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Carta del Obispo

La educación afectiva y sexual, por Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia

Mons. Ángel Rubio Castro
Mons. Ángel Rubio Castro

En un contexto marcado por un exasperado pansexualismo, el autentico significado de la sexualidad humana queda muchas veces desfigurado, controvertido, contestado cuando no pervertido.

Una educación afectivo-sexual adecuada exige, en primer lugar, cuidar la formación de toda la comunidad cristiana en los fundamentos del evangelio del matrimonio y de la familia. Una buena formación es el mejor modo para responder a los problemas y cuestiones que pueda presentar cualquier ideología.

Y todos los cristianos responsables de su fe han de estar capacitados para “dar razón de su esperanza a todo el que la pida” (IPe 3, 15). Para la consecución de ese objetivo puede prestar un gran servicio el Catecismo de la Iglesia Católica, además de otros muchos documentos. En cualquier caso, serán siempre necesarios planteamientos que busquen la formación integral de la persona. Ese es el marco adecuado para que la persona responda, como debe hacerlo, a su vocación al amor.

Para esa educación y formación el lugar privilegiado es, sin duda, la familia. Se desarrollan allí las relaciones personales y afectivas más significativas llamadas a transmitir los significados básicos de la sexualidad. La familia es el sujeto primero e insustituible de la formación de sus miembros. Y por eso, aunque podrá y deberá ser ayudada desde las diferentes instancias educativas de la Iglesia y del Estado, nunca deberá ser sustituida o interferida en el derecho-deber que le asiste. Así era ya recordado, entre otros documentos, por el Directorio de Pastoral Familiar de la Conferencia Episcopal Española. Pero se hace ahora más urgente, si se advierte que las disposiciones legales al respecto permiten al Estado dirigir este ámbito de educación. Y no es pequeño el riesgo de sucumbir a las imposiciones de la ya referida ideología de “género”.

La educación afectivo-sexual, acorde con la dignidad del ser humano, no puede reducirse a una información biológica de la sexualidad humana. Tampoco debe consistir en unas orientaciones generales de comportamiento, a merced de las estadísticas del momento. Sobre la base de una “antropología adecuada”, como subrayaba el beato Juan Pablo II, la educación en esta materia debe consistir en la iluminación de las experiencias básicas que todo hombre vive y en las que encuentra el sentido de su existencia. Así se evitará el “subjetivismo” que conduce a nuestros jóvenes a juzgar sus actos tan sólo por el sentimiento que despiertan. Lo que les hace poco menos que incapaces para construir una vida en la solidez de las virtudes. Esa educación, que debe comenzar en la infancia, se ha de prolongar después en la preadolescencia; las instituciones educativas deben de velar por ella siempre, evidentemente, en estrecha colaboración con la ya dada por los padres en la familia.

Descubrir la verdad y significado del lenguaje del cuerpo permitirá saber identificar las expresiones del amor auténtico y distinguirlas de aquellas que lo falsean. Se estará en disposición de valorar debidamente el significado de la fecundidad, sin cuyo respeto no es posible asumir responsablemente la donación propia de la sexualidad en todo su valor personal. Se abre así a los jóvenes un camino de conocimiento de sí mismos, que, mediante la integración de las dimensiones implicadas en la sexualidad —la inclinación natural, las respuestas afectivas, la complementariedad psicológica y la decisión personal—, les llevará a apreciar el don maravilloso de la sexualidad y la exigencia moral de vivirlo en su integridad. Se comprende, en seguida, que una educación afectivo-sexual auténtica no es sino una educación en la virtud de la castidad.

Una educación de esta naturaleza requiere personas, que, convenientemente preparadas, ayuden a formar a quienes de manera más directa e inmediata tengan a su cargo la función educativa. En todo caso, los padres católicos deberán estar atentos a que, en la ayuda que se proporcione, se observe siempre la fidelidad a la enseñanza de la Iglesia, la comunión eclesial y las directrices de los Pastores. La Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española está preparando unos materiales y programas con el fin de que puedan ser empleados en esta tarea educativa.

+ Ángel Rubio Castro

Obispo de Segovia

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