Al abrir la puerta

La chicharra

             No se lo van a creer –yo no me lo creía- pero en Madrid hay también chicharras.

             Los veranos de la memoria tienen siempre ese cri-cri de grillos diurnos y chicharras nocturnas, casi como un rumor de fondo que trae sensaciones de sopor, relax y descanso. Son memoria –idealizada, como toda memoria, para bien o para mal- de jardín, siesta y calor, de pinazas mediterráneas, de mar sereno, de veranos larguísimos, de soles reverberantes, de playas que mezclan el olor del salitre y la crema, de arenas de piedras pequeñas como granos de sal, de libros largos y largas siestas y comidas largas y largas tardes y noches largas. Y todo enmarcado en ese cri-cri de grillos y chicharras casi como mantras, como melodías hipnóticas, como un rumor sedante que acompaña al descanso.

             Pero la memoria y la idealización se equivocan. Casi siempre.

             Mi ventana da un pequeño patinillo interior, de paredes blancas y brillantes, casi como pulidas, y esta semana ha aparecido –en la noche calurosa de un Madrid que se recalienta ahogándonos entre sudores y falta de brisa- una chicharra que ha desmontado todas las ensoñaciones idealizadas del verano. Al caer la tarde comienza un chirrido incómodo, molesto, machacón, insultante, feroz, que taladra los oídos, que no cesa, que se prolonga en la noche insomne del verano y el calor, y que te agarra sin poder obviarlo y no te suelta, arrancándote de la posibilidad del sueño.

             No se deja ver, escondida, al acecho, oculta como se ocultan los malhechores, esperando el momento en el que casi caes rendido al sueño reparador, para comenzar a gritar y gritar y gritar su metálico chirrido que hiere y se clava y traspasa los oídos para meterse en tu cabeza, sudorosa, acalorada, llevándote al insomnio más horrendo.

             No he conseguido ni dar con ella ni hacer que calle y quizás preso de esa falta de sueño, he empezado a pensar en la chicharra como imagen del mal y el dolor. Si yo fuera el Bosco o alguno de esos fantásticos ilustradores o escultores o ebanistas medievales, usaría la chicharra como imagen de alguno de los pecados más terribles, como representación de los tormentos infernales, como personalización del mismo mal.

             ¿Qué pensar de todo esto?

             No lo tengo claro.

             Cabe quizás pensar que el contexto lo es casi todo. Una chicharra en el monte, en el campo, entre pinos o acebuches o encinas, suena de forma distinta a esta maldita chicharra escondida entre salidas de humos y cubiertas acanaladas antihumedad. Cada cosa ha de tener su lugar y su tiempo, y la ciudad no es lugar para según qué cosas.

             Quizás podría llevarnos también a verlo como una llamada a pensar cómo el progreso ha desnaturalizado nuestra vida, cómo hemos creado espacios sin naturaleza, y cuando algo de esta aparece, nos molesta y nos perturba.

             O también que no aguantamos nada en este mundo moderno que nos hemos construido. Tan preocupados por la comodidad estamos, tan entre algodones y tan tratando de evitar cualquier molestia, que cuando algo menor aparece incordiando, nos desmonta todo.

             Tal vez podemos pensar en lo que al comienzo de esta columna decíamos. Cómo la idealización y la memoria son el peor de los consejeros, y cómo si nos dejamos guiar por románticas ensoñaciones, sólo cabe despeñarse entre extraordinarios sufrimientos como el que la chicharra ésta me trae en el insomnio caluroso del verano cada noche.

             O quizás, y es lo más probable, me temo, la chicharra no tiene categoría moral ni filosófica ni teológica, es sin más un insecto que a saber cómo ha llegado hasta aquí el pobre, que no me deja dormir, y que el insomnio y la falta de descanso me hace escribir tonterías como estas.

             Quizás sin más es que uno necesita vacaciones tras este extraño año que estamos teniendo y asi me podré alejar de la maldita chicharra y volver a esos veranos idealizados de jardín, siesta y calor, de pinazas mediterráneas, de mar sereno, de veranos larguísimos, de soles reverberantes, de playas que mezclan el olor del salitre y la crema, de arenas de piedras pequeñas como granos de sal, de libros largos y largas siestas y comidas largas y largas tardes y noches largas.

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior

Print Friendly, PDF & Email