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Al abrir la puerta

La alegría de la Semana Santa

Si alguna celebración sagrada logra captar toda la identidad cultural del catolicismo en esta España nuestra, mediterránea y europea, es sin duda la Semana Santa. Dudo si la celebración de la Navidad le va de la mano, pero creo que sube un peldaño más esta Semana Mayor en las formas de vivir y expresar la fe. Y es que -aun en medio de restricciones pandémicas, mucho más cuando no las teníamos- se vive la fe, se expresa la fe en estos días con una marcadísima dimensión emocional, sensitiva y física. Con una carga lúdica y festiva, celebrativa, de calles, luz, música y olor, de jolgorio y encuentro y trotar arriba y abajo -incluidas paradas de bares…- como muestra de cómo vivir la fe en católico y en mediterráneo.

Al comienzo de la semana el profesor Quintana Paz, a cuenta de una maravillosa pieza musical de sir John Tavener, reflexionaba en twitter precisamente sobre lo corporal, lo sensorial, lo físico en la experiencia de la fe -siguiendo a Mario Perniola-. Sostenía que la mundanidad es una muestra de cómo se vive en católico la fe frente a otras experiencias cristianas o religiosas. Yo sumo una idea más: es imposible para los occidentales amar, gustar, sentir, experimentar, comprender algo si ese algo no tiene una dimensión real y física, corporal, mundana, carnal… y ahí está el mismo misterio de la Encarnación: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios, para que el Hombre conociese el rostro de Dios.

Quería leer algo similar en Aurora Pimentel y su referencia -a cuenta de una traducción en la que debe de andar embarcada, con una pinta estupenda, de Emily Stimpson Chapman sobre las relaciones de alegría entre comida y fe-, en cómo lo mundano puede ser una expresión también de la fe y hasta una vía de experiencia de Dios, en ese caso, la misma comida. Chesterton decía que en el catolicismo la cerveza, la pipa y la cruz -pint, pipe and cross- pueden ir juntas perfectamente. No hay amor, al final, sin corporalidad y disfrute.

Tenemos escenas en los evangelios de comidas, banquetes y excesos de los sentidos -el perfume de nardo con el que casi acaba el evangelio de Juan, las bodas de Caná con el que casi comienza el evangelio de Juan- que acaban en la misma última Cena, quedando el Señor en sacramento de pan y vino. Al que acusaron de comedor y bebedor, de no ayunar, de banquetear en su vida, de andar con malas compañías, se quedó con nosotros desde el alimento, la comida, el pan y el vino que nutre la vida y alegra el corazón.

Para dar un poco de luz a esto de la mundanidad, la sensorialidad de la fe, vino en mi ayuda Javier Gomá, el filósofo, con un tuit que me sirve para completar mi tesis: La alegría es el sentimiento de saberse poseedor de algún bien.

Y es que la experiencia de la Semana Santa para el común y corriente de los mortales de esta España nuestra es una experiencia de alegría porque se posee un bien. O debería serlo si no nos tuvieran medio encerrados. Esos anhelos de vacaciones y esas experiencias de libertad, esos días vacantes de playa o de calles, o de caminatas de monte, aun incluso sin referencia expresas a lo religioso, son manifestaciones de la celebración de los días santos de la Fe, alegría por un bien. Ya si además sumamos funciones religiosas, procesiones o celebraciones, mucho más evidentemente. Si este año -por aquello de las restricciones y los cuidados no se puede-, al menos en deseo y anhelo se vive. Que la fe sea un bien, es central en esta comprensión, porque a cuenta de la fe, hasta el no creyente disfruta del alegre tiempo vacante.

La alegría -demasiadas veces hemos encerrado lo cristiano sólo en la pasión, la muerte y el dolor- es expresión de la fe y la esperanza y el amor que nacen de la Resurrección. Sabemos que ese Cristo que sufre en estos días -esa pasión que escuchábamos el Domingo de Ramos- no tiene como destino final la muerte, el sinsentido, el dolor y la nada. Hay un amor más grande y más fuerte que todo dolor: El mismo Dios, que lo salva de la misma muerte para darle la vida plena de la Resurrección.

Y sabemos que es el primero de los resucitados Jesús, pero que tras él van todos los que le escuchan y le buscan y caminan levantándose siempre. Sabemos que también nosotros nos llenaremos de la vida plena el día de mañana. Sabemos que mientras tanto, aunque nuestro camino tenga caídas, dolor, sufrimiento, no es nunca la muerte y el llanto los que tienen la última palabra. Sabemos que si algo no ha terminado bien, es que aún no ha terminado. Vivimos de esperanza y la esperanza es la mayor fuente de alegría posible.

Por eso vivir de modo emocional, sensitivo y físico estos días, con una carga lúdica y festiva, celebrativa, de calles, luz, música y olor, de jolgorio y encuentro y trotar arriba y abajo -incluidas paradas de bares…- es muestra de cómo vivir la fe, de cómo vivir lo sagrado, lo católico, lo cristiano, también en Semana Santa, de cómo llenarse de alegría.

 

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior



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