Iglesia en España Nacional

La Cátedra Calasanz de la UPSA contra el fracaso escolar

La Universidad Pontificia aborda un drama de nuestro país, que en medio de la crisis se diluye, pero la incrementa. Nos lo denuncian desde fuera evaluaciones internacionales como (cada 3 años) el informe PISA de los países de la OCDE, que el actual ministro de Educación cita para emprender la enésima reforma legislativa, desde la EGB de 1970, de la ley Villar (Palasí, recientemente fallecido).

Estadísticas internas ya avisaban del fracaso de nuestra escuela obligatoria, pero aún lo hacen sin claridad. En primer lugar, no saben contar más que los suspensos, pero no los muchos abandonos de las aulas antes de tiempo. El profesor Fernández Enguita pone en la mañana del día 27 todos los puntos posibles sobre estas íes. Además, las estadísticas sugieren que el fracaso es de los estudiantes y jamás de la institución educativa. Sin embargo, hay más variedad de agentes para repartirse la vergüenza. La revista salmantina Educar(NOS) (que tengo el honor de dirigir) ha concluido en su último editorial que “los suspensos y sus padres podrían perder el sonrojo”, si supieran que la vergüenza primera es para los promotores de las grandes Leyes, Reformas y Contrarreformas ya aludidas; impusieron una escuela única igual para todos hasta los 16 años, pero no hay mayor injusticia que tratar con igualdad a los desiguales. La segunda es para los pedagogos (o psicopedagogos, mejor) que diseñaron Leyes y decretos y montaron el currículo… ¿En qué estaban pensando? Otros de su casta formaron a los maestros y maestras… (no a los profesores licenciados, que a esos todavía no los forman ni los cursos del CAP: son auto-didactas). Así que la tercera vergüenza es para la universidad y los profes que, luego, aplican el suspenso a los chavales. Pero, frente a los que suspenden, ahí están (privados y concertados casi siempre) quienes prefieren seleccionar la excelencia y enseñar a los mejores. Nos dan vergüenza ajena (y es la cuarta), porque la enseñanza general y básica no es para la selectividad, sino para la justicia. La quinta, por fin, la debería cubrir el seguro: corresponde a los editores del inmenso negocio del “material escolar”. A los fracasados no les sirve de mucho. ¡Que les devuelvan el dinero! Pero que ni ellos ni sus padres se confundan de vergüenza: a la escuela no se va por un título, sino para enterarse de la vida. No lograrlo (como les pasa a muchos empollones) es el peor fracaso.

Pues bien, José de Calasanz (1557-1648), antes que a las bibliotecas de los pedagogos y a la conciencia de algún político, fue elevado a los altares de la basílica de San Pedro. Y eso le ha quitado prestigio laico, tan de moda aquí. Hace unos años me llegó esta anécdota deliciosa: en cierto ayuntamiento costero español se votó la propuesta de un concejal (¿sería el de cultura?) de cambiar el viejo nombre de la escuela “San José de Calasanz” por el de “El Vaporcito” (local). Un maestro del pueblo escribió en el periódico: “creo que esta estupidez se debe sólo a ignorancia… José de Calasanz Gastón, enfrentándose a casi todo el mundo, fue la persona que inauguró y mantuvo hasta la muerte [a los 92 años] escuelas para los hijos de los pobres y – siendo él católico – sin distinción de credos o religiones. Los pobres del mundo le están eternamente agradecidos. Menos ustedes, que ya no son pobres ni, quizás, de este mundo”.

Efectivamente, a él se debe la creación de la primera escuela en Europa: gratuita, pública, popular, graduada por cursos desde primaria, leal (no instrumental para otros fines), intercultural, científica y, por supuesto, hondamente cristiana. El fracaso escolar tiene, pues, mucho que ver con este santo y gran maestro, porque él detectó enseguida que el fracaso golpea más inexorablemente a los pobres que no tengan escuela alguna o, la que tienen, los abandona.

La Universidad Pontificia le honra – y le estudia también desde la fe – con una cátedra extraordinaria patrocinada por la Orden de las Escuelas Pías (por cierto, gratuitas, no piadosas). Y las lecciones de este año son de la mayor actualidad. La enseñanza privada no puede sentirse al margen del fracaso escolar español.

 

José Luis Corzo

Profesor de la Facultad de Teología UPSA en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid.

 

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