Carta del Obispo Iglesia en España

La belleza de Dios que brilla en el rostro de Cristo, carta del obispo de Terrassa, Josep-Ángel Saiz Meneses, correspondiente al domingo 5 de agosto de 2012

Entre las realidades “buenas y bellas” de la creación, salidas de la mano de Dios, ocupa un lugar único el ser humano, creado “a imagen de Dios” precisamente en cuanto varón y mujer, como se expresa en los dos primeros capítulos del libro del Génesis. Pero la realización más lograda del ser humano es Jesucristo, el hombre nuevo, que “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”; el Hijo de Dios que “con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo ser humano”, como enseña el Concilio Vaticano Ii (GS n.22).

Cristo es la verdadera “imagen del Dios invisible” (Col 1,15), la manifestación plena de la gloria divina, la epifanía de la belleza de Dios. Por ello, puede ser designado como “el más bello de los hombres” (Sal 45,33). Pero él mismo es también misteriosamente, aquel que “no tiene aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres… ante el cual se ocultan los rostros”, como dice el profeta Isaías (Is 53,2).

La belleza de Dios se ha revelado así en la belleza del Hijo de Dios como paradoja suprema. Lo dijo bellamente el profesor Santiago del Cura, en su intervención en el acto final del Atrio de los Gentiles, celebrado en la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona el pasado mes de mayo: “Cristo es la belleza del amor anonadado y crucificado, la omnipotencia contraída en la debilidad, la gloria en la cruz. Paradójicamente, la belleza divina se revela como humildad y anonadamiento de entrega, como ‘kénosis  del esplendor y a la vez esplendor paradójico de la kénosis”, dijo el profesor del Cura citando al teólogo Monseñor Bruno Forte.

Y concluyó con estas palabras: “La verdadera belleza no es sino el amor de Dios, revelado definitivamente en el misterio pascual y capaz de transformar el misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección”.

Estas reflexiones quieren ser una invitación y una ayuda para entrar en el mensaje de una fiesta de Nuestro Señor Jesucristo que celebramos y en pleno verano: mañana, 6 de agosto, que es la fiesta de la Transfiguración del Señor. Es el día en que muchas de las personas que llevan el nombre de Salvador celebran su fiesta onomástica. También es el día de la fiesta de la basílica romana de San Juan de Letrán, cuyo titular es precisamente Nuestro Salvador Jesucristo.

Según la tradición, el hecho de la Transfiguración ocurrió en el monte Tabor. El Evangelio habla sólo de “una montaña alta”. Allí Jesucristo dejó ver a sus apóstoles más allegados su gloria divina, para prepararles a asumir el llamado “escándalo de la cruz”, que habrían de vivir en Jerusalén, para que comprendieran, que para él y para todos los hombres, la cruz es camino de gloria, y la muerte, camino de resurrección.

 

Es tan bello el mensaje del hecho de la Transfiguración del Señor que el beato Juan Pablo II lo introdujo en el Santo Rosario, en los misterios llamados “de luz”, que se rezan el jueves de cada semana. El mensaje de la Transfiguración lo comprendieron muy bien los artistas del Románico, al plasmar las llamadas “majestades”, un Cristo que reina desde la cruz. Las heridas de este “varón de dolores” nos han curado. Las cicatrices del crucificado están llamadas a transfigurarse en el Resucitado, que ha asumido las heridas y las cicatrices de la humanidad doliente, abriendo el dolor a la esperanza.

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

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