Juan Pablo II

Juan Pablo II: Memoria de su agonía y de su regreso a la casa del Padre

“Dejadme marchar a la casa del Padre” fueron las últimas palabras de un Papa que sigue bendiciéndonos desde la ventana de cielo.

 El 31 de marzo de 2005, en torno a las 11 horas, la salud del Papa Juan Pablo II experimentó un agravamiento definitivo e irreversible. Una fuerte subida temperatura, acompañada de graves síntomas de bloqueo renal agudo, junto a su ya tan delicado cuadro clínico, dieron paso a las 50 horas finales de su luminosa existencia. A las 21,37 horas del sábado 2 de abril el Santo Padre Juan Pablo II regresaba a la casa del Padre. Fallecía, tras dos horas finales de estado de coma irreversible.

Tres meses de agonía

 Concluía así su vida y acababan también así sus tres últimos meses de deterioro y de agonía. De agonía también en su sentido más pleno y etimológico de lucha, de esfuerzo y de afán.

 El 1 de febrero hubo de ser hospitalizado en el Policlínico Gemelli de Roma, donde permaneció diez días. Estaba aquejado de gripe, agravada por el Parkinson que padecía desde hacía años. El 24 de febrero regresó a este hospital romano, donde le fue practicada una traqueotomía. Fue dado de alta el 13 de marzo y, tras unos días de ligera mejoría, su salud empeoró en Semana Santa (20-27 de marzo).

 La editorial “San Pablo” de Italia acaba de publicar ahora un libro, al que luego volveremos también, sobre estos últimos meses de la vida de Juan Pablo II. Su médico personal, el doctor Renatto Buzzonetti, relata con precisión y emoción el historial sanitario del Papa Juan Pablo II y, sobre todo, de estos tres meses finales.

Cuatro imágenes del dolor sublime

 Especialmente patéticas, dolorosas y ejemplares fueron sus cuatro últimas apariciones públicas. Son fotografías del dolor y del llanto. Son instantáneas de la respuesta y del sentido cristiano ante el sufrimiento. Son testimonios inequívocos de solidaridad con los enfermos, con los que padecen y sufren. Son expresión tan perfecta y acabada de que basta la gracia de Dios y que su fuerza reside en la debilidad. Son imágenes magníficas de la última y quizás hermosa de sus “encíclicas”: la del amor y la de servicio desde el dolor sublime y la agonía de muerte. Son icono espléndido de Pasión y de Pascua, vividas precisamente en las jornadas de la Pasión y de la Pascua.

 Desde la ventana de sus apartamentos pontificios, Juan Pablo II aparecía el 20 de marzo, domingo de ramos, silente y con una palma en la mano, que apenas podía sostener. Era la primera vez que no presidía la solemne celebración del domingo de ramos en Roma. Pero no sólo eso. Apenas hablaba y durante su presencia en la ventana de su estudio no pudo articular palabra -él extraordinario ministro de la palabra, él, Papa de la Comunicación- e impartió la bendición a los fieles sin apenas fuerza.

 El 25 de marzo, viernes santo, mientras se esperaba algún mensaje suyo para la conclusión del rezo del Vía Crucis en el Coliseo Romano, el primero al que no podía acudir desde 1979, el Centro Televisivo Vaticano ofreció, en cambio, unas imágenes, de nuevo mudas, del Papa en su capilla privada. Aparecía de espaldas -no pudimos ver su rostro-, sentado, revestido de estola roja y portando la cruz. Estaba asociándose íntimamente a la cruz de Cristo. Estaba completando en su carne lo que falta a la pasión del Señor. Estaba crucificado con los cientos de miles y miles de crucificados de la historia y del presente. ¿Dónde, pues, mayor fecundidad, que en el árbol de la cruz? ¿Dónde, pues, mayor luz que en la penumbra transfigurada del dolor?

 El domingo de pascua, 27 de marzo, a las 12 horas, cuando se esperaba su bendición pascual “urbi et orbi” y alguna palabra, durante 13 minutos Juan Pablo II permaneció crucificado en la ventana de su estudio. De nuevo, no pudo hablar a pesar de los esfuerzos realizados al efecto. Tan sólo se escuchó un conmovedor gorgojo.

 Estremecedora imagen similar es la última que tenemos de él todavía con vida, ya extinguiéndose. Eran las 11 horas del miércoles 30 de marzo. Al ser miércoles, era día de audiencia general. Juan Pablo II quiso siquiera saludar a los miles de peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, máxime por cuanto poco después iba a ser objeto de una nueva intervención médica: la introducción de una sonda nasográstica. Saludó a los fieles, sí, pero no pudo hablar, aunque pidió el micrófono, que le hubo de ser retirado ante aquella impotencia ya tan próxima al final. Juan Pablo II no quiso esconder su enfermedad y la mostró como testigo de la cruz y de la pascua. Era ejercicio de su identificando con Jesucristo crucificado. Era expresión de solidaridad total con los sufren. Era anticipo y anuncio de que ni la enfermedad, ni el dolor, ni la muerte son definitivos y tienen la última palabra. Sólo el Amor permanece.

