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La caridad en el año de la fe, por monseñor Julián Barrio, ante el Día Corpus Christi

La caridad en el año de la fe, por monseñor Julián Barrio, ante el Día Corpus Christi

Queridos diocesanos: “Quien cierra el oído al clamor del necesitado, no será escuchado cuando grite” (Prov 21,13). La historia de la Iglesia se significa en todos los tiempos por su dimensión caritativa. Sobre esta base se podrán entender mejor otros aspectos de esta historia, discerniendo las cosas en la perspectiva de la verdad y considerándolas desde la normatividad del amor al prójimo que se orienta por la voluntad de Dios y no sólo por nuestros deseos. “La Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo”[1]. Este hizo del amor la ley fundamental para cuantos habrían de ser sus discípulos y seguidores: un amor que inspire y trascienda las exigencias de la justicia, y abra el corazón a la solidaridad del compartir bienes espirituales, económicos y culturales, anunciando ya desde ahora la comunión definitiva de toda la familia humana en el Reino de Dios. Ciertamente no es fácil entretejer los rasgos prosaicos y líricos de una historia así. Pero lo lírico es la caridad que es la que da color a lo prosaico y convierte el tiempo en eternidad. Sólo el espíritu solidario y fraterno nos ayudarán a avanzar por caminos que den vida y esperanza a los hermanos más pobres. Vivir sencillamente ayudará a que otros, sencillamente, puedan vivir,  nos dice la campaña institucional de Caritas para este Año de la Fe.

 

No son pocos los esfuerzos que se están haciendo “para rebajar el hecho cristiano, para borrar los contornos bajo las finas vendas entrecruzadas de la erudición y de la duda”[2]. La fe es respuesta al Amor de Dios. Así dice san Juan: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene, hemos creído en él” (1Jn 4,16). La fe se hace verdad en la caridad y ésta se hace verdad vivida desde la fe que crece cuando se vive como experiencia de amor que se recibe y se entrega. En este sentido Pablo escribe a los Corintios: “Y lo mismo que sobresalís en todo -en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que os hemos comunicado-, sobresalid también en esta obra de caridad. No os lo digo como un mandato, sino que deseo comprobar, mediante el interés por los demás, la sinceridad de vuestro amor. Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza… Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En este momento vuestra abundancia remedia su carencia, para que la abundancia de ellos remedie vuestra carencia; así habrá igualdad. Como está escrito: Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba” (2Cor 8, 7-15). La caridad, instrumento para la nueva evangelización, no significa replegamiento de la Iglesia en posturas espiritualistas o desencarnadas, sino que busca la conversión del corazón y con ello la transformación de la vida personal y, a partir de ella, la transformación de la vida real según las exigencias del Evangelio, con especial atención de los pobres y de los más débiles. La Iglesia tiene la misión de testimoniar el amor de Cristo hacia los hombres, amor dispuesto al sacrificio pues “nadie tiene amor más grande que el da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Si no lo hacemos nos desvalorizamos y disgregamos, pasando nuestro corazón a ser habitado por la tristeza que tiene como frutos la desunión y el menosprecio.

 

Cristo vive y está entre nosotros. Su presencia es portadora de la alegría de todos los que reciben el bautismo, y de la gracia de la unión con Él. Es la alegría de nuestra salvación con el perdón de los pecados porque “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc 15, 7).  La misericordia de Dios transforma nuestras relaciones con los demás y hace que sean relaciones de justicia y de paz como las vivió Zaqueo, dándose cuenta de que las necesidades de los demás no se arreglan comprando sino compartiendo. Sólo el Espíritu del Señor nos da la alegría que nadie nos puede quitar. En este sentido San Pablo nos dice: “Os exhorto, pues, hermanos por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo,  agradable a Dios; este es  vuestro culto espiritual” (Rom 12,1).

 

Al reunirnos en torno al altar de Dios que es fuente de gozo y de alegría, los frutos de la unidad y del aprecio entre hermanos brotan espontáneamente de diferentes formas, dándonos cuenta de que nuestro valor es muy grande a los ojos de Cristo. “Y puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según obras de cada uno, comportaos con temor  durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo” (1Pe 1,17-19). La Eucaristía es el sacramento de la nueva y eterna Alianza que nos mantiene unidos en la fe, fuertes en la esperanza y constantes en la caridad. Así lo refleja la plegaria eucarística segunda cuando dice: “Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación… Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”.

 

Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

 

 

 

 

+ Julián Barrio Barrio,

Arzobispo de Santiago de Compostela.



[1] Lumen gentium, n. 8.

[2] FRANÇOIS MAURIAC, Vida de Jesús, Madrid 2000, 11.



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