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Opinión

La crisis, las crisis, la carta de Rey y Cáritas

El martes 18 de septiembre, el Rey Juan Carlos I, en un inusual y por ello significativo gesto, hizo pública una carta abierta sobre la actual y convulsa situación de España, lastrada por la crisis y las crisis. No cabe duda de que iniciativas de esta naturaleza forman parte, sí, de la misión arbitral del Jefe del Estado. Y por ello, la misiva ha de merecer el respeto, la acogida y la interpelación por parte de todos los miembros de las instituciones y formaciones políticas y sociales y de los ciudadanos.

         El monarca llama a la entera sociedad española a interiorizar y desarrollar dos actitudes fundamentales como base para atajar la crisis y las crisis, que comprometen “el bienestar que tanto nos ha costado alcanzar”. En primer lugar, el Jefe de Estado llama a la unidad. “En estas circunstancias, lo peor que podemos hacer –afirma- es dividir fuerzas, alentar disensiones, perseguir quimeras, ahondar heridas”. Estas circunstancias –prosigue- “son, por el contrario, las más adecuadas para la acción decidida y conjunta de la sociedad, a todos los niveles, en defensa del modelo democrático y social que entre todos hemos elegido”.

         Desde este primer planteamiento, desde la búsqueda y el esfuerzo por la unión y la concordia, Don Juan Carlos evoca el momento histórico de la transición democrática por él auspiciada a partir de su entronización en noviembre de 1975. Lo que entonces y después se llamó “el espíritu de la transición”, que ha reportado a España y a todos los españoles los mejores años de toda nuestra historia y que han sido y siguen un modelo y un referente internacional, se traduce en recuperar y reforzar los valores tales como “el trabajo, el esfuerzo, el mérito, la generosidad, el diálogo, el imperativo ético, el sacrificio de los intereses particulares en aras del interés general, la renuncia a la verdad en exclusiva”. Valores, de nuevo con las mismas palabras del Rey,  que son propios “de una sociedad sana y viva, la sociedad que queremos ser y en la que queremos estar para superar entre todos las dificultades que hoy vivimos”.

         Y, ahora nos preguntamos nosotros, ¿qué se puede objetar de estas consideraciones y palabras del Rey?, ¿no son de puro sentido común y hasta de pura conveniencia y necesidad?, ¿no son las mismas que la inmensa mayoría de la población española se hace y demanda de la clase política, de toda la clase política?, ¿qué necesidad tenemos, máxime, en medio de la tan voraz crisis económica, de abrir nuevos frentes y desestabilizaciones?

         En noviembre de 2006, la Asamblea Plenaria de la CEE aprobó con 63 votos a favor, seis “noes”, tres abstenciones y un voto nulo –esto es, por una indiscutible mayoría cualificada- la instrucción pastoral Orientaciones Morales ante la situación actual de España. Seis años después el documento sigue siendo una válida y luminosa guía para tener criterios sobre las distintas coyunturas del panorama político español, no desde posiciones partidarias, sentimentales e ideologizadas, sino desde la fe cristiana y desde la doctrina social de la Iglesia. El principio del bien común es el hilo conductor, el reclamo y la apelación constante del citado documento de la CEE. Su doctrina, ahora en concreto, sobre los nacionalismos y sus exigencias morales (números 70 a 76) se nutre además de otra emblemática instrucción pastoral colectiva de nuestro episcopado, la aprobada en noviembre de 2002 y titulada Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias.  Sobre el tema del nacionalismo y la  convivencia de todos los españoles, remitimos al número 35 de esta instrucción pastoral de la CEE de 2002.

         La Iglesia no entra en confrontaciones o debates políticos y partidistas. La Iglesia nada tiene que decir acerca de las diversas fórmulas políticas posibles y de modos concretos de la configuración de los Estados. La Iglesia, que reconoce la legitimidad de las  posiciones nacionalistas, siempre que no recurran a la violencia, recuerda también que sus propuestas “deben ser justificadas con referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada”.

         Y en relación con la llamada del Rey para salir de la crisis económica con acciones unidas y eficaces, se nos ocurre proponer el ejemplo de Cáritas (ver página 8 de este mismo número de ECCLESIA). Porque este sí que es camino y contribución para salir de la crisis y también de las otras crisis.

 

 

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