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Juan María Vianney, hombre de oración y de acción

El 4 de agosto de 1859, hoy hace 161 años, murió Juan María Vianney, más conocido como el Cura de Ars.  Juan María Vianney comprendió desde el primer momento que fue ordenado que «el sacerdote, ante todo, ha de ser hombre de oración». Todos sabemos de las largas noches de oración que, siendo aún un joven cura, pasaba ante el sagrario de su recién estrenada parroquia de Ars. Ese sagrario se convirtió muy pronto en el centro de su vida personal y de su actividad pastoral.

A nosotros, los sacerdotes de hoy, tan atraídos por la acción y tan tentados por el activismo, qué bien nos viene mirar y admirar a este modelo de «pastor» y «párroco». Necesitamos la oración, la vida de unión con Dios. Todos hemos rezado hoy en el Oficio de lecturas cómo, en medio de largas caminatas, él se mantenía en un estado de oración continua. «Conservaba una unión constante con Dios en medio de una vida muy activa» y solía repetir que «la oración es la felicidad del hombre sobre la tierra».

Su oración era sobre todo una oración ante la Eucaristía. En el templo pasó, casi literalmente, los últimos treinta años de su vida. Allí le esperaban innumerables penitentes a los que atendía con enorme solicitud pastoral, una atención solo interrumpida por la celebración eucarística y la posterior oración ante el sagrario. «Allí está Aquél que tanto nos ama; ¿por qué no habremos de amarle nosotros?».

La vida de oración es el secreto de la intensa vida de Juan María Vianney, y de donde brota la sorprendente eficacia sobrenatural de su ministerio, haciendo verdadera la máxima evangélica de toda acción pastoral: «Sin mí no podéis hacer nada».

Es verdad que sus «métodos de apostolado», no son aplicables ut talis a la vida pastoral del siglo XXI. Sin embargo, aún hoy, todavía podemos ver y admirar en él al pastor infatigable, creativo con «innovadoras» iniciativas pastorales para acercarse a la vida de los jóvenes, para entrar en la vida de las familias; siempre atento a las necesidades materiales de sus fieles; siempre cercano a cada persona y a cada dificultad; muy solícito en organizar y realizar misiones parroquiales para acercar a Dios a los hombres y mujeres de su tiempo.

Él fue el buen pastor que conoce a sus ovejas, las libra de los peligros y las guía con prudencia. En uno de sus sermones, él mismo parece retratarse: «Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios; ved el mayor tesoro que la bondad de Dios puede conceder a una parroquia».

Hasta su muerte, san Juan María Vianney fue fiel en anunciar a su pueblo el amor de Dios «a tiempo y a destiempo». Bien se comprende que la Iglesia lo siga presentando como modelo para los sacerdotes y patrono de los párrocos.

 

Juan Carlos Mateos González,

director del Secretariado para la Comisión Episcopal para el Clero y los Seminarios

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