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Rincón Litúrgico

La conciencia, por José-Román Flecha

Señor Jesús, la limpieza de las calles y de los lugares públicos se ha convertido en un indicador del grado de cultura de nuestras sociedades.

Por otra parte, el azote de la pandemia nos ha obligado a extremar las medidas para mantener limpias nuestras manos.

Pero tú nos has dicho que la verdadera limpieza no se consigue con frecuentes lavatorios. Ha de nacer del interior de la persona y manifestarse en la rectitud de sus acciones.

Esta preocupación por la limpieza personal, ahora especialmente procurada, nos lleva a preguntarnos si también hemos aprendido a cultivar la limpieza de nuestra conciencia.

El papa emérito Benedicto XVI nos dijo que la conciencia no es un oráculo, sino un órgano. No es ella la que determina lo que está bien y lo que está mal. Si la conciencia fuera un oráculo nadie podría denunciar a los malvados que dicen actuar “en conciencia”.

Pero si es un órgano, eso quiere decir que está inserta en nuestro mismo ser, que la hemos recibido y que necesita formación y un ejercicio adecuado. “El derecho de la conciencia es un deber de formar la conciencia”.

Por eso, Señor, es totalmente necesario que trate de ajustar mi conciencia con la voluntad divina que tú nos has revelado. Sería una vergonzosa hipocresía lavar mis manos y mostrar una buena apariencia mientras sigo ignorando tu ejemplo y tu palabra.

Además, la limpieza de nuestra conciencia no solo es un homenaje que te debemos como a Dios y como a nuestro Maestro. Es también un signo del amor que nos une a una comunidad que quiere hacerte presente en el mundo.

Hoy quiero darte gracias por los hombres y mujeres que nos han enseñado a mantener limpia la conciencia. Gracias, sobre todo, por la fidelidad de los mártires. Ellos no se han dejado seducir por las voces que exigían de ellos una servidumbre al mal y a la traición. Gracias, Señor.

José-Román Flecha Andrés



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