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Junto al Papa Francisco, desde Covadonga, por Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo

Junto al Papa Francisco, desde Covadonga, por Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo

Durante todo el año jubilar mariano lo hicimos, y de modo intenso lo repetimos durante toda la Novena a la Santina de Covadonga: cada día teníamos un recuerdo por la persona, las intenciones y el ministerio del Papa Francisco.

Sabíamos de la compleja y delicada situación que en este momento vive la Iglesia, y cómo el Santo Padre está en el punto de mira por las decisiones que va tomando en relación a la triste lacra de los abusos de menores por parte de clérigos. Hace unas semanas escribió una Carta al Pueblo de Dios en la que pedía orar, hacer penitencia y ser transparentes ante estos crímenes. Algunos de los casos han sido personas en las que el propio Papa Francisco había confiado y han resultado luego encubridores y malos informadores. Lo ha lamentado, compartiendo con toda la Iglesia su sentimiento de dolor. Ojalá tenga fuerzas y gracia para hacer también en casa esa limpieza de transparencia con los más de cerca.

Él lo señalaba en esta carta: «Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión. Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia».

Recordaba el Papa Francisco una conmovedora cita del entonces Cardenal Ratzinger, en el Viacrucis romano de 2005, cuando hizo aquella dolorosa comunicación: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!».

No obstante, los casos que tristemente se han dado, no pueden ensombrecer ni empozoñar la labor de sincera entrega de tantos sacerdotes y religiosos que, con rectitud de intención, y probada virtud evangélica han dedicado y dedican sus vidas a Dios y a los que Él prefiere, que son siempre los más pobres. Niños, jóvenes, mujeres, familias, ancianos, enfermos, encarcelados, excluidos y descartados, todos los que han sufrido la violencia, la guerra, el terrorismo, la droga, el sida, la soledad, la ignorancia, la conculcación de sus derechos y dignidad, son los que el Señor prefiere y, por tanto, los que la Iglesia debe mimar con sus instituciones. No sería justo señalar a la Iglesia como si el horrendo pecado de la pederastia fuera un pecado católico y clerical. Pero cuando se dan también estos delitos y pecados entre los hijos de la Iglesia, máxime si son sacerdotes y religiosos, la comunidad cristiana debe reaccionar como a ello nos anima el Santo Padre.

Hemos de rezar por el Papa Francisco: lo pide él con mucha frecuencia. Que Dios le dé luz y fortaleza para guiar a su Iglesia como ella lo necesita y Dios mismo lo espera. Recemos por el Papa con perseverancia y afecto. Lo que hicimos en la Novena de Covadonga lo hacemos cada día orando por el Sucesor de Pedro. Que la Santina nos ayude a todos a vivir en la verdad, en la gracia, la bondad y la belleza.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

20 septiembre de 2018



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