Rincón Litúrgico

La Casa del Verbo: Domingo II después de Navidad

5 de enero de 2020

“Vino a su casa y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11)

Señor Jesús, te reconocemos como el Verbo eterno de Dios. Todo se hizo por ti. Por ti que eres la luz que brilla de pronto en medio de las tinieblas, la verdad que disipa nuestras dudas y desmiente nuestras mentiras, la vida que nos redime de nuestra existencia rutinaria y mortecina.

Tú eres el Verbo profético que nos libera de nuestra mudez, de nuestros silencios orgullosos, cómplices y culpables.

Tú eres el Verbo que pone en ridículo nuestra charla liviana y vacía, que condena nuestras palabras groseras o procaces, que denuncia nuestras medias verdades, nuestras mentiras y calumnias.

Tú eres el Verbo que pone en nuestros labios palabras de apertura y generosidad, palabras de amor y de compromiso, palabras de memoria y de esperanza.

Tú eres el Verbo que nos impide simular pretendidas virtudes y disimular nuestros oscuros vicios.

Por eso te agradecemos que hayas venido a plantar tu tienda de campaña en medio del campamento de nuestro peregrinaje. Este campo es tu campo y nuestro paso sería perdidizo sin tu guía. Sin tu presencia nuestra vida sería triste y callada, turbulenta y desnortada.

Pero hay algo que me inquieta. Tú has venido a los tuyos y los tuyos no te han recibido. Has venido a tu casa y la has encontrado cerrada, poblada de aullidos y blasfemias.

Has venido a mi casa que es tu casa y yo no te he agradecido el don de tu visita, el esplendor de tu verdad, la caricia de tu aliento, el apoyo y la seguridad que emanan de tu bondad.

Verbo de la luz y de la vida, perdona nuestra sordera y nuestro desprecio. Tu palabra es un sacramento de eternidad que en esta temporalidad nuestra merece ser administrado con respeto.

Y con todo, Verbo de Dios, yo sé y confieso que tu palabra de hombre es siempre y para siempre una palabra de misericordia y de perdón.

José-Román Flecha Andrés

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