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La alegría de la entrega, por J. Leonardo, obispo de Ourense

La alegría de la entrega, por J. Leonardo, obispo de Ourense

Carta Pastoral con motivo de la Vida Consagrada
Se acerca la Jornada Mundial de la Vida consagrada y, como es costumbre, en nuestra Iglesia particular la vamos a celebrar con una solemne Eucaristía en la Catedral de San Martiño, el próximo domingo, día 2 de febrero, a las 20.00 horas, fiesta de la Presentación del Señor. ¡Os invito a todos! no solo a los que formáis parte de las instituciones de la Vida Consagrada y de las Asociaciones de Vida Apostólica, sino a los sacerdotes y a los laicos. Este encuentro litúrgico en la Iglesia Madre de la Diócesis, presidido por el Pastor de esta Iglesia particular, es un momento de acción de gracias a nuestro buen Padre Dios que por el Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo ha derramado sobre la Iglesia el don de la vida consagrada, de manera especial, en nuestra Diócesis.
La presencia, gracias a Dios, todavía numerosa de varios monasterios de vida contemplativa y de los Institutos de Vida Consagrada, así como de los Institutos Seculares, es prueba fehaciente de la honda riqueza de esta vida.
Por otra parte, las parroquias de nuestra Diócesis y en ellas, las muchas familias cristianas, han sido generosas en vocaciones, tanto para la vida consagrada como para el ministerio sacerdotal. Desde hace años esa fecundidad vocacional se ha dejado de percibir. Este hecho nos llena de dolor y necesitamos reaccionar poniéndonos todos a
trabajar con fuerza –al menos por nuestra parte- y con la esperanza puesta en el Dueño de la mies que es quien, en definitiva, nos concede el regalo de las vocaciones.
El papa Francisco, en su primera exhortación apostólica, nos ha dejado una reflexión para iluminar nuestro camino y dirigir nuestro apostolado. Afirma: En muchos lugares escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
Frecuentemente esto se debe a la ausencia en las comunidades de un fervor apostólico contagioso, lo cual no entusiasma ni suscita atractivo. Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas. Aun en parroquias donde los sacerdotes son poco entregados y alegres, es la vida fraterna y fervorosa de la comunidad la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización, sobre todo si esa comunidad viva ora insistentemente por las vocaciones y se atreve a proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración (nº107).
Si reflexionamos sobre este texto nos damos cuenta de que en él se subrayan los aspectos fundamentales de lo que en varias ocasiones he denominado cultura vocacional. Si es un hecho que en muchos lugares escasean las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada, bien es cierto que esto se debe a múltiples causas, pero el papa subraya algunas que nos pueden servir:
– la ausencia de fervor apostólico en nuestras comunidades, ¡es cierto! Nos hemos quedado en una pastoral en la que, predomina lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentación sin otras formas de evangelización (nº 63). En realidad hemos caído en el acostumbramiento y perdimos el entusiasmo por vivir el Evangelio con alegría. Recordemos las primeras palabras de Francisco en su exhortación: La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús (nº 1).
Por otra parte, donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Jesucristo a los demás, surgen vocaciones (nº 107). Es éste el otro aspecto del que habla el papa. ¡Sí!, hemos perdido en muchas ocasiones el fervor de los primeros momentos de nuestra vocación, parece que nos hemos desinflado y en nuestras charlas, clases o encuentros con los hermanos/as, también con los jóvenes, les hablamos de todo – y a veces de todos – pero no nos atrevemos a presentarles a Jesucristo, ni a llevarles a Él o invitarles a orar, reduciendo quizás nuestra actividad como si fuera servicio de un agente social y poco más. Necesitamos recuperar esa vida alegre, entregada y sacrificada -no subordinada a
nuestros tiempos libres, como diría Francisco- orante y fervorosa, de ahí brotarán las fuerzas para llevar a los hermanos a Jesucristo luz del mundo y verdad plena. No hemos recibido los dones de Dios para cultivar nuestros “perfiles personales”, sino para ser santos despojándonos de nosotros mismos al servicio de los demás en una dinámica de encarnación y comunión.
Otro elemento que no podemos olvidar es el alcance del proceso de secularización de las décadas precedentes que ha logrado reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo (nº 64), afectando esto a la vida cristiana en general y también a las formas de vida consagrada. Nos han hecho creer que diluyendo nuestra manera de estar en la sociedad seríamos más efectivos, y así quizá hayamos enclaustrado paradójicamente todavía más nuestra consagración y misión, diluyéndonos como la sal pero dejando de ser luz. No olvidemos como nos enseña Jesucristo que no se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,15-16)

