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Al abrir la puerta

La batalla cultural del cristianismo

Que la condición humana vive rodeada de tentaciones, parece claro para el creyente.

Cabe preguntarse qué es una tentación, y en clásica sabiduría moral diríamos que la tentación no se refiere en exclusiva a órdenes carnales o monetarios —hay vida más allá del bolsillo o la entrepierna—, sino a todo aquel estímulo o inclinación, a aquel empuje que puede hacernos perder el camino recto. La más clásica tentación la vemos en la Odisea y el canto de las Sirenas —promesas, cantos, sueños, imaginaciones—, que alejan del camino de la plenitud, el sentido o el hogar. Eso nos exige desde luego saber a dónde vamos, y saber cuál es el camino. Si no, como Alicia, cualquier camino vale, porque no hay destino. La Escritura nos recuerda que hay siempre dos caminos en el transcurrir del tiempo del hombre, uno de vida y uno de muerte. Lo escuchábamos hace unos días en la despedida de Jesús en la Ultima Cena, el mismo Jesucristo es camino y norma y destino: el camino, la verdad y la vida.

Tales ideas me surgen tras percibir cómo en el mundo creyente cada vez más la expresión «batalla cultural» se va imponiendo como motor de acción en el cristianismo.

El caso es que en la batalla cultural puede surgir la posibilidad de que lleguen las tentaciones

Y de base sostengamos que es una batalla necesaria, la defensa —Tolkien y Chesterton sabían bien que siempre se combate para defender algo— de un determinado modo de estar en el mundo, de unas convicciones, de unos planteamientos, unos valores, de una forma de entender al ser humano, la sociedad y la cultura. En este occidente nuestro hablamos, desde luego, que el tema de la inculturación daría para muchos otros artículos.

El caso es que en la batalla cultural puede surgir la posibilidad de que lleguen las tentaciones. Quedarnos en el envoltorio y perder el contenido. Centrarnos en el dedo que apunta, y no mirar a la luna. Darle más importancia a Senior que a Cristo; cosa que él mismo detestaría, todo sea dicho…

Y es que hay algo en el contexto actual que parece centrar lo creyente en lo cultural —libros, cuadros, música, edificios, historia—, olvidando que el corazón del evangelio está en otro lugar, o más bien que todo eso solo es válido en tanto en cuanto desarrolla otra clave más central, en tanto es expresión lo cultural de lo realmente central: Amar a Dios y al Prójimo, y el Prójimo que las Bienaventuranzas llena de vida. El mandamiento nuevo del amor.

Quizás la tentación estaría en la batalla cultural olvidando así uno de los focos centrales del mensaje del evangelio que es la clave del cuidado y atención de los últimos, de los marginados, los pobres y los que sufren. La caridad como corazón del Evangelio, porque es el corazón de Dios. Y cómo desde ahí nace todo lo demás, también lo cultural. No me resisto a plantear cómo el modelo antropológico más propiamente identitario occidental sería el del Caballero: cuyo sentido es precisamente el cuidado de los huérfanos, los pobres y las viudas… los últimos.

Quizás —y por señalar algo sobre dónde fundamentar todo ésto— lo que sucede es que hemos descuidado algo clave como es la misma experiencia de Dios. No es posible dar una completa y real batalla cultural si no está fundamentada en la experiencia misma de Dios, porque entonces siempre será puramente superficial y externa, anecdótica, nunca desde el corazón del mensaje de Jesucristo.

Y quizás ahí es donde no hay claves enfrentadas en la batalla cultural, donde cobra sentido las distintas dimensiones que no se olvidan unas de otras, las de la caridad y las de las cultura que vehicula en este occidente nuestro el mensaje del Evangelio.

 

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior



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