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La dignidad de la renuncia de Benedicto XVI, por Roberto Esteban Duque

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Con implacable dignidad y verdad, con la humildad de quien ha escuchado la voz de Dios y no ignora el bien de la Iglesia en el momento presente, Benedicto XVI ha elegido, en un gesto histórico, renunciar a su pontificado por la evidente desproporción entre las exigencias del ministerio y un cuerpo exhausto.

Benedicto XVI ha vivido siempre en esencial servidumbre, sin estimar la necesidad de servir como una opresión en la medida en que su vida estaba puesta al Misterio que siempre es mayor que nuestros proyectos y deseos. Su episcopado y posterior pontificado entraban en los planes de Dios, pero no eran conformes a su vocación más profunda, al hombre de estudio que reconocía como su inclinación más natural.

Su destino personal -como él mismo describe- lo encontró en la interpretación que san Agustín hace del salmo 72: “cuando mi corazón se exacerbaba…una bestia era ante ti”. El salmista muestra la situación de necesidad y sufrimiento propia de la fe y que deriva del fracaso humano. San Agustín veía ahí expresado el peso y la esperanza de su vida. Había elegido el de Hipona una vida de estudio y Dios lo había destinado a hacer de animal de carga. Se rebelaba contra su destino, pero el salmo le ayudaba a salir de su amargura: como la bestia de carga sirve al amo, precisamente así estoy contigo, te sirvo, me tienes en tus manos.

Algo parecido cuenta en su propia biografía Joseph Ratzinger. Uno de los símbolos espirituales que eligió como arzobispo de Munich y Frisinga fue la imagen del oso. Un oso -cuenta la historia- había despedazado el caballo de Corbiniano, obispo de Frisinga, en su viaje a Roma. Como castigo, Corbiniano cargó sobre el oso el fardo que hasta entonces había llevado el caballo, y así lo tuvo que arrastrar hasta Roma, y sólo entonces lo dejó en libertad.

El oso con la carga que sustituyó al caballo del santo Corbiniano, convirtiéndose en bestia de carga contra su voluntad, “¿no era y es una imagen de lo que debo ser y de lo que soy?”.  He llevado -dirá Ratzinger- mi equipaje a Roma y desde hace ya años camino con mi carga por las calles de la Ciudad Eterna. Cuándo seré puesto en libertad, no lo sé, pero sé que también para mí sirve que: “Me he convertido en una bestia de carga y, precisamente así, estoy contigo”.

El cardenal Rouco ha destacado el ejercicio de su Magisterio como lo más interesante de los casi ocho años del papado de Benedicto XVI. El entusiasmo y la inspiración del Papa estaban sin duda en su apasionada vida de estudio que enriqueció el magisterio pontificio del siglo XXI con sus tres encíclicas, además de exhortaciones y documentos, convirtiéndose así en un “colaborador de la verdad”, como él mismo eligió de lema espiritual en su episcopado.

Admirador de san Benito de Nursia y profesor de teología, experto durante el concilio Vaticano II, arzobispo y Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la tarea de más envergadura en el teólogo y papa se parecía mucho a la forja de un vínculo entre fe y razón, entre ciencia y teología, autónomas y complementarias, urgidas de un necesario encuentro porque en ello nos va la protección del mundo y del mismo hombre.

Benedicto XVI ha elegido el mejor curso de acción. Es fácil imaginar el sufrimiento provocado por una decisión irrevocable. En situaciones distintas, podría pensarse que hay que preferir la muerte a otras formas de derrota, a un destino peor que la muerte; hay que dar la vida, entregarla hasta el final, como hizo el beato Juan Pablo II. Sin embargo, la renuncia fue ya sugerida por él mismo: “cuando un Papa alcanza la clara conciencia de que ya no es física, mental y espiritualmente capaz de llevar a cargo su encargo, entonces tiene en algunas circunstancias el derecho, y hasta el deber de dimitir”, manifestó en una larga entrevista recogida en el libro Luz del Mundo. Y ese día, como si de una profecía se tratase, ya ha llegado.

Si Dios es capaz de imponer obligaciones contrarias a nuestros deseos, mandatos ajenos a nuestras preferencias personales (algo que experimentó con frecuencia Benedicto XVI), la inevitabilidad de nuestra condición de criaturas y la manera en que está constituido el mundo, con fuertes exigencias que afrontar cada día, han llevado a que Dios haya puesto en libertad a Benedicto XVI y precisamente así esté ante Él.

En realidad, esto es lo esencial después de haber combatido bien el combate de la fe. El hombre vive ante Dios (coram Deo) de muchas maneras. No importa la modalidad que asuma en este momento, lo que importa es la vivencia del coram Deo, estar ante Dios; porque ahora, libre ya de esta carga, de este modo también estoy contigo.

                                                                     Roberto Esteban Duque

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