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La dimensión social de la evangelización (IV), por Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

La dimensión social de la evangelización (IV), por Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

Domingo, 30 de marzo de 2014

IV DOMINGO DE CUARESMA

Abordamos en la carta pastoral de este cuarto domingo de Cuaresma el examen del penúltimo capítulo de la exhortación apostólica Evangelii gaudium, consagrado al estudio de la dimensión social de la evangelización.

El capítulo se divide en cuatro apartados: las repercusiones comunitarias y sociales del kerigma (EG 177-185); la inclusión social de los pobres (EG 186-216); el bien común y la paz social (EG 217-237); y el diálogo social como contribución a la paz (EG 238-258).

 

Es muy importante proceder al esclarecimiento de la dimensión social de la evangelización, pues, cuando esta dimensión no aparece debidamente explícitada, se corre el riesgo de desfigurar el sentido auténtico e integral de la misión evangelizadora (cf EG 176).

 

La persona humana se despliega siempre en tres direcciones u horizontes: el teologal, el social y el individual. Por eso, el Evangelio, que es Cristo mismo y que busca la redención de todo el hombre, no redime sólo la persona individual o la dimensión individual de la persona, sino que redime también las relaciones sociales entre los hombres (EG 178) y la relación del hombre con Dios. La meta a la que apunta el Evangelio es el logro de la comunión del hombre con Dios, consigo mismo y con los demás hombres. Por lo tanto, la dimensión social del ser humano está en el núcleo mismo del Evangelio.

 

¿No nos recuerda el misterio mismo de la Trinidad que fuimos creados a imagen y semejanza de la comunión divina? Por tanto, si en virtud de la sociabilidad intrínseca de la naturaleza humana, todo hombre está abierto a los demás, pues necesita de ellos para ser él sí mismo, al tiempo que los demás necesitan de él, para ser ellos también sí mismos, entonces esto significa que la comunión entre los hombres constituye una nota esencial del ser humano.

 

Y esta comunión alcanza la plenitud con el advenimiento del amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Ahora bien, por nosotros mismos no podemos alcanzar esta meta a la que tendemos en virtud de la estructura ontológica más intima de la persona y que nos propone el Evangelio. Justo por eso, necesitamos, para llegar a la meta de la comunión, la ayuda del Evangelio mismo, la ayuda de Cristo, quien se hizo hombre por nosotros y compartió nuestro ser asumiendo éste desde dentro, hasta el punto de hacer suyas y expiar en sí mismo las consecuencias de nuestros pecados.

 

Por consiguiente, si así obró Cristo con nosotros, de la misma manera habremos de obrar nosotros con nuestros hermanos los hombres. Porque “la Palabra de Dios enseña – dice el Papa – que en el hermano está la prolongación permanente de la Encarnación para cada uno de nosotros”. “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40) (EG 179). Tal texto y otros similares del Nuevo Testamento manifiestan claramente la absoluta prioridad que tiene en la vida cristiana la “salida del ser de uno mismo en dirección al hermano”. De ahí que el servicio de la caridad sea también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y una expresión irrenunciable de su propia esencia (EG 179). Dicho con palabras literales del Papa, “así como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota ineludiblemente de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve” (EG 179).

Desde estos presupuestos antropológicos y teológicos aborda Francisco los temas restantes del capítulo IV, a saber, la inclusión social de los pobres; el bien común y la paz social; y el diálogo social como contribución a la paz. Por razones de falta de espacio trataré aquí solamente acerca de la inclusión social de los pobres. Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y la promoción de los pobres, de modo que puedan éstos integrarse plenamente en la sociedad. Esto implica que seamos dóciles y que estemos prestos a escuchar el clamor del pobre y a socorrerlo. Pero si esto es así, entonces hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto (cf EG 187).

 

¿Qué exigencias tiene escuchar el clamor de los pobres? Nos lo dice claramente Jesús en Mc 6, 37: “¡Dadles vosotros de comer!”, lo cual implica – dice el Papa – tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos (EG 188). Así, pues, urge se reconozcan de modo eficaz la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada (EG 189). Urge, en suma, recordar a todo el mundo que el planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o con menor desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad (EG 190).

 

Pero hay que ir más allá todavía, apuntar a un sueño más alto (EG 192). No se trata sólo de asegurar a todos la comida o un decoroso sustento. Hay que luchar también para que los pobres tengan prosperidad sin excepción de bien alguno. Y, finalmente, hay que anunciar con insistencia que, para la Iglesia, la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica

(cf EG 198). Ellos ocupan un lugar privilegiado en el Pueblo de Dios (EG 197), y tienen mucho que enseñarnos. Por lo cual, es necesario nos dejemos evangelizar por ellos (EG 198).

Domingo, 30 de marzo de 2014

IV DOMINGO DE CUARESMA

† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

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