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Opinión

La ancianidad y la memoria, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (29-11-2014)

La ancianidad y la memoria, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (29-11-2014)

El domingo 28 de septiembre de 2014 la Plaza de San Pedro se llenó de miles de ancianos. Habían llegado de todo el mundo para celebrar una jornada organizada por el Pontificio Consejo para la Familia en honor de la tercera edad. Entre ellos estaba también el Papa emérito Benedicto XVI.

El Papa Francisco comenzó afirmando que “la vejez es un tiempo de gracia, en el que el Señor nos renueva su llamada: nos llama a custodiar y transmitir la fe, nos llama a orar, especialmente a interceder, nos llama a estar cerca de quien tiene necesidad…”

Su discurso se podría resumir en tres puntos que reflejan la situación actual de los ancianos y una lamentable actitud social ante ellos. En primer lugar recordaba a los ancianos que viven en el seno de la familia. Es esta una ocasión de gracia, puesto que “los ancianos, los abuelos tienen una capacidad para comprender las situaciones más difíciles”.

Aludiendo al salmo 128,6 añadía el Papa que “a los abuelos, que han recibido la bendición de ver a los hijos de sus hijos, se les ha confiado una gran tarea: transmitir la experiencia de la vida, la historia de una familia, de una comunidad, de un pueblo; compartir con sencillez una sabiduría y la misma fe: ¡el legado más precioso!”

Ahora bien, otros ancianos viven en residencias. A ellas se refería el Papa Francisco diciendo: “Bienvenidos los hogares para los ancianos… con tal de que sean verdaderos hogares y no prisiones. ¡Y que sean para los ancianos y no para los intereses de otro!” Como para aclarar su pensamiento, añadía a continuación: “No debe haber instituciones donde los ancianos vivan olvidados, como escondidos, descuidados…”

Pero más interesante aún era la orientación pastoral que sugería: “Las casas para ancianos deberían ser los pulmones de humanidad en un país, en un barrio, en una parroquia; deberían ser los santuarios de humanidad donde el viejo y el débil es cuidado y protegido como un hermano o hermana mayor”.

En un tercer momento el Papa evocaba la categoría del descarte, que recuerda con tanta frecuencia: “¡Cuántas veces se descarta a los ancianos con actitudes de abandono que son una auténtica eutanasia a escondidas! Es el efecto de una cultura del descarte que hace mucho mal a nuestro mundo. Se descarta a los niños, se descarta a los jóvenes porque no tienen trabajo, y se descarta a los ancianos con el pretexto de mantener un sistema económico ‘equilibrado’, en cuyo centro no está la persona humana, sino el dinero. ¡Todos estamos llamados a contrarrestar esta venenosa cultura del descarte!”

El equilibrio al que el Papa se refiere con evidente ironía es, en realidad, el signo más claro de la pérdida de valores y del desequilibrio moral de nuestra sociedad. Con razón pudo concluir diciendo “Un pueblo que no custodia a los abuelos y no los trata bien es un pueblo que no tiene futuro… porque pierde la memoria y se arranca sus propias raíces”.

José-Román Flecha Andrés



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