Cartas de los obispos

La Cuaresma, camino penitencial hacia el gozo del Misterio pascual, por Adolfo González Montes

Queridos cofrades y diocesanos todos:
Comenzamos la Cuaresma, camino penitencial de conversión, tiempo para convertir la vida a Dios y a Cristo, cuando el cristiano vive al margen de Dios y de sus mandamientos, que dan vida al hombre y le abren el cielo. Por eso el Papa Francisco ha elegido este año como lema y motivo de su mensaje cuaresmal la llamada de san Pablo a la comunidad de los corintios, a los que el apóstol exhorta a la conversión, valiéndose de la autoridad que ha recibido de Cristo resucitado y le ha hecho apóstol: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20).
Estas palabras de san Pablo tienen su propio contexto, que viene dado por la mención que el Apóstol hace del temor de Dios, para orientar la vida de todo cristiano al cumplimiento de la voluntad divina. En la conversión a Dios se le ofrece al pecador la vida definitiva y duradera que es herencia del reino eterno. No podemos vivir confiados en que Dios es misericordioso, si la fe en la misericordia de Dios adormece la conciencia del pecado y malversa el verdadero alcance de la misericordia divina. La misericordia divina tiene una condición sin la cual no cabe esperar la misericordia de Dios: la conversión y el aborrecimiento del pecado.
Dice el profeta Ezequiel que Dios no se complace en la muerte del malvado, porque lo que Dios quiere es el arrepentimiento y la conversión del pecador para que pueda vivir (cf. Ez 18,23); y es que al margen de los mandamientos de Dios no hay vida, porque los mandamientos divinos son el recinto de la vida y a su margen sólo hay muerte eterna. Por eso el salmista invoca la protección de Dios suplicando ser socorrido con sus mandamientos:

«Escucha mi voz por tu misericordia, Señor;
con tus mandamientos dame vida (…)
Hace tiempo comprendí que tus preceptos
los fundaste para siempre» (Sal 119,149.152).

