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La cocina económica de la Asociación Gijonesa de Caridad atiende al año a 170.000 personas

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La cocina económica de la Asociación Gijonesa de Caridad atiende al año a 170.000 personas

23 trabajadores y 127 voluntarios, entre los que se encuentran el propio presidente, hacen realidad la labor de la Asociación Gijonesa de Caridad, una institución con más de un siglo de vida, que comenzó como una iniciativa de personalidades de la villa y el ayuntamiento, para ayudar a las personas más necesitadas y erradicar la mencididad de las calles.

En el año 1904 comenzó a gestarse la idea, entre algunas personalidades de Gijón, de la creación de una Asociación de Caridad al estilo de las que ya existían en algunas ciudades españolas como Bilbao o Sevilla. La idea era ayudar a las personas más necesitadas y a su vez erradicar la mendicidad de las calles.

En el proceso de concienciar a la sociedad de la importancia de una institución como ésta tuvo un papel importante la prensa local del momento, concretamente El Comercio y El Noroeste, quienes entre sus páginas, con asiduidad, promovían la urgencia de contar con una ayuda para las personas más empobrecidas.

Finalmente, con ayuda del Ayuntamiento de Gijón y de numerosas personalidades de la ciudad, en 1905 la Asociación Gijonesa de Caridad vio la luz, funcionando con un sistema de subvenciones personalizadas según las necesidades de las personas que se acercaban hasta ellos. En aquella época, un control de personas en situación de exclusión contabilizó hasta 450, un número nada desdeñable para la época.

Hoy, esa es la cifra de servicios que ofrece la Cocina Económica tan sólo en un día. Y es que, cuatro años más tarde, en 1909, concretamente el 13 de diciembre, la Asociación adquirió en propiedad la Cocina Económica que, desde finales del siglo XIX, dirigían ya las Hijas de la Caridad. Se entendía, de esta manera, que se conseguía una labor complementaria a la de la Asociación. Un siglo más tarde, esta institución se levanta, en Gijón, en un impresionante edificio situado en pleno centro de la ciudad. La cocina económica es, con rotundidad, el servicio con más demanda, y por donde pasan al año cerca de 170.000 personas para poder tener un desayuno, comida y cena de calidad.

Sin embargo, a pesar de ser el más conocido, la Cocina Económica no es el único proyecto en el que trabaja la Asociación. Ésta cuenta, además, con un centro de acogida para aquellas personas que quieran superar algún tipo de adicción y se encuentran esperando para participar en algún proyecto de Cáritas, Proyecto Hombre etc.; también, una residencia para hombres y mujeres que se encuentran en la calle o no tienen medios para costearse una vivienda y, en esta misma línea de alojamiento, apartamentos para familias con menores sin hogar. También hay trabajadores sociales, servicio jurídico, apoyo psicológico, consultas médicas, ropero, peluquero, talleres ocupacionales de informática, encuadernación, música, etc.

Muchas de estas iniciativas se llevan a cabo por voluntarios. La casa cuenta con una plantilla de 23 trabajadores, y 127 voluntarios. Uno de ellos es su Presidente, Luis Torres.

Él se acercó hasta la Asociación Gijonesa de Caridad hace 16 años, movido por un buen amigo suyo, Luis Adaro, anterior presidente de la Institución. “Siempre he tenido la inquietud de ayudar a los demás” –reconoce– esa es la razón principal por la que estoy aquí”. El actual presidente de la Asociación reconoce que, en estos 16 años en los que ha permanecido en la institución, ha habido muchos cambios, y entre ellos, un antes y un después de la crisis. “Aquí comenzó a notarse en el 2007. Nosotros veíamos que la gente venía en una cantidad mucho mayor que nunca. La asistencia llegó a incrementarse un 100%. Pero como todo el mundo decía que las cosas iban tan bien, teníamos la sensación de que éramos un poco tontos –se ríe–. En el año 2008, en cambio, ya nadie pudo negar lo evidente”. “En la actualidad –reconoce– hubo una bajada de demanda en el año 2014; sin embargo, el 2015 sigue prácticamente igual”. Eso sí, el perfil de las personas que acuden a ellos nunca volvió a ser el mismo: “Son personas que no sabes si vienen a traer o a llevar –afirma– Es frecuente encontrarse con personas aseadas, con una formación, que tuvieron un trabajo”.

La Asociación funciona con un presupuesto anual de 1.217.000 euros, “que trabajamos para conseguir, algo que se hace complicado”, explica el presidente, para ello cuentan con el apoyo del Ayuntamiento, del Principado, de fundaciones o de Cajas de ahorros. Además, desde hace algunos años la Asociación trabaja en red con otras instituciones de Gijón para optimizar, junto con el Ayuntamiento, todos sus recursos.

La comunidad de Hijas de la Caridad presente en la Asociación está compuesta por seis miembros, de las que cinco tienen un papel activo en la casa. “Tenemos las tareas muy repartidas porque hay muchos frentes abiertos y muchos proyectos en marcha que funcionan al unísono –explica sor Marisela Cueto, directora–. Una hermana lleva la cocina, almacén y piso de acogida; otra, el comedor y parte de la residencia; otra las familias, a la hora del comedor trabajamos todas, también en el ropero. Esto es como una gran familia donde todos tiramos adelante con un mismo objetivo”. El desánimo no se contempla en una casa donde, quien más y quien menos, no lo ha tenido nada fácil en la vida. Muchos provienen de familias desestructuradas y otros se han llegado a quedar solos por culpa de sus adicciones. En ocasiones, los usuarios de los proyectos solucionarían todos sus problemas con tan sólo conseguir un trabajo. En todo caso,  valores como “la alegría, la calidez en la acogida, la escucha, el trato digno, el estar al lado aunque sea sin hablar, es la forma como queremos relacionarnos con las personas que llegan hasta nosotros”, explica la religiosa. Se nota en el ambiente. En una de las salas comunes de la residencia, un pequeño cartel escrito a mano por uno de los residentes dice: “cada persona que conoces está luchando por sus propios problemas. Sé amable con ella. No serás capaz de resolverlos en su lugar, pero tu bondad quizás pueda ser el milagro que estaba esperando”.

Y no todo son historias sin final feliz. “Acabo de hablar con un hombre que ha vivido con nosotros un tiempo, después de haber estado en la calle, y ahora, después de todo un trabajo personalizado con él, se encuentra en unas condiciones mucho mejores, y me decía que nunca olvidará esta oportunidad que le ha permitido recuperar su autonomía personal –destaca sor Marisela–. Es una alegría ver cómo las personas despuntan hacia su normalización, que es lo que, en justicia, les pertenece”.

(Arzobispado de Oviedo)

SIC

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