Firmas

La Divina Misericordia es el trato íntimo y cariñoso con Jesús, que cambia e ilumina mi vida

La Divina Misericordia es el trato íntimo y cariñoso con Jesús, que cambia e ilumina mi vida

La Divina Misericordia es para todos, no es a condición de nada. Sólo tengo que acercarme con confianza a Jesús, que me conoce, me comprende y me ama vivamente, tal como soy

 Este artículo es sobre la Divina Misericordia como el Gran Mensaje que necesitamos en este tiempo, y se refiere también al XI Encuentro Nacional de la Divina Misericordia celebrado en Burgos, “Misericordiosos en la acción”, los días 20 y 21 de octubre de 2018.

La Divina Misericordia es el trato íntimo y cariñoso con Jesús, que cambia e ilumina mi vida, no es una devoción más.

Es entre mi corazón y el Corazón amante de Jesús, muerto y resucitado, que desea ardientemente que lo miremos y estemos con él. Mirándole a Él y diciéndole: Jesús, en Ti confío. Puedo ir a Él sin ninguna condición previa, pues me amó primero y entregó su vida para que podamos encontrarnos y conocer cuánto me ama y lo que sólo Él puede hacer en mí y por mí.

Este trato íntimo y cariñoso cambia e ilumina mi vida, sanándome, restaurándome, devolviéndome mi dignidad, y la luz de este amor es tan fuerte y poderosa que desde mi propia vida ilumina la vida de las personas con quienes estoy. Unidos, su amor por mí y a través de mí no tendrá límites.

 

El alma que confía en Mi misericordia es la más feliz porque Yo Mismo tengo cuidado de ella.

(Diario de Santa Faustina Kowalska 1273, Mensajera de la Divina Misericordia)

 

La Divina Misericordia es para todos y no importa cuál sea nuestro estado de vida, lo que seamos o lo que hayamos hecho o cómo nos sintamos. Por eso decimos que su amor es misericordioso, porque nos comprende, nos abraza y nos ama tal como somos, no a condición de que hagamos algo o de que seamos algo, sino porque soy yo, como soy.

“En la Misericordia de Dios el mundo encontrará la paz y el hombre, la felicidad” (Papa San Juan Pablo II).

Misericordiosos en la acción

En el XI Encuentro Nacional de la Divina Misericordia “Misericordiosos en la acción”, celebrado en Burgos, los días 20 y 21 de octubre de 2018, organizado por el Movimiento de Apostolados de la Divina Misericordia de España, se nos habló de la Divina Misericordia como este trato íntimo y cariñoso con Jesús, que cambia e ilumina mi vida. No es una devoción más. Es estar unidos a Jesús.

Asistimos unas 350 personas procedentes de unas veinte Diócesis de España. El sacerdote José Cristóbal Moreno, consiliario de la Divina Misericordia de Alicante, nos explicó cómo ser misericordiosos en la acción.

Destacó que es necesario permanecer íntimamente unidos al Señor por medio de una vida de oración y participando en los Sacramentos -la Eucaristía y la Confesión o Sacramento de la Misericordia-, y así poder dar el fruto que Él espera de nosotros.

Para obrar el bien, para que todas nuestras acciones tiendan a Dios, necesitamos la gracia del Espíritu Santo. Impulsados por la fuerza del amor divino haremos siempre el bien y viviremos el amor al prójimo, indicó José Cristóbal Moreno, recordándonos que la gloria de Dios es la vida del hombre (San Ireneo).

“Nuestra confianza en Dios es el recipiente necesario para recibir su gracia. Al recibir su Gracia divina, Dios espera que su Misericordia se encarne en nuestra vida y así la irradiemos a los demás. Todo lo bueno que podemos hacer es gracias a Él, que nos ha dado toda la fuerza de su amor para que así la podamos irradiar a las almas”.

“Dios, nuestro Padre, nuestro Creador, -afirmó- quiere verse reflejado en el espejo de nuestro corazón y que vivamos Su misericordia con los demás, para reflejar en nuestras obras la belleza de Su misericordia”.

Toda obra buena es así fruto de una sobreabundancia de la vida interior. Toda evangelización tiene su eficacia por la irradiación del amor de Dios en nuestras obras.

“El ardiente amor de Dios tiene necesidad de darse, de compartirse. Que este ardiente amor de Dios nos impulse y estemos dispuestos a hacer llegar este amor que quiere arder también en el prójimo”, resaltó este sacerdote, exhortándonos a “corresponder al amor tan grande que Dios te tiene, amando al Señor en la persona del pobre, sediento, que necesita tu ayuda”.

“No basta sentir compasión. Te envía el Señor a ti para que tú te apiades de él. El Señor cuenta contigo. Tú y yo somos misioneros allá dónde el Señor te lleve. Las llagas de Jesús las encuentro haciendo obras de misericordia”.

La mayor obra de misericordia la encontramos en la plena donación del ser. “Nosotros no somos siervos, sino amigos del Señor. Entre amigos no hay secretos. Jesús nos abre su corazón. Amaos, amaos como Yo os he amado. Cada día tenemos ocasión de dar la vida si cada vez vamos muriendo a nuestro orgullo, a la pereza, para que Cristo viva en mí”.

José Cristóbal Moreno nos invitó a hacer propia esta oración de John Henry Newman, que tanto gustaba a Santa Teresa de Calcuta y que ella rezaba al tomar a Cristo en la Eucaristía:

Oh Jesús, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que vaya.
Inunda mi alma de tu espíritu y vida.
Penétrame y aduéñate tan por completo de mí, que toda mi vida sea una irradiación de la tuya.
Ilumina por mi medio y de tal manera toma posesión de mí,

que cada alma con la que yo entre en contacto pueda sentir tu presencia en mi alma.
Que al verme no me vea a mí, sino a Ti en mí. Permanece en mí.
Así resplandeceré con tu mismo resplandor, y que mi resplandor sirva de luz para los demás.
Mi luz toda de Ti vendrá, Jesús: ni el más leve rayo será mío.

Serás Tú el que iluminarás a otros por mi medio.
Sugiéreme la alabanza que más te agrada, iluminando a otros a mi alrededor.
Que no te pregone con palabras sino con mi ejemplo, con el influjo de lo que yo lleve a cabo, con el destello visible del amor, que mi corazón saca de Ti. ¡Amén!

Concluyó el sacerdote dirigiéndose a Nuestra Madre la Virgen María, Madre de todos los hombres:

Que María Santísima, Madre de la Misericordia, nos ayude a ser apóstoles de la Divina Misericordia, irradiando la luz de Dios al servicio de los demás.

Por Feli Izaguirre
Periodista, apóstol de la Divina Misericordia

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