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La archidiócesis de Mérida-Badajoz, ante los incendios forestales, llama a un estilo de vida más austero

«Debemos ser conscientes de la crisis climática, asumiendo un estilo de vida más austero, más respetuoso con los recursos naturales. Los informes oficiales plantean la necesidad del decrecimiento, como única alternativa para lograr un equilibrio entre la vida digna y la conservación de lo que el papa Francisco llama repetidamente La Casa Común, que todos habitamos. Dejando las soluciones técnicas globales en manos de los expertos, hacemos una llamada a la responsabilidad ecológica y a unos hábitos menos consumistas».

Así lo indica el Equipo de Pastoral Rural de la archidiócesis de Mérida-Badajoz en una nota sobre los recientes incendios forestales que se están produciendo estos días. Fijando la mirada especialmente a los que han tenido lugar en Alburquerque y Ávila, definen los incendios como una “catástrofe integral” porque “destruyen modos de vida, fuentes de trabajo, oasis ecológicos, parajes vitales irreemplazables”.

Crisis climática en marcha

Recuerdan, además, que los incendios que cada año asolan nuestros montes son “síntoma o consecuencia de la crisis climática en marcha”, de la que el ser humano está detrás “por el abandono del mundo rural, cada vez más vacío, en el que desaparecen labores habituales de mantenimiento de los espacios arbolados, como el pastoreo; o por siembra de especies que esquilman el agua o son menos resistentes al fuego”.

Por último, el Equipo de Pastoral Rural agradece “la labor de las Brigadas de prevención y de extinción de incendios” y hacen a la sociedad “una llamada a la responsabilidad ecológica y a unos hábitos menos consumistas”.

“El tiempo para la acción es cada vez más perentorio. Cada nuevo fuego nos lo recuerda”, concluye esta nota.

Nota completa

Un fantasma muy real y dramático azota nuestro planeta: una ola creciente de incendios. Desde Siberia a Canadá, desde la Amazonia a Turquía arrasan todo. Europa no escapa a sus efectos. En España miles de hectáreas han ardido en Ávila o en Alburquerque. Su paso es desolador. Destruyen modos de vida, fuentes de trabajo, oasis ecológicos, parajes vitales irreemplazables. Catástrofe integral.

Los expertos hablan de unos incendios explosivos, casi incontrolables, cada vez más frecuentes. Síntoma o consecuencia de la crisis climática en marcha, irreversible en algunos aspectos. La mano del ser humano está en esa crisis global, más aún en los incendios. No solo por posible intencionalidad (quema de bosques, para sembrar pastos para la producción de carne, especulación de terrenos…), sino también por abandono del mundo rural, cada vez más vacío, en el que desaparecen labores habituales de mantenimiento de los espacios arbolados, como el pastoreo; o por siembra de especies que esquilman el agua o son menos resistentes al fuego.

La sociedad debe, en primer lugar, agradecer la labor de las Brigadas de prevención y de extinción de incendios. Pero ante todo debemos ser conscientes de la crisis climática, asumiendo un estilo de vida más austero, más respetuoso con los recursos naturales. Los informes oficiales plantean la necesidad del decrecimiento, como única alternativa para lograr un equilibrio entre la vida digna y la conservación de lo que el papa Francisco llama repetidamente La Casa Común, que todos habitamos. Dejando las soluciones técnicas globales en manos de los expertos, hacemos una llamada a la responsabilidad ecológica y a unos hábitos menos consumistas. El tiempo para la acción es cada vez más perentorio. Cada nuevo fuego nos lo recuerda.



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