Tiempo de caminar

La cuarentena les ha robado la infancia

Esta semana tengo que regresar al colegio de mis hijas. Lo haré, casi con cita previa, para recoger todo el material que dejaron en sus aulas, tras aquella salida precipitada el 13 de marzo.

Recuerdo cada una de las sensaciones de aquel día. El miedo, la incertidumbre, y sobre todo esa magia que encontramos las madres para no transmitir inquietud a nuestros hijos cuando ni siquiera nosotros sabíamos bien qué estaba pasando. Mi pequeña, de ocho años, me miraba con esos ojos enormes que tiene, intentando averiguar por qué no iba a volver a su clase en los siguientes 15 días, como le había dicho su ‘seño’. 15 días que se convertirían en tres meses y medio sin risas por los pasillos, con pupitres desangelados, gimnasios oscuros y patios sin juegos.

Aquellos primeros días, mi pequeña intentaba buscar la seguridad en la experiencia de sus padres, y nos preguntaba a menudo cómo habíamos pasado nosotros una cuarentena cuando éramos niños. No alcanzaba a entender que esto era una experiencia nueva para todos. También para los adultos. Y aquello terminó por descolocarla del todo.

Luego llegaron los cambios. El colegio en casa mientras mamá trabajaba. Atascarse con las tablas de multiplicar. Protestar por el enésimo dibujo para colorear. Perderse en nuevos contenidos para los que su mamá apenas tenía tiempo de explicarle (ni la paciencia para ello, todo sea dicho). Las lágrimas por no ver más a sus amigos. Y preguntas, muchas preguntas.

De ahí a las pesadillas. A no saber por qué tenía miedo por la noche. A buscar el calor de la mano de sus padres durante esos instantes de inseguridad. A dejar de lado en ocasiones esas sonrisas pícaras que me derriten, porque simplemente no tiene ganas de sonreír.

Y ahora, que se acerca el verano, aparece de nuevo la inquietud en su mente, al no saber qué pasará en un nuevo curso en el que sabe que no estará más con esos amiguitos a los que apenas ha visto este año, ni con su profe. Todo será nuevo, absolutamente nuevo. Y después de estar medio año en casa sin apenas interacción social con niños como ella (los meses de cuarentena más los del verano) empieza a angustiarse por lo que pueda pasar entonces.

Un cambio que vivirá de forma mucho más intensa mi hija mayor, que pasa al instituto habiéndose saltado más de la mitad de su último año de Primaria, y en plena ebullición hormonal.

Se habla mucho de terrazas y restaurantes, del regreso de La Liga, de que ya podemos ir al cine o hacer colas de dos kilómetros para comprar un pantalón en Primark. Pero es terrible el abandono que estamos sufriendo las familias y, muy especialmente, los niños en estos momentos. No alcanzo a comprender el poder de transmisión vírica que tienen los pequeños por encima del resto de seres humanos, como para que no puedan ni estar en un parque, pero los chavales jóvenes sí puedan acceder a una discoteca. Columpios precintados y pubes con alfombra roja en la puerta. No lo entiendo.

Y ahora, que doy gracias a Dios por saber que toda mi familia y todo mi entorno está sano, estamos bien, lo que más me preocupa y me angustia es pensar en cómo toda esta vorágine va a afectar a mis hijas en un futuro cercano. Me angustia hasta el punto de no poder evitar una punzada dentro cada vez que pienso en ello. Y ahora soy yo la que no duerme por las noches. Porque soy incapaz ya no de prever el futuro, sino de saber cómo poder ayudarlas a que este cambio sea lo más llevadero posible para ellas. Y eso, como madre, me genera una ansiedad horrible.

Cuando la familia debería de estar protegida bajo un paraguas social lo suficientemente amplio como para abrigarnos a todos, siento que, una vez más, se nos ha dado de lado. De nuevo, lo importante es la marcha económica de un país, pero poco se habla del cuidado de las personas. El motor del mundo sigue siendo la economía, cuando no son pocas las veces que hemos clamado para poner a la persona en el centro. Se han buscado soluciones para poder recuperar negocios, pero ninguna solución para que nuestros hijos recuperen su vida. “Cuando nos preocupamos por nuestras familias y sus necesidades, cuando entendemos sus problemas y esperanzas, (…) cuando sostienen la familia, sus esfuerzos repercuten no sólo en beneficio de la Iglesia; también ayudan a la entera sociedad”, destacaba el Papa Francisco. Ciertamente, si no cuidamos de los nuestros, poco futuro nos espera.

Esta semana será difícil. Muy difícil. Y sé que cuando me acerque al cole con la mochila de mis niñas, no podré evitar las lágrimas de saber que han perdido meses de su infancia lejos de esa tan importante interacción social (mucho más importante incluso que el adquirir nuevos conocimientos). Y, aunque su estuche o su diccionario sí puedan recuperarlos, esas experiencias jamás volverán. Ojalá sean solo estos meses perdidos.

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