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La alegría cristiana, por el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández

La alegría cristiana, por el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández

“Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca” (Flp 4,4). Con estas palabras se dirige el apóstol Pablo a los cristianos de Filipos (Grecia), dándoles la razón de su alegría: el Señor está cerca. Es decir, llevamos en nuestro corazón al Señor, está viniendo continuamente a nuestra vida de múltiples maneras y esperamos su venida al final.

Nada hay más bonito en la vida que la esperanza, y nada más triste que la falta de esperanza. La esperanza es lo último que se pierde, mientras hay vida hay esperanza, solemos decir. Pues, la medida de nuestra esperanza marca la medida de nuestra alegría y de la paz de nuestro corazón. Por eso, el tiempo de adviento es tiempo de alegría, porque es tiempo de esperanza. Esperanza no sólo de unos días de fiesta o de una paga extraordinaria. Esperanza no sólo por el reencuentro de familia. Todo ello muy bueno. La esperanza del adviento tiene a Jesucristo como protagonista, y por eso la alegría es inmensa.

La vida humana, nuestra vida no acaba en el sepulcro, sino que continúa en mayor plenitud con Dios en el cielo. La espera serena de ese momento nos produce alegría. El hombre no es un ser para la muerte, como afirman los existencialistas ateos. No, el hombre es un ser para la vida que no acaba, para la vida eterna con Dios y con todas las personas que amamos. Dios no nos ha traído al mundo para gozar un poco y sufrir mucho, eso sería desesperante. Dios nos ha traído al mundo para gozar eternamente con él y ya empezamos a saborearlo desde esta etapa de la tierra, en la que no faltan sufrimientos. Esta es la gran esperanza de nuestra vida: vivir con Dios, ya desde ahora y por toda la eternidad.

Y a ello hemos de prepararnos, “renunciando a la vida sin Dios y a los deseos mundanos, y llevando ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación gloriosa del gran Dios y salvador nuestro Jesucristo” (Tit. 2,12). El cristiano vive, por tanto, con el corazón puesto en Dios. Esa es su alegría, esa es su esperanza.

Y en el camino de la vida, salen a nuestro encuentro las celebraciones litúrgicas, que nos traen hasta nosotros el misterio que celebramos. En este sentido, nos estamos preparando para las fiestas de Navidad –fiesta de gozo y de salvación-. En estas fiestas celebramos el nacimiento en la carne del Hijo eterno de Dios, del vientre virginal de María, que viene para hacernos hijos de Dios y herederos del cielo. Cómo no hacer fiesta ante este acontecimiento. Lástima que la fiesta se ha comido al acontecimiento, es decir, el ruido, las luces, las comidas, los regalos hacen sombra al misterio de Dios que se acerca y nos abraza en su Hijo divino hecho hombre. ¡Nos hemos dejado robar la Navidad!

Y esta Navidad que nos proponen del consumo, del gasto, de la borrachera, del desenfreno no tiene nada que ver con Jesucristo y la salvación que él viene a traernos. Más bien es todo lo contrario. Hasta dónde somos capaces los humanos de extorsionar el misterio de Dios, hacerlo a nuestra medida y manipularlo a nuestro antojo.

Por eso, la liturgia de la Iglesia nos invita insistentemente a la alegría verdadera, la que brota de Dios y acogemos en nuestro corazón, la que tiene a Dios como horizonte y la que lo espera todo de Dios. Esta alegría ha de vivirse en la sobriedad, en la templanza, en la adoración, en el silencio de Belén.

Si estamos atentos a la verdadera Navidad, nos brotará espontáneo salir al encuentro de nuestros hermanos necesitados, hacia los pobres. Ellos fueron los destinatarios de aquella primera Navidad, ellos son los destinatarios de esta Navidad. El Hijo de Dios ha venido para compartir nuestra pobreza y para enseñarnos a compartir nuestra vida y nuestra alegría con nuestros hermanos los pobres.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

 

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