“Totus tuus”

 En el reciente libro publicado en Italia antes citado, otro de sus autores, quien fuera su secretario personal, Stanislaw Dziwisz, actualmente cardenal arzobispo de Cracovia, la misma episcopal deKarol Wojtyla entre 1964 y 1978, relataba que el Santo Padre, tras su intento fallecido de comunicarse con los fieles el domingo de pascua, al entrar en sus apartamentos exclamó: “Dios mío, prefiero morir si no puedo cumplir mi misión. Pero, hágase tu voluntad. Totus tuus”.

 Esta misma expresión final -el lema mariano de su sacerdocio, episcopado y pontificado-, fue su texto manuscrito en la noche del jueves 24 de febrero tras la operación de traqueotomía. Y cuando, en el mediodía del sábado 2 de abril, era consciente de que sus horas ya estaban apagándose, pidió a quienes le acompañaban en aquella hora de agonía -médicos, religiosas, eclesiásticos- “lasciatemi andare” (“Dejadme marchar a la casa del Padre”).

Una semana para la eternidad

 Ya no vimos más veces vivo al Papa de la vida. Nos reencontrábamos con él a las 12 de la mañana del domingo 3 de abril en el primero de los ritos de su capilla ardiente. Sereno, macilento, empequeñecido, arrugado y con la huella del dolor supremo, el Papa de los enfermos y de los necesitados había cruzado el umbral de la definitiva esperanza.

 Entre el lunes 4 y el jueves 7 de abril todos los caminos condujeron más que nunca a Roma. Si ya apenas ha habido cabido nadie en la Plaza de San Pedro durante los días 1, 2 y 3 de abril, ahora era el desbordamiento.

 Varios cientos de miles de fieles de las más diversas procedencias se apiñaban en los alrededores del Vaticano para dar su último y sentido adiós al Papa de sus vidas. Eran niños, jóvenes, adultos, ancianos. Eran italianos, polacos, españoles, brasileños, mexicanos, guatemaltecos, filipinos, portugueses, argentinos. Eran familias, eran eclesiásticos, eran políticos, eran periodistas. Era expresión de la catolicidad y universalidad de la Iglesia, de que esta Iglesia que es Pueblo santo de Dios y que querían dar las gracias al Papa del pueblo, al Papa de todos.

 El viernes 8 de abril, mientas el viento impetuoso se abatía con fuerza y con gracia sobre Roma, tenían lugar los funerales por Juan Pablo II. En el medio millón de personas que abarrotaban la Plaza de San Pedro estaba el mundo entero, que a través de los medios de comunicación vivió conmovido aquella semana de abril de 2005 para la eternidad.

 La sobriedad, la austeridad, la elegancia, la unción y el sentimiento se dieron cita en las dos horas del mayor funeral de la historia. Presidió sus exequias el entonces cardenal decano del Colegio cardenalicio, Joseph Ratzinger, once días después Papa Benedicto XVI. En su bellísima homilía, evocó la ventana que en días pasados se había convertido en el centro de todas las miradas y de todas las plegarias la humanidad. Y dijo que en ella ya no está Juan Pablo II. No en ella sino en la ventana del cielo, desde la que ahora nos sonreía y bendecía.

Plegaria desde la ventana del cielo

 Con dispensa papal en cuanto a plazos temporales, su proceso de canonización, anunciado el 13 de mayo -¡qué mejor día que el del 24 aniversario del atentado de Ali Agca, en el que una mano misteriosa y mariana desvió el curso letal de las balas asesinas!-, comenzaba formalmente en la tarde de la víspera de la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo. Va a muy buen ritmo, con presuntos milagros atribuidos a su intercesión.

 Y eso que quizás el mayor de sus posibles milagros sea el amor con que la Iglesia y la humanidad lo recuerda y lo proclama santo desde el que viento del Espíritu arreciara con fuerza sobre los corazones y las conciencias el 8 de abril de 2005.

 Santo Padre, sigue bendiciéndonos desde la ventana del cielo. Te sentimos cerca. Y necesitamos tu mirada y tu bendición sobre tu Iglesia y sobre tu Humanidad. ¿Sabes? Estamos en muy buenas manos con Benedicto XVI, tu estrecho colaborador y tu amigo íntimo. Te recordamos con cariño y sin melancolía, aun cuando la nostalgia de los 27 años vividos junto a ti surque de vez en cuando en nuestros horizontes. ¡Estábamos tan acostumbrados a tí! Sigue señalándonos a Cristo, el único Redentor del hombre. Infúndenos fuerza y esperanza para que no tengamos miedo. Te pedimos por todos, a ti el Papa de todos. Te pedimos en especial por los jóvenes, por los sacerdotes y por los enfermos, tú el Papa de los jóvenes, de los sacerdotes y de los enfermos. Que tú ya sabes lo que te pedimos. Amén

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Jesús de las Heras Muela

Jesús de las Heras Muela nació en Sigüenza el 17 de Diciembre de 1958. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos (Facultad de Teología de Burgos, 1982), Ciencias de la Información (Universidad Complutense de Madrid, 1992) e Historia de la Iglesia (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, 1992), habiendo realizado los cursos de doctorado de estas dos últimas disciplinas.

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