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Juan XXIII y Juan Pablo II,¿por qué y para qué son santos?

            Este domingo 27 de abril, segundo domingo de Pascua y fiesta de la Divina Misericordia, toda la Iglesia católica y la humanidad de bien tienen una extraordinaria cita con la historia y con la gracia de Dios. Por primera vez, desde que en el siglo XVII se homologaran y regularizaran los procesos de canonización, dos  Papas van a ser canonizados. Los dos, además, son muy recientes, muy conocidos y queridos por cientos de miles y de millones de personas, más allá incluso de sus credos religiosos.

El tiempo que dista entre sus muertes y sus canonizaciones es todo un signo de presencia y de don de Dios en medio de una de las complejas singladuras de la Iglesia en su historia dos veces milenaria. Y es que con Juan XXIII y Juan Pablo II en los altares como santos, de los doce últimos Papas -dos todavía vivos: el emérito Benedicto XVI y el vigente Francisco-, tres son ya santos (los dos citados y Pío X), uno beato (Pío IX), dos venerables (Pío XII y Pablo II) y otro siervo de Dios (Juan Pablo I).

De los 264 Papas fallecidos hasta ahora, 80 han sido reconocidos oficialmente como santos. Están canonizados los 35 primeros Pontífices, desde San Pedro a San Julio I (337-352). Después hay otro grupo de trece Papas santos en los siglos IV y V. Los últimos cinco papas canonizados son San Celestino V (1294, canonizado en 1313), San Pío V (1566-1572, canonizado en 1712), San Pío X (1903-1914, canonizado en 1954) y, desde el 27 de abril de 2014, San Juan XXIII (1958-1963) y San Juan Pablo II (1978-2005).

         Pero, ¿por qué Juan XXIII y Juan Pablo II son santos? A ello (ver página 38) respondieron en Roma el martes 22 de abril los postuladores de ambas causas de canonización. Son santos porque, con la ayuda e iniciativa de la gracia de Dios, supieron responder a los dones recibidos y los pusieron al servicio de los demás. Porque fueron hombres de fe, esperanza y caridad eminentes. Porque vivieron las virtudes cristianas de modo heroico y porque no ahorraron esfuerzos por dedicar y consagrar sus vidas a la misión encomendada. La centralidad de Jesucristo, bien anclada y nutrida en la oración, en la Palabra de Dios y en el misterio de la cruz, es el denominador común de ambos. Desde Jesucristo, Juan XXIII y Juan Pablo II amaron y sirvieron apasionada y fecundamente a su Iglesia y a toda la humanidad. Fueron y siguen siendo ejemplo luminosísimo de renovado ardor evangelizador (esta es la clave del Concilio Vaticano II, por ambos servido admirablemente), de testimonio de la primacía de Dios y de servicio a los hombres sus hermanos, singularmente a los más pobres, necesitados y débiles. Apostaron por la paz, la justicia social, la libertad, el diálogo y los grandes valores por los que tanto anhela el corazón humano.

Y son santos para la gloria de Dios y el bien de los demás. Su canonización es una alabanza al Dios tres veces santo y fuente de la santidad. Es un reconocimiento al ejemplo de sus vidas. Es un testimonio de que Dios, el Dios de los cristianos, existe y es amor, bondad, belleza y santidad. Es un testimonio de que hombres y mujeres, por gracia de Dios y por fidelidad a Él, han sabido transmitir en y con sus vidas rayos, reflejos y atisbos de la grandeza, de la belleza y de la bondad de Dios, quien así “nos ha dado pruebasevidentes de su amor”. Y es un servicio, un servicio a la comunidad eclesial de todos los tiempos, y con ella a la entera humanidad,“para que, animados por su presencia alentadora, luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos, como ellos, la corona de gloria que no se marchita”.San Juan XXIII y San Juan Pablo “nos estimulan con su ejemplo en el camino de la vida y nos ayudan con su intercesión”. Y, asimismo, nos interpelan para responder a la llamada universal a la santidad.

Ninguno de los dos “necesitaban” –entiéndase bien esta idea…- de compañía para acceder a la celebración de sus canonizaciones. Pero así es mejor, es mucho mejor, porque, además, con su canonización, se evangeliza más y se sirve mejor a la comunión de la Iglesia y a la verdad de la santidad.



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