Firmas

La Carta Pastoral del obispo de Córdoba sobre la ideología de género

Por Roberto Esteban Duque, doctor en Teología Moral -La última Carta Pastoral del obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández, desvela la intención fundamental de la denominada “ideología de género”. Según el obispo, “la ideología de género destroza la familia, rompe todo lazo del hombre con Dios a través de su propia naturaleza, sitúa al hombre por encima de Dios, y entonces Dios ya no es necesario para nada, sino que hemos de prescindir de Él, porque Dios es un obstáculo para la libertad del hombre”.

Que semejante mensaje traído ahora por el obispo, donde se advierte del peligro de una ideología que niega la naturaleza y afirma que sólo hay cultura y toda realidad es construible, constituya una noticia relevante, con importante polvareda mediática, es un signo de la insalubridad del sistema democrático, un inequívoco triunfo del hombre nuevo asentado en un mundo artificial, poseído -como recordaba Hannah Arendt– por una rebelión contra la existencia humana tal como se nos ha dado, y con el viejo propósito de refundar la naturaleza humana.

El actual Estado moderno se convierte en un estado de coacción cuando se cambian las leyes humanas positivas, especialmente las que rigen el matrimonio y la familia, o aquellas otras que rigen la diferencia de los sexos. El hombre actual es el hombre de una humanidad dirigida por el Estado, invocador diabólico de un hombre nuevo, distinto a como es, finito, contingente, pecaminoso.

Lejos de anunciar el advenimiento de un estado social democrático, un evidente gesto de coacción puede referirse a José Carrillo, actual rector de la Universidad Complutense, hijo del comunista Santiago Carrillo, cuando profetiza un tiempo de totalitarismo al querer clausurar las capillas de la Universidad, es decir, al proyectar una democracia conforme a lo que diga el ideólogo. No quiere el rector al cristiano en la vida pública, dividido entre la fidelidad a la Iglesia y su lealtad al Estado. Se anhela un hombre servil al poder, volcado en lo público, puramente exterior.

Subyugado por la fe en el poder de la ciencia y del culturalismo, de los avances de la genética y de la medicina; colocado con abyecta lealtad al partido en las instituciones y en los gobiernos; negador de lo creado y con la aspiración única de la autosuficiencia y la autonomía moral; sacralizador de la política y descalificador de cualquier crítica opuesta considerada como reaccionaria, la mutación antropológica del hombre nuevo consistirá en reconciliar al ateísmo con la tierra, dejar al mundo libre de residuos y legados religiosos, para acogerse a la utopía del Poder y la potenciación del Estado, para alcanzar la ciudad perfecta donde el aumento de la creencia en el poder humano va unido a la decadencia de la creencia religiosa.

Pero, parafraseando al mismísimo Karl Marx, ¿quién educa a semejantes educadores de lo público? Intentar hacer de la democracia una religión de la política, liberada de cualquier intervención sobrenatural en los asuntos de este mundo, negando el carácter público de la fe para identificarla con un vago sentimiento o reducirla al espacio de lo privado, es el fiel reflejo del “seréis como Dios”, la soberbia de superar las limitaciones naturales gracias a la voluntad de poder, la creación de un hombre dirigido por el Estado o el Poder o el Partido. “Ya pensamos por vosotros”, decían los cerdos en Animal Farm, de Orwell, donde se propone el vaciamiento de la conciencia moral natural y de la religiosidad tradicional, la aniquilación de la conciencia y la libertad desde del totalitarismo y la corrupción del poder.

La mutación democrática de la conciencia ha dado paso a la mutación biológica. Enemigo de la muerte, Nicolai Fiedorov construyó una teoría de la victoria sobre ella tras el control absoluto de la naturaleza, por medio de la ciencia y de la técnica. El propio Marx afirmaba en los Manuscritos de 1848 que la sociedad comunista daría origen a la resolución definitiva del antagonismo entre el hombre y la naturaleza, relación cuestionada también por Tomas Huxley y Darwin en El origen del hombre.

Cuando un obispo se convierte en un provocador al denunciar la demolición pública de las creencias desde un meditado espíritu sectario que sueña con transformar la naturaleza humana y las estructuras institucionales cambiando al hombre y, al mismo tiempo, se considera óptimo y propio de un estado democrático impugnar por un rector unos acuerdos suscritos por la Universidad y el Arzobispado de Madrid hace más de veinte años con el fin de eliminar la fe del ámbito público, haciendo prevalecer la ideología y el odio sobre la verdad, la mitología progresista y el totalitarismo se presentan como el nuevo mesianismo político, capaz de salvar al hombre eliminando a Dios, educando a las nuevas generaciones en la razón de Estado, en una raza renovada al modo del pensamiento ideológico y en una malograda vida descendente.

 

Roberto Esteban Duque

 

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