Iglesia en España

La autoridad de Cristo, por César Franco, obispo de Segovia

La autoridad de Cristo, por César Franco, obispo de Segovia

            En su libro Un rabino habla con Jesús, Jacob Neusner, cuyo aprecio del cristianismo es incuestionable, reconoce que la dificultad de un judío para acoger la fe cristiana es la autoconciencia de Jesús de estar por encima de la Ley mosaica, lo que, de hecho, le equipara a Dios, autor de la Ley. Basa su juicio en las palabras que Jesús repite en el sermón de la montaña, al contraponer lo que enseñó Moisés con la novedad que él añade: «Habéis oído que se os dijo… pero yo os digo». El «yo» de Jesús, y la autoridad que manifiesta en esta contraposición, resulta inaceptable para quien ve en Moisés al mediador del que Dios se ha servido para entregar la Ley a su pueblo.

La autoridad de Jesús, sin embargo, no queda reducida a su enseñanza. En el evangelio de este domingo, la gente que le escucha en la sinagoga reconoce que Jesús enseña con autoridad y no como los escribas. Para explicitar en qué consiste la autoridad de Jesús, san Marcos narra la curación de un hombre que tenía un espíritu inmundo, el cual comenzó a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios. Jesús le increpó: Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió». Ante el asombro por la curación, la gente se preguntaba admiraba «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo: Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen» (Mc 1, 24-28). Es claro en el relato que la autoridad de Jesús al enseñar queda confirmada por su actuar, que, en este caso, tiene como finalidad liberar a un hombre del poder del diablo.

Miremos la escena más de cerca. En el frente a frente que sostiene Jesús con el espíritu inmundo, es obvio que éste ve amenazado su dominio sobre el hombre, del que el enfermo es un exponente representativo. Sabe que en Jesús ha llegado el que puede acabar con la soberanía que adquirió con la caída de Adán. Reconoce incluso que Jesús es el Santo de Dios, dando la razón al dicho de que «también los demonios creen y tiemblan» (Sant 2,19). Y Jesús, con autoridad, le increpa y le ordena salir del poseso. Con esta liberación, Jesús manifiesta su poder sobre el Maligno y su capacidad de hacer lo que dice, es decir: su palabra posee la autoridad misma de Dios.

Sabemos por los evangelios que este tipo de curaciones fueron interpretadas por sus oponentes como un pacto de Jesús con el mismo diablo y que también él fue tachado de endemoniado. Ante esta acusación Jesús se defiende con un argumento de razón imbatible: ¿Cómo puede Satanás luchar contra sí mismo? Un reino así dividido no puede sostenerse. Y utiliza una comparación muy expresiva: «Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín» (Lc 11, 21-22). Jesús es ese hombre más fuerte que arrebata al diablo sus posesiones y lo vence, porque ha venido precisamente a liberar al hombre del Maligno y otorgarnos la soberana libertad de los hijos de Dios. Por eso, su conclusión es clara: «Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha venido a vosotros» (Lc 11,20). El cristiano no vive bajo el temor al diablo; sino con la certeza de que Cristo lo ha vencido. Otra cosa es que sea un ingenuo y olvide su poder. Por eso, al final del Padrenuestro, Jesús nos enseña a pedir: «líbranos del Maligno». Muchos sonríen hoy ante la posibilidad de su existencia. Conviene recordarles, quizás, la afirmación de Gide: «El diablo no se oculta en ningún sitio mejor que en sus explicaciones racionales que le relegan al rango de las hipótesis gratuitas. Satán o la hipótesis gratuita: éste debe ser su seudónimo preferido».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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