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Rincón Litúrgico

La discusión

«¿De qué discutíais por el camino» (Mc 9, 33)

Señor Jesús, tú anunciaste a tus discípulos que habías de ser entregado en manos de los hombres, que te darían muerte y que, a los tres días de haber muerto, resucitarías. Al parecer, los discípulos no entendieron tus palabras y temieron pedirte una explicación.

Al llegar a la casa en la que te alojabas en Cafarnaún, les dirigiste esta pregunta: «¿De qué discutíais por el camino» (Mc 9, 33). Los discípulos guardaron un silencio avergonzado. No se atrevieron a confesar que por el camino habían discutido entre ellos sobre una posible preeminencia. Les interesaba saber quién era el mayor.

Han pasado los siglos, pero no se ha desvanecido aquella emulación que enfrentaba a tus discípulos de la primera hora. Es dramático percibir que casi todos nosotros solo aspiramos a ser más famosos que nuestros hermanos. También nosotros deberíamos avergonzarnos de eso que tanto nos preocupa.

Al parecer, no nos damos cuenta de que nuestras palabras reflejan nuestros intereses personales. Decimos que solo pretendemos defender la pureza de tu mensaje o las mejores tradiciones de la Iglesia, pero no es verdad. Lo que queremos defender es nuestra parcela de poder o de prestigio.

Tú nos revelas el sentido de tu entrega por nosotros, mientras nosotros deseamos conseguir puestos importantes. Esas discusiones que nos enfrentan cuando vamos haciendo este corto camino de nuestra vida revelan y delatan la vaciedad de nuestros ideales. Tenemos que reconocer cuán ridícula es nuestra altanería.

Señor Jesús, tú me invitas a examinar con sinceridad los motivos y las intenciones que pretendo guardar en secreto. Yo sé que me recuerdas cada día el camino de la cruz como el único que puede llevarme a la verdad. Y el único que puede revelar la verdad de mi existencia. Perdona los argumentos con los que trato de vestir mi propia vanidad. Amen.



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