Carta del Obispo Iglesia en España

La barca de Pedro, por César Franco, obispo de Segovia

La barca de Pedro, por César Franco, obispo de Segovia

La Iglesia ha sido llamada la barca de Pedro. Y con toda razón. En el evangelio de hoy, la barca de Pedro es el lugar al que se sube Jesús para, desde ella, hablar a la gente que se amotinaba para escucharle. Sentado en la barca, Jesús enseñaba a quienes le seguían.

La barca no es sólo el lugar de la enseñanza, sino de la pesca. Cuando Jesús terminó de enseñar, pidió a Pedro que remara mar adentro y echara las redes. Durante aquella noche, Pedro y sus compañeros no habían pescado nada y se lo dijo a Jesús, pero, en su nombre, echó las redes al mar. Y sucedió el milagro que pasará a ser el símbolo de la Iglesia desde aquella hora. Hicieron una redada tan grande que reventaba la red, de manera que tuvieron que llamar a los compañeros de otra barca para recoger la pesca, y aún así, dice san Lucas, las dos barcas casi se hundían.

Al ver los sucedido, Pedro se arrojó a los pies de Jesús, profundamente asombrado y conmovido, y le dijo: «Apártate de mí, que soy un pecador». Reconoció de inmediato que se encontraba ante alguien cuyo poder se acababa de manifestar. Jesús le respondió: «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres».

La barca de Pedro se ha convertido en la imagen de una barca que surcará los mares de la historia y, desde la cual, Pedro y los apóstoles echan las redes para sacar a los hombres del mar, símbolo bíblico de la muerte, e introducirlos en la barca de Cristo que es la Iglesia.

Nos encontramos ante una bella parábola, que arranca de una historia real, la pesca milagrosa, para revelarnos otra historia que continúa escribiéndose aún entre nosotros. La historia de la vocación de Pedro y de sus compañeros, y la historia de los hombres que escuchan la palabra de Cristo y se dejan atrapar por la red de la gracia que nos arranca del mal. Tan real como aquella primera pesca milagrosa es la tarea que Cristo encomienda a Pedro como «pescador de hombres». Hermosa definición para hablar del ministerio apostólico, por el cual los primeros apóstoles dejaron las redes y siguieron a Jesús.

Hoy el ministerio sacerdotal es poco apreciado, quizás porque quienes lo hemos recibido no sabemos trasparentar a Cristo, primer pescador de hombres. ¿Qué otra cosa hizo Jesús sino llamar a su seguimiento, hablar con la gente, abrirles el horizonte de Dios y de la gracia, mostrarles su grandeza? Al comprender quién era Jesús y cuál era su misión, Pedro se arrojó a sus pies y se confesó pecador. Lo mismo hizo Pablo cuando se convirtió, y tantos hombres que han dejado todo para ser como Cristo y hacer lo que él hacía. Los encuentros de Cristo con la gente que narran los evangelios son un tratado del arte de «pescar» a los hombres. Pero se requiere la confianza plena y total en Cristo. «En tu nombre echaré las redes», dice Pedro. Muchas veces tenemos miedo de echar las redes, nos falta confianza en el poder de Cristo y también en la capacidad que tienen los hombres para dejarse atrapar por él. ¿Qué hubiera sido de Pedro, la samaritana, Zaqueo, Mateo, la Magdalena, si Cristo no se hubiera cruzado en su camino y hubiera echado las redes con su tacto y sabiduría? ¿Qué hubiera sido de Agustín de Hipona, de Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús? Se los habría tragado el mar de este mundo y el anonimato de la historia. Todo depende de echar las redes, aunque haya noches enteras sin pescar nada. Llegará el momento de Cristo en que la red se llenará de peces y la barca de Pedro, frágil y segura al mismo tiempo, se llenará de la pesca milagrosa de tantos hombres y mujeres salvados por Cristo. Sólo se necesita que haya hombres que se fíen de Cristo y en su nombre echen las redes.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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