alumno, con el fin de hacer posible la maduración de la propia conciencia y de su responsabilidad en el ejercicio de la solidaridad y de la caridad.

Todo ello está fundado en la Palabra de Dios, hecha plenamente realidad en Jesucristo. El sistema educativo no puede reducir el objetivo de la escuela a la reproducción del modelo de sociedad existente, sino que debe contribuir a mejorarlo, haciendo así posible que los alumnos aborden el conocimiento crítico de la sociedad e intervengan en ésta para cambiar su faz. La dimensión humanizadora de la formación religiosa y moral católica es tal, que prepara al alumno para dar una respuesta consciente y libre a los grandes interrogantes, lo que lleva consigo hacer posible la existencia de hombres y de mujeres conscientes, críticos y creativos. Permitid me dirija a los padres de los futuros alumnos de la clase de religión. Vosotros tenéis el derecho constitucional, pero también el deber de facilitar a vuestros hijos la posibilidad de obtener el sistema integral de las verdades y de

los valores que han presidido y dirigido vuestra vida. Os animo, pues, a que, año tras año, renovéis vuestra confianza en los profesores de religión que enviamos desde la Iglesia a los colegios e institutos y que deis los nombres de vuestros hijos para cursar esta asignatura apasionante. La enseñanza católica en la escuela no es sólo catequesis ni tampoco un sustitutivo de ésta. Por tanto, no hay que caer en el error frecuente de pensar que, si mi hijo va a catequesis, ya no tiene porqué ir a clase de religión. No identifiquemos sin más la catequesis con los contenidos de la clase de religión, aun cuando estas dos materias estén íntimamente conexas y se exijan recíprocamente.

Por último, quiero saludar de corazón a los profesores de religión y a todos los educadores cristianos, que interpretan la escuela en su significado originario, a saber, como la casa de la verdad, en donde el maestro, el didáskalos, forma al joven desde la verdad y lo libera así de todo aquello que interiormente le maniata y le impide vivir como persona.

Vuestra tarea es dura, pero tened la seguridad de que el Señor está apoyando el trabajo que realizáis con vuestros alumnos. Recordad que en el evangelio de hoy Cristo nos promete que, allí en donde dos o tres están reunidos en su nombre, allí está Él en medio de ellos (cf Mt 18, 20).

Domingo, 7 de septiembre de 2014

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

 

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