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Al abrir la puerta

La Buena Vida

La preocupación por cómo vivir, por las instrucciones de uso de esto que se llama vida, es antigua como el hombre. Va enlazada con las preguntas más básicas y esenciales de la condición humana: de dónde venimos, a dónde vamos, qué sentido tiene la vida, hay algo más de lo que vemos… y aunque parezca que a veces la pregunta se orilla o se esconde, se margina o se da de lado, de hecho, es ineludible para todo el que quiera vivir de verdad y no simplemente dejarse vivir. La condición humana, su naturaleza, es así, y la exigencia antropológica de la libertad, obliga a tomar decisiones. Es más, incluso no elegir -que tanto se da en nuestro mundo- ya es una forma de elegir. Cómo vivir, es una de esas decisiones ineludibles en cada persona.

             Las respuestas a esas preguntas han sido tantas en la historia del pensamiento que casi cada pensador ha dado la suya, pero todas en el fondo han tratado de responder a una cuestión común y nada sencilla: qué es la buena vida. Cómo vivir es la pregunta. A riesgo de ser exagerado, casi diríamos que es la única pregunta que de un modo u otro todo pensador, filósofo, teólogo, artista, escritor, trabajador, cada uno de nosotros, toda persona que quiere vivir en verdad y libertad, trata de responder. Qué es una buena vida, cómo alcanzarla.

             El pensamiento cristiano tiene, como no podía ser de otro modo, una propia propuesta a esa cuestión humana de cómo vivir. Podría decirse que todo el mensaje del evangelio es una respuesta a esa pregunta, y el pensamiento teológico una manera de comprender, desarrollar, enriquecer, ahondar, tratar de entender en toda su extensión y en sus implicaciones ese mensaje evangélico.

             Constatar que estamos llamados a tener una buena vida, no es sino escuchar la voz de nuestro propio corazón. El deseo humano más profundo -que da forma a cada ocupación y preocupación humana-, es el de tener una vida plena, libre de dolores y sufrimientos, una vida que merezca la pena tal nombre, cargada de pasión, emoción y sentido. Una vida rica, profunda, dinámica, provechosa, una vida que lo tenga todo, que sea culmen y unión de la felicidad, la emoción, el amor, la pasión, la libertad… que colme todos los deseos de armonía, paz y vitalidad, que alcanzase y lograse la comunión con los otros a la par que la plena libertad y desarrollo de uno mismo, que lograse el sueño del amor perfecto, de la perfecta unión consigo y con los demás, con la naturaleza, el mundo, el cosmos… una vida de dioses más que de hombres. Una buena vida.

             Estamos hechos para quererlo todo. Para soñar y perseguir esa buena vida. Esa experiencia se fundamenta en la misma consideración de creaturas. Estamos hechos con ese anhelo y deseo… pero estamos hechos.

             Y también estamos lastrados por la realidad de que nunca alcanzaremos todo lo que soñamos que es una buena vida. Sentimos lo humano lastrado por la caducidad y la impotencia, chocan las limitaciones de lo humano con el deseo profundo de esa vida en plenitud. Sentimos ese anhelo, lo deseamos con todas nuestras fuerzas, creemos, intuimos que estamos impelidos hacia esa plenitud… pero somos incapaces de alcanzarla. Se nos escapa como agua entre los dedos.

             La realidad de la muerte como un límite presentido, conocido y temido, nos pone un tope en el desarrollo de nuestras potencialidades. La experiencia del pecado, del mal que realizamos sin saber bien cómo, o que sufrimos gritando, tantas veces en silencio… Y junto a esos grandes límites, los pequeños vividos a diario, pero no menos origen de sufrimiento: la incomprensión, la impotencia, la distancia con el otro, el no saber qué hacer para que la vida sea una vida de verdad, el no saber quiénes somos, ni quiénes son los otros, ni cómo alcanzar la vida que no se agota, cómo vivir para tener una buena vida.

             Pero no está todo perdido. La constatación última de la angustia en el vivir, lo que nos llama es a posicionarnos ante ella. Saber que existe, experimentarla realmente, lo que nos obliga a es tomar partido ante ella. ¿Qué hacemos con ella? ¿Hundirnos, someternos, conformarnos, claudicar? ¿No hay manera de salir de ella? ¿Estamos realmente abocados al fracaso, a la frustración constante, no podemos hacer nada? ¿El único sentido de la vida es la muerte? ¿Realmente la única pregunta posible es cómo vivir la muerte?

             En creyente sabemos que no. Desde luego que es un salto de fe, pero con acertada reflexión de GK Chesterton, del mismo orden que claudicar a la ausencia de sentido. Ambas al final son saltos de fe. Elegir creer que el mundo, la vida, lo que hay, tiene un sentido, es casi del mismo orden que elegir no creer en ello, que elegir creer que no hay un por qué, ni un para qué, que no hay sentido a la vida, que sólo la angustia, el límite, la muerte, la nada es la realidad de nuestro tiempo en la tierra.

             Y he dicho casi del mismo sentido, porque realmente me resisto a creer que sean opciones del mismo cariz. Creer en lo positivo, optar por la vida, no es ni mucho menos una manera de autoengaño ante la realidad de la angustia. Es, más bien, escuchar de veras el corazón de cada ser humano de nuestro mundo, que siente dentro la llamada a más… ¿cómo si no podríamos revelarnos entre lágrimas o entre denuncias, entre activismo o en la pasividad, al dolor, a la injusticia, a la tristeza? ¿Por qué, si no estuviésemos llamados a la buena vida, sentimos que el golpe del miedo, del dolor, del mal, el pecado, es siempre algo injusto de suyo, siempre hiriente, sea como sea?

             Escuchar el propio corazón es constatarnos como seres creados de una determinada manera, con una serie de características. Es una llamada de profundo realismo que no olvida que los sueños son tan reales –si no más- como la experiencia de la angustia.

             Requiere un profundo valor y una profunda fortaleza escucharnos, mirarnos, contemplarnos. Requiere una profunda fortaleza de ánimo asumirnos como seres creados, el realismo de sabernos a medio camino entre meros animales a merced de lo que hay, y de casi dioses que pueden hacer algo por su vida y por el mundo, exige de nosotros esfuerzo, fortaleza, valor. Atender a nuestra propia identidad, requiere el valor de asumirnos como creaturas. La humildad de reconocer que no somos nuestros dueños absolutos, exige una constante fortaleza de ánimo. No está la fortaleza, el valor, la fuerza, la presencia de ánimo donde tantas veces este mundo nos dice que está: en la suficiencia, en la soberbia de no dar cuentas a nadie, en que no nos afecte el mundo… La primera fortaleza y la primera humildad humana es la de escucharnos a nosotros mismos, la de saberse creados.

Vicente Niño Orti, OP @vicenior



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