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Rincón Litúrgico

Jueves Santo, por José Borja

Comenzamos el Triduo Pascual. Nos encaminamos hacia la Pascua.
Hoy, Jueves Santo, en medio de su cena de despedida, Jesús bendice, parte y distribuye el pan.
La memoria del Señor la actualizamos con el signo del pan y del vino; pero sólo se le da vida cuando realizamos nuestra propia entrega, a imagen suya. Entrar en comunión con él, es entrar en comunión con su vida entregada por todos, conforme a lo que nos dijo: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. “Tomad y comed, tomad y bebed”. El ejemplo que nos da hoy, es claro: Lavar los pies. El verdadero cristiano es aquel que se deja lavar y está dispuesto a lavar los pies.

La primera lectura del libro del Éxodo. La última cena del pueblo de Israel en Egipto, antes de su liberación, se convierte, para los judíos no sólo en celebración pascual anual sino en memorial de aquel acontecimiento salvífico de Dios en sus vidas. La nueva Pascua, es la Eucaristía en la que se actualiza, mediante la incorporación a Cristo, que es el cordero pascual, la salida de la esclavitud hacia la filiación divina.

El Salmo 115: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.
La santa Eucaristía es nuestra suprema acción de gracias al Padre. Es el cumplimiento de nuestros votos en presencia de toda la asamblea. Participamos de ese “cáliz de salvación” invocando el nombre del Señor. Que regalo tan precioso tenemos, y, que pena que a veces no sepamos valorarlo por las prisas, la rutina…

La segunda lectura de Pablo a los Corintios, recuerda las enseñanzas recibida por revelación o por comunicación de otros apóstoles, sobre la institución de la Eucaristía, nueva y única Pascua Cristiana. El pan y el vino consagrado por el Señor, son realmente su cuerpo y su sangre. Es la vida entregada entera del Salvador por la salvación de la humanidad. No olvidemos que la celebración de la Eucaristía es el memorial del sacrificio salvador de Cristo.

En el Evangelio de Juan, la escena que nos presenta, puede considerarse como un discurso de despedida, de amor fraterno, de santificación. Aquí vemos, como Juan, constituye la Iglesia.
Llegada la Hora de su glorificación al Padre, muestra un impulso de AMOR que no se detiene ante la muerte, no tiene miedo. En la cena, funda con sus discípulos, la Iglesia. Una Iglesia, que queda en el mundo unida por el AMOR y el SERVICIO. Los gestos que amparar estas dos columnas son el lavatorio de pies y la entrega hasta las últimas consecuencias.
Aquí es, donde nos debemos parar. El signo de lavar los pies, es la forma autentica de vivir el cristianismo. Cuando nos acomodemos, nos entren dudas, o queramos hacer de la Iglesia un lugar seguro, recordemos que la comunidad y el cristiano se distingue por el memorial del Señor en la última cena. Y esto, solo se entiende desde el lavatorio de pies. El ejemplo, lo tenemos en el mismo Jesús cuando dice: “Os he dado ejemplo para lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. No hay cristianismo sin caridad. No hay Iglesia sin servicio. La pregunta clave para hoy sería: ¿Soy capaz de seguir el ejemplo de Jesús?

Pidamos a la Virgen María, que nos ayude a ser humildes, a que no pensemos tanto en que nos sirvan, sino en servir, y que nuestra vida sea un continuo lavatorio de pies a los más necesitados y vulnerables.

Tengamos una oración especial por los sacerdotes. Ya que hoy, se instituye también el sacerdocio ministerial.

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