Carta del Obispo Iglesia en España

La Ascensión del Señor, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza

28 de mayo de 2017

La Ascensión del Señor, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza  

En la fiesta de la Ascensión del Señor la fe del pueblo cristiano sentía bien que se conmemoraba algo muy importante para nuestra esperanza y nuestra salvación. Sí, porque la ascensión de Jesús al cielo es una conmemoración que, de algún modo, está escondida al mundo en ese nivel profundo de la realidad que consiste en la comunicación cercana y directa con Dios y su Hijo, que comparten con nosotros de manera misteriosa y sorprendente su vida inmortal.

Pero en la Ascensión del Señor no es que Jesús se vaya de nuestro mundo al mundo eterno de Dios sin más. Lo grande es que se va como cabeza nuestra, pero sin romper su comunicación con nosotros, manteniendo vivos y operantes sus vínculos de Hermano con todos nosotros. Por ello, nos arrastra con Él hacia la morada secreta de Dios: “Donde yo estoy estaréis también vosotros” (Jn 14,3).

Cuando los evangelistas nos cuentan la ascensión de Jesús, nos dicen cosas muy interesantes para comprender el verdadero estatuto de nuestra vida de cristianos en este mundo. Enumeremos algunas de estas cosas: 1) Jesús ha cumplido su misión en este mundo, está lleno del Espíritu Santo y siente que el Padre le ha hecho centro de un mundo nuevo; 2) Antes de “irse” encarga a sus Apóstoles la continuación de su obra, pues ellos, y toda la Iglesia con ellos, tendrán que seguir dando a conocer la bondad de Dios y la verdad de la salvación eterna abierta por Dios para todos los hombres. 3) Su misión consistirá en ayudar a todos a creer en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, a reconocerse como hijos de Dios y entrar en comunión vital con las tres personas divinas por medio del Bautismo.

Pero hay más. La Ascensión del Señor al cielo descubre la verdad última de nuestra vida: preparar la llegada al cielo, para entrar con Jesús resucitado en la gloria de Dios, viviéndola ya desde ahora anticipadamente. De otro modo, se vive en tinieblas y se pierde el tiempo. Además, Jesús nos promete el don del Espíritu Santo para que podamos vivir desde ahora en comunión con Dios nuestro Padre, como hijos verdaderos, recibiendo el influjo vivificador en el fondo de nuestros corazones.

De modo que Jesús se va, pero se queda con nosotros de otra manera, invisiblemente, pero, por el Espíritu Santo, con el poder admirable de su gran amor. Él promete, por eso, estar con nosotros hasta el fin del mundo para guiarnos y ayudarnos como un auténtico Hermano mayor, como un verdadero Salvador, como un camino viviente de salvación y de vida eterna. Los verdaderos cristianos, pues, son los que recorren el camino de la vida con los ojos puestos en el Señor glorioso, apoyándose vitalmente en el Jesús del cielo, para imitar sus paso en esta vida.

Eso sí, una vez que Jesús se fue al cielo, nosotros, sus discípulos, debemos mantener viva su memoria. No hay que quedarse embobado mirando al cielo, sino que hay que moverse, y dedicar tiempo y esfuerzo a seguir haciendo las buenas obras de Jesús. En esta relación viva y cercana con el Jesús de la historia la fuerza del Bautismo que recibimos como iluminación en la Iniciación Cristiana se convierte en nosotros en fortaleza apostólica, para llevar a cabo el testimonio cristiano en el mundo.

La liturgia de la Misa de la Ascensión del Señor aparece, así, como una celebración de gozo y de acción de gracias por estas hermosas hazañas que el Padre de los cielos ha hecho con nosotros por mediación de su Hijo en el Espíritu Santo. Pero hay que volver a descubrirlas, ahora que su Hijo está sentado a su derecha, y nosotros con Él, pues no se ha ido al cielo sin nosotros. De modo que su victoria sobre la oscuridad de este mundo es nuestra victoria, pues Cristo ha hecho de nosotros sus miembros. Esta Cabeza y nosotros, sus miembros, ya nadie nos puede separar, salvo nuestro pecado y no reconocerlo como Hermano, que nos perdona y nos acoge.

Podemos decir que la Ascensión de nuestro Señor imprime en nosotros el recuerdo de la grandeza. Además, nos inmuniza contra el falso moralismo de desacreditar al hombre, nos enseña veneración y nos devuelve la alegría de ser hombres y mujeres.

+Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo y Primado de España

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