Iglesia en España

La cátedra y el Maestro, por César Franco, obispo de Segovia

La cátedra y el Maestro, por César Franco, obispo de Segovia

 La elevación de Cristo crucificado sobre la tierra no es sólo el clímax de su camino hacia el Calvario. Allí, sobre el poste vertical, fijado de antemano en el suelo, se levantaba al reo, clavado en el madero horizontal, llamado patíbulo, y se encajaban ambos maderos formando una especie de tau, en cuya altura se colocaba escrito en una tablilla el motivo de la muerte del reo. Pero este levantar a Jesús sobre la tierra tiene un carácter profético, al que aluden las palabras de Jesús: «Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». ¿Qué quiere decir con esto? ¿Se refiere sólo a que lo verán en alto sobre el Gólgota? ¿Por qué dice que atraerá a todos?

            Desde su nacimiento en la tierra, Jesús ha ejercido una irresistible fascinación entre los hombres, creyentes o no, que han deseado verlo. Los pastores fueron corriendo al portal, cuando oyeron el anuncio del ángel; los magos, posiblemente astrólogos, recorrieron una larga distancia para ver, guiados por la estrella, al Rey de los judíos. Durante su vida pública, la gente se agolpaba para verlo y tocar al menos la orla de su manto, como ocurrió con la mujer hemorroísa. La pecadora arrepentida, superando prejuicios, no dudó en entrar en casa de un fariseo para besar los pies de Jesús. Zaqueo, recaudador de impuestos, al conocer que Jesús visitaba Jericó, se subió a un árbol, por ser bajo de estatura, para verlo sin obstáculos. Y hasta el rey Herodes Agripa, responsable del martirio del Bautista, deseaba ver a Jesús por los milagros que oía de él. Sus enemigos le llamaban «seductor» (Mt 27,63).

            La historia del cristianismo está formada por una inmensa riada de gente que se ha sentido atraída por Jesús. Desde el soldado romano, que, conmovido por su modo de morir, confiesa que es el Hijo de Dios; y el buen ladrón que, oyendo a quienes se burlaban de su realeza, pide a Jesús que se acuerde de él en su reino, hasta todos los que, en la fe, han recorrido cortas o largas distancias espirituales con tal de conocer algo de su misteriosa intimidad. Grandes santos, como Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, el beato Carlos de Foucauld, han peregrinado a tierra santa sólo con el deseo de venerar los lugares donde vivió Jesús y aspirar el aroma de su presencia en aquella tierra santificada por sus pasos. Otros han pasado de la incredulidad a la fe, atraídos sencillamente por su personalidad. Piénsese en Papini, que escribe su admirable vida de Jesús en reparación de los pecados que le valieron la excomunión; o en Pasolini, que, impactado por la lectura del evangelio según san Mateo en un monasterio donde fue acogido debido a unas fiebres, lo llevó al cine e hizo posiblemente la mejor película sobre Jesús.

            Cuando, en el evangelio de este domingo, unos griegos dicen al apóstol Felipe que quieren ver a Jesús, de manera indirecta personalizan al mundo gentil que, a partir de Pentecostés, recibirá el anuncio de Cristo y acogerá la fe. La Iglesia ha crecido desde entonces mediante la adhesión de los pueblos que aceptan con fe el Evangelio, cuyo centro es Cristo crucificado, levantado en alto para manifestar el amor de Dios. En realidad, cuando Jesús dice que, desde la cruz ensalzada, atraerá a todos hacia sí, no sólo indica la muerte con que va a morir, como apunta el evangelista, sino que esa muerte, como la del grano de trigo caído en tierra para dar fruto, será muy fecunda y provocará la atracción de todos hacia él. La cruz no es sólo el madero donde, como dice san Agustín, «están fijos los miembros del hombre que muere, sino la cátedra del maestro que enseña». En ella, Jesús es levantado para enseñar el amor. Y el amor atrae siempre.

 + César Franco

Obispo de Segovia

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