Carta del Obispo Iglesia en España

Justos y pecadores, por César Franco, obispo de Segovia

La parábola del fariseo y del publicano, que leemos en este domingo, es algo más que una simple contraposición entre dos tipos de personajes que existían en tiempos de Jesús. Los fariseos eran un grupo social bien definido, que se caracterizaba por el estricto cumplimiento de las prescripciones de la ley. Etimológicamente, la palabra «fariseo» proviene de la raíz hebrea que significa «separado», porque dicho grupo se caracterizaba por formar un especie de casta dentro del judaísmo, que, en su afán por la ortodoxia, se convertían en censores del comportamiento moral de los demás. Sabemos, por los evangelios, que espiaban a Jesús para ver si cumplía la ley y si la enseñaba según sus propios cánones. El evangelio de hoy retrata muy bien a este tipo de personas cuando dice que Jesús dirige la parábola «a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás». En su oración, en efecto, el fariseo comienza dando gracias a Dios por no ser como los demás —ladrones, injustos, adúlteros— y alabándose a sí mismo por sus obras buenas.

Los publicanos eran recaudadores de los impuestos que el imperio romano imponía a los habitantes de Palestina. Tenían, en general, mala fama porque, abusando de su autoridad, extorsionaban a la gente y exigían más de lo que se debía pagar. Llama la atención, sin embargo, que Jesús presente la oración del publicano como modélica. Este, dándose golpes de pecho, se contenta con decir, sin levantar siquiera los ojos al cielo: «¡Oh, Dios, ten compasión de este pecador». Es evidente que no todos los fariseos y publicanos se ajustaban al retrato que Jesús hace de ellos. Había fariseos verdaderamente justos y piadosos, y publicanos impíos. La intención de Jesús es defender a aquellos publicanos que habían abandonado su mala vida y le seguían, convirtiéndose por este hecho en el blanco de las críticas de aquellos fariseos que buscaban la muerte de Jesús.

En realidad, Jesús, al utilizar estos personajes, está diciendo dos cosas fundamentales. En primer lugar, que, ante Dios, el hombre no puede presumir de justo pues todo hombre es pecador. En segundo lugar, que el desprecio a los demás es detestable a los ojos de Dios. Por eso, el fariseo volvió a su casa sin ser justificado, mientras que el publicano, por haberse humillado ante Dios, mereció su perdón. Dios ensalza a quien se humilla y humilla al que se enaltece.

Estas dos formas de situarse ante Dios son universales. Por ello, aquí no tenemos un juicio sobre dos grupos humanos del tiempo de Jesús, sino sobre dos actitudes del corazón humano. Hay personas que se presentan ante Dios haciendo valer sus méritos, seguros de una santidad que no tienen, o basados en un cumplimiento de la ley carente de caridad. Son los que desprecian a quienes consideran peores que ellos. Caen en el juicio inmisericorde de los demás y se atreven a condenarlos. En lugar de reconocerse un pobre pecador, este tipo de hombre cree poder mantenerse en pie ante Dios considerándose justo. Pero el desprecio a los demás le delata. De ahí que si queremos saber si nuestra oración es auténtica, debemos preguntarnos en primer lugar, si nos comparamos con otros, si nos creemos mejores y si nos atrevemos a juzgarlos. «No juzguéis y no seréis juzgados», dice Jesús.

En la oración, el hombre verdaderamente religioso se dirige a Dios, tres veces santo, lo adora y reconoce su pecado. Es un pobre que pone su confianza en el amor de Dios, no en sus méritos ni en su supuesta santidad. No levanta sus ojos altaneros ante Dios. Se humilla simplemente y, desde su pobreza, sólo pide la compasión del Compasivo y Misericordioso. El hombre que reza así será justificado.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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