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Opinión

La compasión es la perfección, por José Moreno Losada

La compasión es la perfección, por José Moreno Losada

La mañana se disponía cara a la facultad, pero con el trasiego de saber que pronto tenía que estar en Gévora, en la Casa de Oración. Allí nos hemos encontrado dos arciprestazgos de la ciudad de Badajoz con el Obispo y su carta pastoral.

Cada año, escribe una carta que pretende ser programática en la diócesis –este año sobre la evangelización-,  después la va presentando a lo largo del curso por los distintos espacios pastorales, como son los arcirprestazgos, con el ánimo de dialogar y confrontar con los sacerdotes.

Este año, dadas sus operaciones quirúrgicas de cadera, la visita ad limina y otras cuestiones de la Conferencia, la fecha se ha ido posponiendo hasta Abril. Hoy ha sido el encuentro; él nos ha aleccionado –no nos ha leído  “la cartilla”-, conectando su carta con planteamientos del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium.

En el diálogo, tras mostrarnos un horizonte de retos que él consideraba muy urgentes y de los que nos veía más bien lejos, yo he mostrado, junto a otros compañeros, que el momento nos parece apasionante pastoralmente… es esperanzador. Son muchas las demandas que nos llegan a la Iglesia desde la sociedad y la humanidad, necesidad de esperanza, acompañamiento, transformación, ayuda económica, consuelo… no damos abasto y mucha gente busca fuentes de agua fresca.

Pero, además de las demandas, son tantos los datos, hechos, vivencias y encuentros personales que nos hablan de Dios, del Dios que se revela en la sencillez de la historia, incluso en los crucificados que no pierden la esperanza, que basta estar con los ojos de la contemplación  para ser desbordado por un Dios que se nos da a trozos para que no nos falte ni su presencia la fuerza de su espíritu resucitado, incluso en espacios de dolor y de muerte.

Pero, además, no son ni uno ni dos, los que al día de hoy se forman y quieren comprometerse y vivir con autonomía y verdadero protagonismo en la Iglesia y en el mundo. Son muchos los que nos rodean que caminan día a día en el deseo de hacer una iglesia sencilla y auténtica en medio del mundo que esté a la medida de las demandas profundas que nos llegan del corazón de lo humano.

Es verdad que esto lo vivimos en vasijas de barro, en debilidad interna y externa, en condiciones de ambigüedad, pero no deja de ser un misterio esperanzador que nos motiva a la alegría de un anuncio del Evangelio que transforma y transmite la buena noticia. El diálogo ha estado envuelto en la previa celebración de la eucaristía y en la posterior comida compartida alegremente, un marco de serenidad y de fraternidad que nos anima entre nosotros.

Por la tarde, me esperaba un momento de luz al hilo de lo planteado en la mañana. El Centro  de Educación Especial Ntra. Sra. de la Luz es un centro que tiene doscientos usuarios con discapacidades diversas, en nivel de  residencia  de internos, colegio, talleres, trabajo.

En torno a ellos se mueven un equipo amplio de profesionales y voluntarios. De fondo, el espíritu de un sacerdote diocesano ejemplar del siglo pasado, D. Luis Zambrano, que animó vocacionalmente a seglares mujeres para que se consagraran en el mundo y desde la iglesia dieran su vida por los otros, especialmente los  más necesitados donde se revela el rostro más limpio y claro de Cristo.

Hoy, esta obra es una luz –antorcha decía don Luis- en medio de la historia de la ciudad y todos la miran y la reconocen. Segunda, alma de este centro, suele llamar a sacerdotes o personas preparadas para animar espiritualmente en los tiempos fuertes a los trabajadores y voluntarios que lo deseen, hoy ha sido como una especie de charla cuaresmal.

Cuando voy a ese centro siempre siento lo  mismo, me sobrepasa la realidad, es para mí tan revelador el principio y fundamento de esa obra, su proceso, sus objetivos, sus proyectos y retos, todos humanizadores y realizadores de lo humano en los más débiles, que me da hasta apuros dirigir una reflexión.

Pero me sirve como baño y bautismo en una realidad donde Dios te sale al pasillo desde cada rincón, aula, patio, taller… y te sobrepasa alegrándote de un modo único en esa realidad. Hoy el tema que me pidieron era sobre el evangelio y la alegría que produce, el Papa nos trae y nos lleva con su exhortación.

Yo preparé de un modo sencillo unas claves para leer el quehacer diario del centro en todas sus actividades y desde todas las profesiones: poner rostro a los sufrimientos de un modo personalizado en este centro y en esta sociedad, reconociendo que todos los tenemos de una manera u otra –o sea, rezar el Via Crucis desde la vida diaria-; mirar con los ojos de Dios ese sufrimiento y creer que en el encuentro con los límites podemos vivir la experiencia del lema papal propuesto para esta cuaresma y extraído de Corintios: “Hay una pobreza que enriquece”.

Jesús ha tomado postura ante el sufrimiento de un modo único: acercándose, mirando fijamente y amando, haciéndose prójimo del caído a la vera del camino, curando y consolando, siendo una buena noticia en el encuentro con todos.

Ahí está la clave de la espiritualidad y el alimento de lo fundamental de este centro con los que sufren: “no tenemos plata ni oro… pero, en nombre de Jesucristo, echa a andar”. Y, desde ahí, creer que la santidad y la perfección –al estilo de Dios- no se reciben si no es desde la vivencia de la compasión.

La cuestión no puede ser otra en esta Cuaresma que cómo crecer en compasión con los que sufren a nuestro alrededor. Cómo ser profesionales que miran y aman, que se acercan para curar y sanar, que dignifican y ponen en pie a las personas exigiendo justicia para puedan tener el lugar que les corresponde en la sociedad. Todo un reto de reino de Dios que nos ha elegido para construir un mundo de hermanos.

A partir de ahí, se podía entender qué quiere decir el Papa cuando nos invita a armar lio… se refiere, nada más y nada menos, que al lío de la misericordia, a la compasión con los que más sufren. Y no nos engaña al decirnos que si lo hacemos, nos encontraremos con la alegría de Jesucristo, la que nunca nos podrá quitar nada ni nadie, la alegría que produce la verdadera compasión.

Puedo confesar que, con esta experiencia, se fortalecía lo que por la mañana compartía con el Obispo y los compañeros sobre que “Dios se está revelando continuamente, está actuando, se nos da a trozos y nos alimenta con su resurrección”; yo hoy he quedado saciado porque, de alguna manera, he atisbado el don de Dios, cómo era la misma sed de amor y de compasión de Cristo quien me había pedido compartir estas reflexiones con este colectivo de profesionales y  voluntarios expertos en la compasión comprometida radicalmente.

 

 

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz



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