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Opinión

La boda de Caná de Galilea

San Juan evangelista refiere: “Había una boda en Caná de Galilea. Su madre estaba allí. Jesús y sus discípulos son invitados a la boda. Faltó el vino. Su madre le dice no tienen vino. Jesús le responde: A mí y a ti qué, mujer, todavía no ha llegado mi hora. Su madre le dice a los sirvientes: Haced lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra para las abluciones de los judíos, de unos cien litros cada una.  Jesús les dice: Llenad esas seis tinajas de agua. Ahora, llevadlo al mayordomo, quien al probarlo sin saber que era agua convertida en vino, dice al esposo: Todos sirven primero el vino bueno y cuando están bebidos sirven el peor, pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora” (Jn. 2,1-12). Estos seiscientos litros de agua convertidos en exquisito vino fue el primer milagro que Jesús hizo a ruego de su madre María.

En Palestina la boda matrimonial judía de un varón y de una mujer no era un contrato religioso y público, sino un asunto totalmente privado entre dos familias. El padre del esposo o el esposo mismo elige la esposa logrando el consentimiento de su padre y pagándole un precio por su hija. La edad casadera para la mujer era de 12 años y para el varón de 13, pero por regla general se casaban ambos a los 18 años. Una vez que el padre del esposo o bien el mismo esposo pagaba el precio de la esposa, ésta pasaba a ser propiedad suya y quedaba casada al entrar en casa del esposo.

El fin de la boda matrimonial judía era procrear hijos a poder ser varones. Tener muchos hijos era una bendición de Dios y el no poder tenerlos era una desgracia grande para la mujer, de tal manera, que la Ley mosaica ordenaba el levirato que consistía   que la viuda que no tuvo hijos con su marido difunto debe casarse con su cuñado soltero para tenerlos.

La Ley mosaica permitía la poligamia, pudiendo el varón poseer dos mujeres según enseña el Dt. 21,15, incluso, poder tener más según el poder económico, como era el caso del rey David: “Tomó más concubinas y mujeres de Jerusalén, después de venir de Hebrón y le nacieron hijos e hijas” (2Sm. 5,13), o como es el caso del rey Salomón: “Amó a muchas mujeres extranjeras, además de la hija del Faraón, apegándose a ellas por amor. Tuvo seiscientas mujeres con rango de princesas  y trescientas concubinas” (Re. 11, 1-3). Así mismo establecía el repudio de la mujer casada por parte del esposo por cualquier causa,

Pero Jesús de Nazaret dirá a los fariseos: “Moisés, teniendo presente la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así. Ahora bien, quien repudie a su mujer, salvo en caso de fornicación, y se case con otra comete adulterio” (Mt. 19, 8-9). Dirá también a los discípulos que le preguntaron sobre el divorcio y el repudio: “Si uno repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera, y si ella repudia a su marido y se casa con otro comete a adulterio” (Lc. 10,10-12).

Entre el texto de Mateo y el de Lucas citados hay una notable diferencia. Mientras el texto de Mateo permite al marido repudiar a la mujer en caso de fornicación y no cometer adulterio al casarse con otra, el texto de Lucas no lo permite, sino que expresa que si el marido repudia a la mujer y se casa con otra o la mujer repudia al marido y se casa con otro hombre, comenten adulterio. La Iglesia católica siempre sostuvo la doctrina expresada por Lucas. De allí que declarara la indisolubilidad del matrimonio por divorcio. Sin embargo, la Lumen Fidei del papa Francisco enseña: “El matrimonio es la unión estable entre un hombre y una mujer”. Sustituye la palabra indisoluble por la palabra estable

Las bodas judías solían durar varios días de fiesta. La esposa iba elegantemente vestida de manos de sus amigas y parientes, con una corona en la cabeza, el rostro muy preparado, con los ojos muy resplandecientes, los cabellos y las uñas pintados, cargada de collares, brazaletes y otros adornos, que en la mayoría de los casos eran prestados y sin valor. El esposo, coronado y rodeado de amigos, iba al caer de la tarde a la casa de la  esposa a recogerla para llevarla a su propia casa.

La esposa le recibía en su casa rodeada de amigas provistas de lámparas prorrumpiendo en aclamaciones al llegar el esposo. Se organizaba un cortejo desde la casa de la esposa a la casa del esposo en el que participaba todo el pueblo con luminarias, cantos, danzas y gritos de júbilo; y los rabinos interrumpían sus lecciones sobre la Ley mosaica en las escuelas saliendo con sus discípulos a felicitar a los esposos.

En la casa del esposo se celebraba la fiesta matrimonial con cantos y discursos de congratulación y de augurio feliz en la que no faltaban ciertas alusiones graciosas y chistosas, sobre todo, cuando ya los comensales estaban un poco bebidos, dado que durante el resto del año llevaban una vida dura, austera y trabajosa. En estas fiestas, las familias de los esposos solían poner vinos especiales guardados desde mucho tiempo para estas ocasiones.

El poblado de Caná de Galilea  quedaba a tres o cuatro kilómetros de Nazaret en el camino que Jesús de Nazaret hacía para ir al lago de Galilea y a Cafarnaún. Seguía  por los Cuernos de Hitin y descendía a orillas de dicho lago y a dicho poblado.  De Caná de Galilea eran los apóstoles Tomás  y Simón, el Celotas. Este último llamado así por haber pertenecido anteriormente a dicho partido político, partidario de usar las armas para liberar al pueblo de Palestina de la dominación del imperio romano y de adorar solamente a Yahvé

Hoy día, Cana de Galilea está comunicada por una carretera que va desde Nazaret a la ciudad de Tiberias, cuyos habitantes son de mayoría musulmana. Sin embargo conserva cuatro templos, uno de la Iglesia católica custodiado por los religiosos franciscanos, otro de la Iglesia ortodoxa, otro de la Iglesia católica griega y otro dedicado al apóstol santo Tomás, de donde era oriundo.

Según la tradición, el templo actual de la Iglesia católica está construido sobre otros dos templos destruidos, uno del siglo IV y otro posterior de los Cruzados en el siglo XII, los cuales, a su vez, se hallaban levantados sobre la casita y lugar donde se celebraron las bodas a las que asistió Jesús de Nazaret, su madre María y sus discípulos. En su interior hay una enorme jarra romana del siglo I para agua que nos da idea de la que Jesús utilizó para convertir el agua en vino. Muchas parejas cristinas vienen a este lugar y templo han celebrar sus bodas y muchos peregrinos vienen a beber agua de la fuente de la cual Jesús de Nazaret mandó sacer agua para convertirla en excelente vino.

 

José Barros Guede

A Coruña 19 de julio del 2013

 

 



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