El temor de Dios es don del Espíritu Santo y, al igual que la virtud de la prudencia, Dios lo concede a quienes le temen sin que el temor elimine el amor al Dios que es padre misericordioso, lleno de ternura por sus criaturas. No se trata del temor servil que engendra el miedo a la justicia de Dios que descargará sobre el malvado. No, no es éste el temor de Dios que es don del Espíritu. ¿Qué es entonces el temor de Dios? Reconocer que Dios es justo al mismo tiempo que misericordioso y, aunque quiere la salvación del pecador, Dios no salva al pecador contra su voluntad. Ni la misericordia neutraliza la justicia de Dios, ni la justicia anula la misericordia. Sucede que Dios no puede ejercer la misericordia con aquellos que la rechazan y se exponen así a la condenación eterna. Lo dice el Papa Francisco del siguiente modo: «La misericordia no es contraria a la justicia, sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad de examinarse, convertirse y creer»[1].
El temor de Dios nos ayuda a reconocernos pecadores y a rechazar el pecado, al aborrecimiento del pecado; nos auxilia con su gracia para que deseemos vivir en la presencia de Dios y, convertidos a su amor, vivir para Dios amándole sobre todas las cosas. En palabras de Jesús mismo, cumpliendo los mandamientos: «No todo el que me diga: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino que el haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21)
Por esto prepararse para celebrar la Semana Santa es transitar a buen paso por el camino penitencial de la Cuaresma para llegar a la celebración gozosa del Misterio pascual que, como dice el Papa en su mensaje, es el fundamento de la conversión. No podemos celebrar el Misterio pascual sin recorrer el camino penitencial que nos lleva a la conversión del corazón, algo que el Papa dice es urgente, porque sin conversión la celebración del Misterio pascual no produce fruto alguno. El hombre ha de responder con la fe a la llamada de Dios que le urge a entrar en diálogo con él, respondiendo al deseo divino de hablar con el hombre, devolviendo la palabra a Dios, que ha puesto en juego tanto amor por nosotros para rescatarnos del pecado y de la muerte eterna. Dios quiere, como añade el Papa, dialogar con sus hijos, movido por una apasionada voluntad de atraernos a su amor misericordioso. La manifestación de Dios al hombre ha acontecido en el marco del diálogo de Dios que ha dado lugar a la historia de la salvación, que tiene su culmen en Cristo. El Vaticano II lo expresa de esta manera: «Así, pues, por esta revelación, el Dios invisible, movido por su desbordante caridad, habla a los hombres como amigos y trata con ellos, para invitarlos a la comunión consigo y recibirlos en ella»[2].
La Cuaresma nos invita a entrar en diálogo con Dios, porque la oración es coloquio, que se produce en la relación de alianza que une a Dios a quien toma parte en este coloquio. Hay, ciertamente, un instinto de fe que lleva al hombre a buscar a Dios, pero es Dios quien primero llama al hombre suscitando en él el instinto de la fe que le atrae a Dios. Sucede así que el salterio, la colección de los 150 salmos recogidos en la Biblia, se convierte en el libro de oración por excelencia, pues no llegaríamos a invocar a Dios, si Dios mismo no nos introdujera en el diálogo con él que es la oración. Dios lo hace mediante la acción en nosotros del Espíritu Santo que se nos ha dado como prenda de la vida futura, para acostumbrarnos a vivir con Dios para siempre. Los salmos se convierten así en la oración viva de la Iglesia y, en ella y por su medio, el cristiano se hace interlocutor de Dios[3]. La oración se convierte, como dice santa Teresa de Jesús, en un «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama»[4].
Se trata en la oración de un diálogo con Dios que tiene que ser sostenido por el Espíritu Santo. La Cuaresma es tiempo propicio para la lectura y meditación de la Palabra de Dios, porque la oración no es sólo al recitado de las oraciones, que tan beneficiosas son para el que cree y tanto ayudan a pacificar nuestras inquietudes y ansiedades. Siendo como es la oración vocal “elemento indispensable de la vida cristiana”[5], el recitado de la oración personal y comunitaria necesita, sin embargo, ser vivido con los sentidos y sostenido por el alma de cada orante y de la comunidad que ora, porque somos ambas cosas cuerpo y espíritu. Se hace necesario «rezar con todo nuestro ser para dar a nuestra súplica todo el poder posible»[6]; y aun así, la oración vocal tiene que convertirse ella misma en oración contemplativa. Dada nuestra debilidad, la oración vocal corre el peligro de quedarse en la recitación exterior, ya que incluso, cuando suplicamos o intercedemos por nosotros mismos y por los demás, no sabemos siquiera pedir a Dios aquello que nos conviene y así recibirlo de él. Por esto mismo, san Pablo nos recuerda que «el Espíritu viene en nuestra ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26).
El Espíritu que procede del Padre viene a nosotros por medio de Cristo como fruto del Misterio pascual, pues hemos sido redimidos por la muerte y resurrección de Cristo. El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua, para enseñarnos a obedecer a Dios y no hacer nuestra voluntad, sino la voluntad del Padre y vivir de la vida de Dios. Al amarnos tanto como para darnos a su propio Hijo (cf. Jn 3,16), Dios nos enseña a compartir  lo que somos y tenemos dándonos nosotros mismos a los demás. Jesús muerto y resucitado es el contenido del Misterio pascual que cada semana Santa celebramos. Por medio del Misterio pascual Dios nos introduce en la vida de amor que es la vida de la Trinidad, para que aprendamos a abrir nuestra propia vida al prójimo y, por medio de la limosna que lleva a compartir nuestros bienes con los necesitados, vivamos en la caridad de Dios.
La Cuaresma nos prepara a vivir el Misterio pascual, para que nuestra vida sea toda ella vivida en el amor de Dios, que abre nuestro corazón pecador a la caridad que lo transforma. Como anunciaron los profetas que sucedería, Dios convierte el corazón rebelde del pecador metiendo en él el celo por los mandamientos (cf. Jer 31,33), convirtiendo el corazón de piedra en corazón de carne (cf. Ez 36,26). El mandamiento nuevo de Jesús es, por esto mismo, el mandamiento del amor incondicional a Dios que se prolonga en el amor al prójimo: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,12-13).
El amor se manifiesta en la caridad para con el prójimo, y la limosna que es expresión del amor y tiene una traducción de urgente actualidad: fraterna solidaridad con los necesitados y compromiso social con el bien común. Las obras de misericordia expresan el compromiso espiritual y material por aliviar las necesidades del prójimo. Este compromiso ha de acompañar el camino penitencial de la Cuaresma, para que las manifestaciones de fe de la Semana Santa tengan la autenticidad cristiana que ha de distinguir a todos los bautizados. De manera propia, por su entrega al culto divino y a la caridad, a los cofrades de las hermandades de penitencia que desfilarán durante la Semana Santa acompañanado la representación plástica de los misterios de la pasión de Cristo y de su Santísima Madre. De este modo responderán a la sinceridad religiosa que se acredita en el amor que sostiene la asistencia a los necesitados. Los miembros de las hermandades y cofradías penitenciales se acreditarán ante el pueblo de Dios por su caridad igual que por el celo de la piedad popular, dando así testimonio de la fe del pueblo cristiano en el Misterio pascual de Cristo.
Con todo afecto y bendición.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

[1] Francisco, Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la misericordia Misericordiae vultus (11 abril 2015), n. 21.
[2] Vaticano II, Constitución dogmática sobre la divina revelación Dei Verbum, n. 4.
[3] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2586-2587.
[4] Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, 8.5.
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2701.
[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n.

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