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La diócesis de Cartagena celebra el funeral por las víctimas del coronavirus

«Sin besos ni abrazos de consuelo, sin haber podido elegir la ropa para su sepultura se han ido en silencio. Nunca hubiéramos pensado que la triste noticia de la muerte de un ser amado hubiera podido ser tan triste, dejándonos solo con lágrimas y suspiros de impotencia. Así de cruel ha sido la muerte en tiempos de coronavirus, así de inhumana y brutal se ha presentado la fría muerte, negándole al que permanece el calor de la compañía y un hombro para llorar». Con estas palabras comenzaba la homilía el arzobispo emérito de Burgos,  Francisco Gil Hellín, que ha presidido esta tarde la misa funeral por los fallecidos a causa de la pandemia por Covid-19.

Gil Hellín ha sustituido esta tarde al obispo de Cartagena, José Manuel Lorca Planes, que está en cuarentena de forma preventiva hasta que se realice las pruebas, al haber coincidido con una persona que ha dado positivo en un PCR de coronavirus.

Palabras cargadas de emoción en recuerdo y oración por quienes han fallecido a causa del coronavirus en Murcia: «Son incontables las heridas abiertas en el mundo e innumerables los suspiros por las 151 llagas que quedarán grabadas en el color carmesí de nuestra bandera regional».

Repique de campanas

Durante el minuto de silencio ha sonado el toque de difuntos desde el campanario de la catedral, un toque de campanas muy antiguo cuyos orígenes son inciertos. Desde la antigüedad la Iglesia se ha servido del sonido de las campanas para avisar a la feligresía de los distintos acontecimientos que tenían lugar en torno al templo y para llamar al culto.

A diferencia de las parroquias, que lo hacen sonar cuando se celebra una misa funeral por el fallecimiento de alguno de sus feligreses, la catedral de Murcia realiza este toque exclusivamente cuando muere el Santo Padre, el obispo de la diócesis de Cartagena, alguno de los canónigos  o en casos especiales en los que se quiere significar la afectación de toda la Diócesis por alguna defunción. Se caracteriza por un sonido lúgubre, resultado del tañer de una mayoría de campanas graves –como Santa Águeda, la más grande de las campanas de la Catedral–, unido al repicar de otras más agudas como Santa María.

 

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