Pero a pesar de los pesares, no es momento para las quejas y lamentaciones ¡todo lo contrario! Necesitamos abrir nuestra existencia al querer de Dios en la Iglesia. Es hora de abrir los ojos a la novedad de vida que el Señor sigue esperando de nuestra consagración. El papa Francisco también nos invita a ponernos en camino, saliendo de
la comodidad de nuestras propias convicciones. Si nos toca sufrir que sea por los dolores del parto de una nueva vida por amor a Dios, pero que no sean los dolores de la agonía. La esencia del evangelio está en la esperanza de Cristo resucitado que nos abre a la alegría de lo que va a renacer y no nos detiene en las lágrimas de lo que parece que
está muriendo.
Las verdaderas reformas en la Iglesia siempre vinieron de la mano del Evangelio, de la interioridad y de la pobreza. Ser teóricos en lo espiritual y nostálgicos en lo práctico no garantiza nuestra renovación interior ni nos dará nunca la alegría del corazón. Recuperad en vuestras comunidades e institutos la experiencia más real que ha tocado vuestro corazón: la alegría de haber sido llamados y enviados por Cristo al mundo. Volved personal y comunitariamente a la fuente del Evangelio, a la misericordia de Cristo, y abríos a la fuerza del Espíritu que renueva la mente y el corazón en el diálogo interior de la oración tranquila y sosegada y en la verdad de vuestras relaciones humanas y fraternas.
No olvidemos, por otra parte, que se nos pide que seamos una Iglesia pobre para los pobres. El ejercicio de la caridad ha sido y sigue siendo uno de los rostros más elocuentes de la vida consagrada, también en nuestra diócesis. No cejéis en vuestro empeño. Cada día ponéis rostro a esta Iglesia que se hace sierva de la humanidad sufriente y, en ella, sierva de las llagas de Jesucristo, como dice el papa Francisco. Los huérfanos y desamparados, pobres y enfermos, niños y ancianos, mujeres maltratadas, jóvenes, inmigrantes y la soledad de vuestros claustros son los testigos cotidianos de vuestra caridad. La santidad no se obtiene separándose de los demás, sino a través de un amor intenso que es vivido en el servicio a la Iglesia y a la humanidad desde la propia identidad y carisma, en comunión con el Obispo.
Los que reciben algo sin esfuerzo lo conservan sin amor, reconocía Tomás de
Aquino, cuya fiesta hemos celebrado hace unos días. Por eso en esta Jornada Mundial
de la Vida Consagrada, nuestra Iglesia en Ourense desea ardientemente que vuestra luz
alumbre a toda esta familia diocesana, y por eso da gracias a Dios por los frutos de
santidad de vuestro testimonio evangélico entre los fieles hasta el día de hoy. Pero es
también el momento en el que juntos –obispo, sacerdotes, consagrados y laicosasumamos
el camino de esta cultura vocacional que se nos impone como motor
necesario para continuar la acción misionera de la Iglesia y su revitalización entre
nuestros hermanos.
La abundancia de carismas con la que Dios bendice a esta Iglesia particular
suscita en nosotros el agradecimiento y la súplica para que en la unidad de la misión la
diversidad no sea causa de dispersión o confusión, sino de comunión, inclusión y
participación en ese proyecto del que ya me habréis oído hablar: Ourense misión. Se
trata, nada más y nada menos, de que llevemos a cabo la recomendación del apóstol
Pedro: que cada uno viva el carisma recibido, poniéndolo al servicio de los demás,
como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios (1Pe 4,10).
Esforcémonos juntos en este camino para que podamos acoger y conservar con
amor agradecido la bendición de nuevas vocaciones en nuestras parroquias y
comunidades.
Con afecto y confianza, me confío a vuestras oraciones y os bendigo.
+ J. Leonardo. Bispo de Ourense



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