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La Asunción de Nuestra Señora en tiempos de COVID-19, por Fernando Chica

El mes de agosto queda iluminado, en toda la Iglesia, por la solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora. A lo largo y ancho de la geografía española y latinoamericana, se suceden las fiestas populares en honor de la Virgen María, que también es celebrada con hondura por las Iglesias ortodoxas y orientales. Como se sabe, fue el papa Pío XII quien, en 1950, proclamó la Asunción de María como dogma de fe.

También a mediados del siglo XX, el teólogo alemán Romano Guardini escribió este párrafo en su libro La Madre del Señor a propósito de la Asunción: «María es una persona humana como nosotros; ni una mera ‘alma’, ni una ‘diosa’. Por tanto, cuando se dice que fue asumida con toda su naturaleza humana en la gloria de Dios, esto habla enérgicamente sobre lo que es el cuerpo humano: esa misteriosa y cotidiana realidad, dirigida a la vez hacia la eternidad, y que algún día ha de quedar inserta en la vida de Dios. Pero también habla de quién es el Dios vivo en que creemos: Aquel que puede y quiere tales cosas, y, por tanto, un ser muy diverso del espíritu meramente absoluto de que hablan los filósofos espiritualistas, y al que niegan los materialistas». A partir de este bello y denso pensamiento teológico, quiero ofrecer algunas reflexiones sobre qué nos puede decir la solemnidad de la Asunción en estos tiempos de la pandemia de covid-19.

En primer lugar, pues, ¿quién es el ser humano? «La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 362). Cuando decimos que María fue asunta al cielo en cuerpo y alma, queremos decir que es toda su persona, en su unidad inseparable, la que queda glorificada, es decir, incorporada a la vida plena del Dios Vivo. Y, al hacerlo, anticipa el horizonte de toda la humanidad, nos abre el camino hacia el fin al que todos nosotros estamos orientados.

Los dramáticos meses que vive el conjunto del planeta a causa de la pandemia nos han situado frente a la muerte de un modo al que ya no estábamos acostumbrados. A estas alturas, todos hemos sentido el desgarro del fallecimiento de algún ser querido, más o menos cercano. En los ocho primeros meses de la pandemia (del 1 de diciembre de 2019 al 1 de agosto de 2020), se contabilizaron en todo el mundo 688.940 personas fallecidas por esta causa. A veces, debido a la cuarentena y a las medidas de bio-seguridad, ni siquiera hemos podido despedirnos físicamente o celebrar un funeral como habríamos deseado. ¿Es esto el final? ¿Simplemente se desmoronan los cuerpos? ¿Nos consolamos confiando en que las almas de los difuntos están en buenas manos, en las manos de Dios? Lo que nuestra fe nos dice, y a lo que nos invita la esperanza, en la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, es que verdaderamente estamos llamados a la Vida Plena, con toda nuestra integridad corpóreo-espiritual; es decir, que un día toda nuestra persona será incorporada a la plenitud de Dios.

En segundo lugar, por tanto, debemos preguntarnos: ¿quién es este Dios que hace posible este misterio, que nos promete tal plenitud de vida desbordante? Como decía Guardini, es el que “puede y quiere” hacerlo. Sin duda, la pandemia está mostrando las limitaciones de nuestros sistemas sanitarios y, más en general, está ayudando a poner en su lugar las ansias de omnipotencia humana, que tantas veces han jugado un papel engañoso y que ahora percibimos con más claridad. Podremos, quizá, encontrar la curación para la enfermedad COVID-19; podremos también hallar una vacuna frente al SARS-Cov-2; pero, ciertamente, ni el ser humano ni la humanidad como tal pueden prometer la vida eterna.

Dios sí. Dios puede hacerlo y Dios quiere hacerlo. Es lo que, magníficamente, quedó plasmado en la Resurrección del Señor Jesús. Y es lo que nos indica la Asunción en cuerpo y alma de la Virgen María a los cielos. Porque, como expresaba la oración de un antiguo sacramentario: «No pudo ser humillada por los vínculos de la muerte Aquella que engendró a tu Hijo, Nuestro Señor, encarnado en Ella» (Corpus orationum 6060). Una mujer, plenamente humana como nosotros, está ya unida a Dios para siempre. Y lo está plenamente, en cuerpo y alma. Por eso nos alegramos en esta fiesta, porque sabemos que, donde está Ella, estamos invitados también nosotros y todos nuestros seres queridos, incluyendo a quienes han fallecido víctimas de covid-19. Cantar a María es, siempre, cantar al Dios de la Vida, al Dios todopoderoso (que puede darnos la vida plena) y al Dios todo misericordioso (que quiere darnos esa vida plena).

Lo anterior nos trae a la memoria una hermosa referencia del Concilio Vaticano II: «La Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor» (Lumen Gentium, n. 68).

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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